jueves, 14 de marzo de 2019

Libro quinto

LIBRO QVINTO DE LA HISTORIA DEL REY DON IAYME DE ARAGON, PRIMERO DESTE NOMBRE, LLAMADO EL CONQUISTADOR.

Capítulo primero. De lo mucho que el Rey se afligía por no haber salido antes a hacer guerra a los Moros, y del honesto descargo que para esto le daban los suyos.

Año era de nuestra redención MCCXXVIII cuando el Rey, habiendo ya cumplido los xx de su edad, y hallándose muy dispuesto para ejercitar las armas, y que por eso tanto más deseaba extender con ellas su nombre y fama por el mundo, andaba muy afligido y descontento, por no haber aun salido de sus reynos, ni hecho cosa alguna insigne en los extraños. Señaladamente por no haber perseguido antes a los Moros vecinos a sus reynos, ni a imitación de sus antepasados, tomado les por fuerza de armas algunas villas y castillos para introducir la fé y nombre de Cristo en ellos: por haber sido este su principal fin y designo, desde que comenzó y reynar, y de cuando fundó la religión y orden de nuestra Señora de la Merced para la redención de cautivos Cristianos. La cual le había ofrecido como primicia de la general redención que había de hacer dellos, conquistando los reynos de los Moros. Pues como desta tardanza tuviese el Rey alguna manera de empacho, y mostrase dello descontento, no faltaron algunos antiguos criados suyos que le habían seguido en todas las jornadas que hizo desde que comenzó a reynar (según algunos escritores lo significan) que se atrevieron con buenas razones a distraerle de aquella su persuasión (
psuasió) y prepostero sentimiento. Para esto se valieron de las que le causaban empacho, para más abonarle el entretenimiento pasado: con fin de darle mayor ánimo para llevar adelante su tan heroico intento. Porque le mostraron claramente, como el haber salido antes de sus reynos para tan importantes empresas de guerra, fuera tan errado negocio, cuanto el entretenerse había sido del todo acertado, y muy en su lugar y tiempo hecho. Pues antes, ni la edad, ni el consejo, ni la autoridad y experiencia, que tan necesarias son para llevar guerras en tierras extrañas, le acompañaban: ni la necesidad que tuvo de dejar primero sus reynos apaciguados le permitían la salida. Sino que le fue mucho mejor, con sus pequeños y bien regidos ejércitos, pasar los primeros ejercicios de la milicia dentro de sus tierras, antes que con muy grueso campo andar desvelado por las ajenas: según que la experiencia lo trae, y la razón después de bien considerado todo, lo aprueba. Porque de comenzar poco a poco, y con pocos, a ejercitarse en la guerra: de ir en persona por general de una hueste mediana: de ver depender de si todo el gobierno de ella: claro está que a este le será forzado y también posible llevar el cuidado de todos, y que pues los conoce, y va por lugares conocidos, ya no por sus tenientes (como en los ejércitos grandes) sino por si mismo podrá fácilmente no solo regirlos, pero en los principales ejercicios de guerra hallarse presente ante todos. Como es para ser en el concertar los escuadrones, y en el trabar de las escaramuzas el primero: para según la ocasión y tiempo, así presentar, o no, batalla a los enemigos: para darles muchas veces alarma, y no por esto luego acometerles: para ponerse en celada, o descubrir y falsear la de los otros. Finalmente para tener siempre los ojos con la sospecha abiertos, y prevenir antes que ser prevenido: con los demás ejercicios y advertimientos militares, que por haber pasado su persona Real tan en particular por ellos, habían sido ocasión y medio para pasarle de soldado a gran capitán, como lo era. De manera que por haber empleado sus primeros ejercicios de armas dentro sus reynos, como quien echa mayores raíces para dentro, había sido como creciente de río represada, que al fin sale con mayor ímpetu de madre: o como en las baterías de las ciudades que solían dar contra el muro con las machinas arietarias, o bayuenes: las cuales cuanto más se retiraban , y con debido espacio se entretenía, tanto mayor era la arremetida, y más terribles encuentros hacían. Verificaban esto los mismos, con heroicos ejemplos de los más célebres capitanes Romanos, señaladamente del gran Scipion Africano. El cual se entretuvo por algún tiempo en Sicilia, en la ciudad y puerto de Saragosa, para fabricar y trazar consigo mismo la presa de la ciudad de Carthago. Porque cuanto más sin ruido daba orden en el aparejo de sus machinas e instrumentos bellicos para la empresa, y con pocos soldados trazaba el pelear contra muchos, tanto mejor salió de repente afuera, y con mayor gloria alcanzó la presa y conquista de ella. Lo cual refiriendo Valerio Maximo con muy grande admiración, concluye su dicho sabiamente con esto, Que los ilustres y extremados ingenios, cuanto más se recogen, tanto con más glorioso ímpetu sacan a luz sus cosas. Por donde concluyeron su razón para más animar al Rey a poner en ejecución sus generosos propósitos, con decir, que todo lo que la ciudad de Saragosa en Sicilia en cosas de mar y tierra pudo aprovechar y valer al Africano para la conquista de la ciudad de Carthago: en todo aquello podía valer y servir al Rey para que cualquier conquista que allende el mar quisiese emprender contra moros, la ínclita y antigua ciudad de Tarragona, nobilísima colonia de Romanos, y muy celebrada por las historias dellos, donde a la sazón el Rey se hallaba. De cuyo asiento y comodidades grandes de mar y tierra para paz y guerra hablaremos en el capítulo siguiente.

Capítulo II. Del asiento, antigüedad y excelencias de la ciudad de Tarragona.

La ciudad de Tarragona, que fue antiguamente cabeza de la provincia Tarraconense, y de la España citerior, está fundada sobre un cabo de monte que da sobre la mar al oriente, cuya población antigua fue tan grande, que según fama, se extendía el monte abajo por lo llano con mucho número de casas, hacia el puerto de Salou, el cual mira al lebeche, y se le descubre entre levante y medio día. Puesto que la ciudad, a respeto de su antigua grandeza y
vezinos, agora es muy pequeña. Y porque entendamos la causa dello, brevemente recorreremos lo que por los Annales y historias de la corona de Aragón se halla escrito de ella. Como desde la primitiva iglesia, cuando esta ciudad por los méritos e intercesión de su gloriosa patrona santa Tecla mártir, recibió la fé y religión Christiana, hasta por todo el tiempo de los Godos, no solo mantuvo mucha parte de su población y grandeza:
pero también en lo espiritual, fue cabeza de muchas yglesias Cathedrales. Porque con la asistencia de su Prelado, y
suffraganeos, que sin los de Cataluña, lo eran también los Obispos de Aragón, Valencia, y Navarra, se celebraron en ella muchos concilios provinciales, con decretos santísimos que en ellos se publicaron: y que por la grande devoción que había de la misma santa fue su iglesia, que es la mayor de la ciudad, muy venerada y amplificada de muchos predios y dones, por los mismos Reyes Godos y otros devotos, a ella concedidos. Hasta que sobrevino la general entrada y destrucción (destruycion) que hicieron los Moros en España. Los cuales tomaron a esta ciudad y la arruinaron y destruyeron de manera, que por algún tiempo quedó yerma. Lo que fue ocasión para que el trato grande de mar que en ella había comenzase a pasar a Barcelona. Teniendo pues aviso desto el Papa Vrbano segundo (como lo refiere en sus Annales Geronymo çurita) y considerando lo mucho que esta ciudad en tiempo antiguo había florecido, y sido potentísima en lo temporal: las muchas calidades y comodidades que tenía para poder volver a sustentar el estado antiguo,que también tuvo en lo espiritual: luego que entendió que los Condes de Barcelona habían echado los Moros de ella y de todo el campo, restituyó en ella la silla Pontifical Metropolitana, que antes tenía, dándole pastor y Prelado, y por sus suffraganeas las siete iglesias Cathedrales de Cataluña, con las demás, que como hemos dicho, ya se teñía antes. De ahí quedó hecha cabeza de la que agora
llaman provincia en Cataluña. Siguiose poco después que el Conde don Ramón Berenguer abuelo del Rey don Alonso el segundo, viendo la ciudad tan mal parada y despoblada, y que no la podía restaurar como debía, la dio con todo lo temporal a la iglesia de santa Tecla y al Arzobispo S. Oldegario que entonces era, y a sus sucesores: con fin que la reparasen, y defendiesen de los Moros, y que se mantuviese con la autoridad y devoción que a su patrona santa se debía. Lo cual efectuado, como luego se hallase el Arzobispo empachado con el cargo y regimiento secular la dio en feudo a un Barón principal de la tierra llamado Roberto de Aguilon. Este de ahí a pocos años no la quiso tener, sino que la restituyó a la iglesia, y al Arzobispo llamado don Bernaldo. El cual finalmente volvió el señorío antiguo, y gobierno temporal de ella, con ciertas reservaciones de rentas y derechos, al Conde Berenguer, de esto reclamó Guillen Aguilon hijo de Roberto, pretendiendo ser suya la ciudad en el estado que su padre la tuvo. Sobre ello pleiteó con el Arzobispo que sucedió llamado Vgo de Ceruellon, y hubo entre los dos tantos debates, y altercaciones terribles
que el demonio fue parte para que el el Aguilon matase al Arzobispo don Vgo, por defender los derechos de su iglesia. Y acaeció que en el mismo año Thomas Becket (Thomas Becheto) Arzobispo de Canterbury (Cóturbé) en Inglaterra fue martirizado también por defender los derechos e inmunidades de su iglesia. Pues como el conde don Berenguer procediese contra Guillé el matador, privole de todo el derecho que pretendía, y echole para siempre de la tierra. Por donde hubo nuevo concierto entre los Arzobispos y Condes, de cierto mixto Imperio y gobierno de la ciudad, y por este han pasado todos los Reyes sucesores hasta hoy en día: el cual dejaremos de especificar, por ser ajeno de nuestro propósito e historia. Pues ni aun lo de arriba se ha dicho a otro fin, que por mostrar, no fue falta de la tierra, sino sobra de grandes ruinas y persecuciones que pasaron por esta ciudad, el haber vuelto a tan pequeña población, a respeto de su antigua grandeza. La cual aunque la vemos en el monte recogida, allí está muy fuerte y bien edificada, con su iglesia mayor, tan suntuosa y bien labrada, como haya otra en la corona, y tan adornada de Prelado, dignidades, cabildo y clero: que por eso, y ser su ciudad tan antigua cabeza de la mayor provincia de España, puede tenerse por la más principal de toda ella. Demás que por tener tantas iglesias suffraganeas, y haber con ellas celebrado muchos concilios, como dicho habemos, con harto buen título ha pretendido siempre el Primado de las Españas, También por la liberalidad que con la ciudad usan sus Prelados, la vemos en nuestros tiempos notablemente mejorada, a causa de la universidad para todas sciencias, que de nuevo han fundado en ella. Pues con el edificio de las escuelas, colegios, y hospitales que se levantan junto al muro, por lo menos se halla un tercio más acrecentada. Mas si volvemos a lo que ella por si misma vale y puede, vemos que con la oportunidad del mar abunda de toda cosa. Así por la gran copia que tiene de mucho y muy delicado pescado, como por el gran concurso de naves en su puerto para ser proveída de toda mercaduría. Porque en lo que toca a las demás provisiones y auituallamientos, no le falta cosa de la vida. Mayormente por tener a la parte del septentrión muy fértiles dehesas para el pasto, y crianza de todo género de ganados, con mucha diversidad de caza y montería. Y sobre todo por la extraña abundancia que de su gran campo, que llaman de Tarragona, se le acarrea. El cual a vista de ella se extiende hacia el poniente sobre una espaciosa y deleitosa llanura, cercada de altos montes, y solo hacia el mar abierta, por donde le entran los embates de él con mucha frescura. Es este campo de si tan fértil, y con la muchedumbre de fuentes y acequias para su regadío, tan aparejado y hecho a producir todo género de mieses, y variedad de frutos, que de su tamaño no hay cosa mejor en la Europa, y que por eso ha llegado a ser de lo muy poblado de ella: por las muchas y muy grandes villas y lugares que en él se hallan, como colonias fundadas por los Arzobispos, cuyo es el mando y señorío del Campo. Y así como pueblos salidos de las entrañas de la ciudad, la obedecen y proveen de todo lo necesario. De suerte que se conoce, como a causa de tan buenas comodidades y auituallamientos que esta ciudad alcanza por su campo y puerto, tuvieron antiguamente los Romanos, sus procónsules y ejércitos alojados en ella, como cabeza y fortaleza puesta para la defensa y gobierno de su provincia antigua, que comprendía la mayor parte de España, para de allí hazer rostro a los Carthaginenses, sin dejarles entrar, ni poner el pie en ella. Por esto la fortificaron muy bien, entre otros, los dos Scipiones que mucho tiempo residieron en ella, y no solo la dotaron de los privilegios y prerrogativas de las ciudades de Italia, pero la ennoblecieron grandemente, con muy ilustres e insignes edificios de Theatros, tropheos, sepulchros, y templos, con otras muy magníficas y suntuosísimas obras, de las cuales quedan admirables vestigios y señales. Mayor nombre de los que se descubren hoy en día cavando debajo tierra, que son tan grandes, tan profundos, y conformes a los edificios antiguos que por ellos se muestra realmente como está una ciudad sobre otra, y que por las ruinas de ella ha venido a ser
manifiesto que por ventura era llano. Puesto que la obra costosísima de los conductos que hicieron para traer el agua de muy lejos y que hoy vendría (vernia) cauallera a la ciudad, señala, que parte, o lo mejor de ella, o su alcázar, estuvo edificado en alto. Como se ve por los arcos que pasan y atraviesan de monte a monte, y aunque están rotos en algunas partes, no por eso se tiene por difícil del todo ni demasiado costosa la restauración y reparo dellos. Y es cierto que restituyéndose el agua a la ciudad, mejoraría notablemente, y la población se acrecentaría. Ni hay porqué dejar de hacer memoria de otra maravillosísima obra que los mismos edificaron, y fue al muelle, o puerto fabricado, que al pie del monte hicieron en la mar, para encerrar en él las galeras y otros bajeles pequeños, que en Salou no se tenían por seguros. El cual estaba hecho a semejanza de otro de Roma, con el mismo artificio, junto a Ostia a las bocas de Tiber, delante un pueblo que por razón del puerto, se llama Portu, y de no haberse frecuentado el uno ni el otro, están los dos casi ciegos, pero no imposibilitados para ser restituidos en su primer estado. Concluyamos pues, que por las mismas causas y fines porque los Romanos se aprovecharon del asiento y campaña, del mar y puerto de esta ciudad, con las demás comodidades dichas: por las mismas también los Reyes de Aragón y Cataluña se valieron desta, para fabricar y poner en orden sus armadas, y hacer sus salidas y empresas por mar. Por las cuales llegaron los Cathalanes a ser tan señores, y temidos por la mar, que yendo en corso contra infieles, siempre volvían muy prosperados y ricos. Mas porque la armada que en esta ciudad y puerto se aderezó (adreço) para la empresa de Mallorca por orden y mandado del Rey, fue de las más principales que Catalanes hicieron, será bien que descubramos la ocasión y motivos, que al Rey se ofrecieron dentro la ciudad, para emprender esta conquista, con el favor y ayuda que tuvo de Cataluña para también acabarla.


Capítulo III. De la nueva ocasión que al Rey se ofreció para la empresa de Mallorca, con el convite (cóbite) de Pedro Martel, y de lo que respondió al Rey sobre la pregunta de las Islas, vecinas a Tarragona.


Apaciguados los alborotos, alteraciones y bandos que en los dos reynos de Aragón y Cataluña había , así de los vasallos contra el Rey como de los pueblos y vasallos contra vasallos: y restituida la Condesa Aurembiax en su estado de Urgel con el favor del Rey, y por su mano casada con don Pedro de Portugal: partió el Rey de Lerida (como dijimos antes) para Tarragona, y llevando consigo a don Nuño Sánchez (el cual por muerte de su padre el Conde don Sancho, había sucedido en el condado de Rosellón con el de Conflent y Cerdaña y otros pueblos) y a don Vgo Conde de Ampurias, a don Guillen de Moncada Vizconde de Bearne en la Gascuña, con otros señores y Barones de Cataluña, entró en la ciudad con mucho triunfo, por el grande recibimiento que en ella se le hizo. A donde a causa de visitarle, concurrieron muchos principales hombres de las ciudades y villas de los dos reynos, con otras gentes, que de todas partes venían, a darle gracias por la general y tan deseada paz, que por su mano gozaban todos. De manera que estando la ciudad muy puesta en recrear al Rey con juegos, espectáculos, y representaciones de las que allí antiguamente se usaban, Pedro Martel ciudadano principal y rico, del número de los del consejo y regimiento de la ciudad, hizo al Rey, y a todos los grandes y barones de los dos reynos, que allí se hallaban, un
convite solemnísimo, y muy espléndido, a uso y costumbre de la tierra. Porque suelen los Catalanes, que de suyo son medidos y concertados en el comer, y gente de pocas palabras, y muchas manos, convidar muy de tarde en tarde, pero magnífica y espléndidamente. Tenía Pedro Martel su casa donde fue el convite al cabo de la ciudad, y el asiento y cuadra donde se celebró la fiesta del, en una muy espaciosa y descubierta galería, que demás de estar muy bien aderezada (adreçada), daba sobre la mar. De donde a todas partes se descubría una muy larga y extendida vista. Pues como fuese la comida opulentísima, y cual al convidado se debía, alzados los manteles, cuando después de contento y saciado el apetito y gusto, también buscan los otros sentidos sus pastos y adecuados objetos, de música, de buenos olores y espectáculos, que suelen en aquella hora ser muy acceptos, y que no faltaron, volvieron todos los ojos a contemplar la mar, que siempre hinche la vista, y la recrea más que otra cosa. Y estando con gran silencio comenzó el Rey a preguntar, qué Islas había por aquel mar más cercanas a la costa de Cataluña, y cuan grandes y bien pobladas eran, y pues sabía que todas las poseían Moros, qué trato seguro tenían con ellos los Cristianos, siendo tan infestado aquel mar de corsarios infieles, que no solo robaban a cuantos bajeles encontraban de Cristianos, pero aun cautivaban a la gente, y según las quejas que de esto llegaban a sus oídos debía ser el daño mayor de cada día. Entonces se levantó en pie Pedro Martel, por ser el hombre que más había navegado por aquellas partes, y tenía bien vistas y reconocidas todas las Islas del mar mediterráneo: y hecho su debido acatamiento al Rey, y a los demás (como quien pide licencia para hablar primero) respondió desta manera. Rey y señor nuestro, las Islas pobladas, y más propinquas a Cataluña son cuatro. Las dos que llamaron los griegos Baleares, le dicen Mallorca y Menorca, y las otras dos que están más conjuntas a la tierra firme en derecho del Reyno de Valencia, que también los Griegos llamaron Pityusas, son Yuiça y la Formentera. De todas estas, Mallorca es la mayor y más fértil y poblada, y en segundo grado Menorca, que dista poco de ella. Son todas pobladas de Moros, súbditas, y que obedecen al Rey que se intitula de Mallorca, en donde reside de contino, y tiene sus Xeques como gobernadores puestos en cada una de las otras. Son muy fértiles y abundantes de todo lo que importa para el mantenimiento humano: y con todo eso salen de allí grandes corsarios por la mar a causa del aparejo que tienen para hacer armadas, con las cuales hacen robos y daños grandes a cuantos navíos encuentran de Cristianos. Porque a los que cautivan tratan con grandísima crueldad si no reniegan la fé para ser moros: y entre otros es este reyno el más molestado y perseguido de ellos. Mas si los reyes de España se juntasen con buena armada para conquistarlos, no se tiene por imposible salir con la empresa. Y es cierto que tomadas estas Islas, no solo se limpiaría nuestro mar de corsarios, y sería la navegación segura y muy provechosa para la Cristiandad: pero con poca armada de galeras que se pusiese en ellas, se impediría el paso a los Moros de África, para que no pasasen tan a su salvo a favorecer a los de Valencia y Granada, para la ruina de los reynos circunvecinos de Cristianos. Porque como son Islas tan fértiles de pan, vino, y aceite, y de todo género de ganados con lo demás necesario para abastecer y sustentar ejércitos: y que sin eso abundan de madera y metal para hacer naves y galeras, podriase muy bien de allí por mar, y de Cataluña y de Aragón, por tierra emprender la conquista del reyno de Valencia. De manera que quien fuere señor destas Islas no solo lo será absoluto deste mar de España, pero hará muy prósperos y ricos a estos reynos: y les abrirá el paso para ir más al seguro a dar con sus armadas en la costa de Berbería (Berueria). Como acabó Pedro Martel su razonamiento, todos los convidados platicos de mar que le oyeron, aprobaron su buen discurso y parecer, y con más razones lo confirmaron, facilitando mucho al Rey la conquista: así por el grande aparato de armada y municiones que en Cataluña tenía para emprenderla: como por lo que se entendía de la afición y buena gana con que la gente Catalana le seguiría en esta jornada, por ir a vengarse de los Mallorquines Moros, por tantos robos y daños dellos recibidos. Mayormente por haber tentado tantas veces de emprenderla sus Reyes antepasados, y nunca proseguido la empresa: que parecía quedaba, por la voluntad divina, reservada a él: para que echada de allí la impía secta de Mahoma (siendo este su principal fin y deseo) fuese por su mano introducida en ellas nuestra santa fé Catholica.


Capítulo IV. De la nueva ocasión que Retabohihe Rey de Mallorca dio para que se le moviese guerra, y de lo que la Isla era en tiempo de los Reyes Moros.


En este medio que el Rey se detenía en Tarragona, se ofreció una nueva ocasión dada por el Rey de Mallorca, que puso en mayor obligación al Rey para tomar muy de veras esta empresa, como se entenderá por lo que se sigue. Había pocos días que reynando en estas Islas Retabohihe Moro, sus corsarios de Menorca saliendo en corso (como solían) a robar, encontraron con ciertas naves de mercaderes Catalanes que venían de hacia el poniente de Sevilla, cargadas de muy rica mercaduría, y aunque a los principios hicieron alguna resistencia, pero como el poder de los corsarios fuese sobrado, por salvar la principal mercadería que son las vidas, se rindieron y entregaron con sus naves a ellos: y luego los llevaron con toda la presa a presentar a Retabohihe a Mallorca. El cual se holgó mucho con tan buena presa, y hinchió su palacio de lo bueno y mejor de ella, dejando para los cosarios, se aprovechasen, del rescate de los cautivos. Pues como se supo todo esto en Barcelona, y era pérdida que tocaba a muchos, la ciudad hizo gran sentimiento de ellos: y de presto formó su embajada, empleando el nombre del Rey, para el de Mallorca, rogando le tuviese por bien de mandar a sus corsarios restituyesen las naves con los marineros gente, y mercadería que habían tomado de mercaderes Catalanes, por mayor conservación de la antigua amistad, que entre Mallorca y Cataluña había: que haciéndolo, obligaría mucho al Rey de Aragón para gratificarle con otra cortesía, por la que en esto haría a los Catalanes sus vasallos. A lo cual respondió Retabohihe con gran cólera y soberbia: de qué Rey es esta demanda que traes? Es, dijo el embajador, del Rey don Jaime de Aragón, hijo de aquel gran Rey don Pedro, que hallándose con su ejército en la famosísima batalla de Vbeda contra los ejércitos de los moros de África y España, en compañía de los Reyes de Castilla y Navarra, fue gran parte para los sojuzgar, y alcanzar gloriosísima victoria de ellos. Como oyó esto Retabohihe se encendió en tanta saña contra el embajador, y con tan airado rostro le maltrató de palabras, que faltó poco para mandarle echar por las ventanas. Pero aplacado por los suyos que escuchaban al embajador por sus libertades, mandó que por horas se saliese de la Isla, y sin esperar más respuesta se embarcó y partió de ella. Este llegó a la sazón a Tarragona, y contó puntualmente ante el Rey, y los de su Corte, lo que en su embajada le aconteció con el Rey de Mallorca, y el soberbio y desenfrenado ímpetu con que le echó de la Isla, sin darle otra respuesta. Lo cual oído por el Rey, de común acuerdo y parecer de todos, se concluyó, que la guerra contra Retabohihe y sus Islas era justa, y que se pregonase a fuego y a sangre, así por relevar de tan continuos daños y gruesas pérdidas a la gente y costa de Cataluña: como por librar millares de cautivos Cristianos que estaban detenidos en ellas: principalmente por introducir la fé y religión Cristiana en ellas. Con esta deliberación y sentencia quedó determinada la guerra contra estas Islas. De las cuales brevemente tocaremos lo que fue de ellas estando en poder de Moros. Como habían sido sojuzgadas dellos, del tiempo que entraron y destruyeron a España. Cuyos Reyes vivían muy disolutamente como tiranos: pues no contentos de la gran riqueza y fertilidad de ellas, hacían sus armadas, y por mano de cosarios, que salían en corso cogían cuantas naves y bajeles encontraban de Christianos: cautivando las personas y robando para el Rey toda la mercadería y naves que llevaban. Por esta causa se fundaron tantos castillos y torres por la costa destas Islas. Señaladamente por la de Mallorca que está llena de puertos y calas, y quedan hoy en día por atalayas, para descubrir los navíos que por tormenta, o por otras necesidades tocaban en la Isla, para luego cogerlos. Y así
son tantos los castillos y torres de las atalayas, que a la vista parece a los navegantes que es la más poblada Isla del mundo. Por lo cual y ser ella tan rica y abundante, como en los dos libros siguientes mostraremos, fue tan preciada de los Cosmographos que la llamaron la Isla dorada, y en las tablas Geographicas, la pintaron dorada, a imitación de la Aurea Chersoneso de Asia, que llaman la provincia de Calicut. En esta Isla que es la mayor de todas, residían los Reyes Moros con su corte, las demás eran súbditas a esta, y se regían por los Xeques, o gobernadores que el Rey ponía en cada una de ellas. Los cuales eran grandes corsarios, y tenían tanto dominio sobre el mar de su comarca, que de sus manos muy pocos navegantes escapaban. Lo cual era en muy grande afrenta de los Reyes de España, y mucho más para los de Aragón y Cataluña por no haberlas sojuzgado antes. Puesto que las continuas guerras que tenían con los de Valencia y de Granada
no les dejaba emprender jornada fuera de sus reynos.


Capítulo V. Como el Rey tuvo cortes generales en Barcelona, y del gran razonamiento que en ellas
hizo para persuadir la guerra de Mallorca.

Como acabó el Rey de entender la tiranía y mal trato del Rey de Mallorca, y las continuas presas y daños que sus corsarios hacían de cada día contra las haciendas de los mercaderes, por mar y en la costa de Cataluña, de suerte que ya eran absoluto señores del mar mediterráneo de España: propuso determinadamente en su ánimo de llevar a delante esta conquista. Para ello mandó convocar cortes generales a Catalanes en la ciudad de Barcelona para el mes de diciembre siguiente. Acudieron a ellas todos los Prelados, y Abades señores de vasallos, con todos los grandes y señores de título, y Barones del reyno: juntamente con los Síndicos de las ciudades y villas Reales: con poderes bastantísimos, para entrevenir y consentir en todo lo que el Rey para tan santa y provechosa
empresa para el reyno, pidiese, y en las cortes se determinase. Llegado el plazo y congregados todos, se ayuntaron en el palacio real, adonde después de dada por cada uno, según su orden y grado, la obediencia al Rey, estando sentado en su Real solio, vestido de púrpura, con su cetro (sceptro) en la mano, y las demás insignias reales, habló en voz alta y suave que la podían oír todos, desta manera. Fieles vasallos, de vuestro gran concurso y alegre rostro con que os veo aquí todos congregados, vengo a juzgar, que os ha de ser muy grato y acepto todo lo que hoy, por grave que sea, he de proponeros. Mayormente por la experiencia que de mí tenéis, que ni he jamás demandado cosas que no pudiessedes muy bien cumplir, ni otras algunas sino las que para mí son honrosas, y para vosotros útiles y provechosas. Cuanto más, que la que propondré (proporne) agora, puesto que se encara para la comodidad y ampliación de nuestros reynos y señoríos: nuestro principal fin es para mayor ensalzamiento y dilatación de nuestra fé católica, con la extirpación de la perversa secta Mahometica. Porque estas tres cosas son las que desde que comencé a reynar propuse en mi ánimo de llevar siempre adelante. Y si las ocupaciones que hasta aquí he tenido, en asentar las diferencias y altercaciones de nuestros reynos no me lo estorbaran, sin duda saliera con ellas. Mas pues al presente se nos ofrece la ocasión tal, con la desocupación que deseamos, para entrar en la demanda: es menester, que tomando el favor divino por nuestra verdadera guía, y vuestra ayuda y fuerzas por compañeras, os dispongáis a proseguir con nosotros la cruel guerra que por mar y por tierra determinamos mover contra los infieles Moros. Y que pues aún no es llegada la sazón y aparejo que se requiere para mover la contra los de tierra firme, pasemos primero con buen ejército la mar,
y los echemos de las Islas de Mallorca y sus circunvecinas. Así para librar a esta ciudad y reyno de los daños que recibe de ellas: como para dedicarlas al nombre, y fé santa de nuestro Señor Iesu
Christo, y su bendita madre: y para incorporarlas en nuestros reynos de la corona.
Porque si bien lo miráis, los Moros de todas estas Islas mayores perros y enemigos vuestros son, y mucho más perniciosos para vuestra navegación y tratos de mar, que los que tenemos en tierra firme vecinos, Pues no solo os privan del trato y comercio, no consintiendo que os alegéis (allegueys) a ellas, ni os valgáis de su increíble fertilidad y copia de mantenimientos para beneficio destos reynos: pero aun con las continuas correrías que sus corsarios hacen por mar contra vuestros
vaxeles y mercaderías, y por tierra robando la costa, os causan muchísimos daños, cautivándoos las personas, y por el rescate,
llevando se os lo mejor de vuestras haciendas. De manera que si salimos
con la empresa: demás de los provechos grandes que sacaréis de ellas, seguirse han dos cosas importantísimas. La una que aseguraréis vuestra navegación y costa de los corsarios dellas, y de los de África, con la buena armada que pondremos en ellas. La otra que con este nuevo señorío, facilitaremos la empresa de Valencia. Y aunque a la verdad vemos ser esta conquista muy difícil y ardua, y no menos costosa que trabajosa, porque se hace por mar, cuya experiencia no tenemos, y por esto nos será algún tanto lícito el temerla: pero confiando en lo mucho que vosotros en el arte del navegar y pelear por mar, excedéis a las otras naciones, y el poder y fuerzas que para proveer de gente, armas, y dineros tenéis: demás que pelearéis por vuestra común utilidad y provecho: no hay duda, sino que en todo nos valdréis de manera, que tendrá (
terna) muy próspero suceso esta jornada. Mas porque aprovecharía poco mover guerra por defuera, no quedando la paz firme en casa, ha se de procurar cuanto a lo primero, que todas las diferencias y discordias así públicas, como secretas, que andan sembradas por el Reyno, entre gente que no atiende sino a inquietarse los unos con los otros, que ante todas cosas, mediante nuestra autoridad y decreto, se asienten y apacigüen. Para que pacificados entre si los ánimos de esta gente distraída, revuelvan, y encaren todo su furor e ir a contra los Moros de esta conquista. Pues es muy cierto que terna poca fuerza la guerra movida contra Moros. que no fuere nacida de la concordia firme dentre Christianos.


Capítulo VI. Como fue aprobada por todos la proposición de la conquista, y de lo que el Reyno, Prelados, Señores y Barones ofrecieron para ella, y de la general paz que se hizo por toda Cataluña.


Acabado el razonamiento del Rey, súbitamente se oyeron grandes voces de aplauso y contentamiento por toda la congregación, alabando mucho los buenos fines y determinaciones del Rey, con la general aprobación de su demanda. Y así luego se levantaron en pie los prelados que allí se hallaban, el Arzobispo de Tarragona, y Obispos de Barcelona y Girona con los Abades, y de uno en uno fueron con palabras santas y de mucha afición (cuales refiere el Rey en su historia) a darle gracias por tan santa, y útil demanda, y tan enderezada al servicio de Dios, y bien común de sus reinos: ofreciéndose de acompañarle y seguirle en ella con sus personas, o de ayudarle según la posibilidad de cada uno, con gente y dineros para esta guerra. Y así por contentar al Rey, y que se quitasen todos los estorbos para la ejecución de la empresa se determinó en las mesmas cortes, se hiciesen treguas y universal paz entre todos los del reyno: no embargante cualesquier diferencias que hubiese
entrellos, so pena de la vida, o destierro perpetuo, para los que rehusasen la paz y tregua. Las cuales se pregonasen desde el río Cinca donde entra el Ebro, hasta la fortaleza
de Salsas, de allí al río de la Cenia, volviendo al mismo río Cinca. Porque toda Cataluña se contiene dentro de una figura triangular, cuyas dos lineas colaterales salen de Cinca. La una por las raíces de los Pyrineos la vía de Salsas hasta el mar, hacia el levante, la otra va Ebro abajo hasta el río de la Cenia al medio día. De donde comienza la basis o fundamento del triángulo, y vuelve por la costa de la marina de Tortosa, Tarragona, Barcelona, Girona, y Rosellón hasta dar en Salsas. Lo segundo fue que por tan justas y honestas causas y razones y tan evidente provecho y utilidad del reyno, se otorgase para esta jornada el tributo del bouage, del cual hablamos en el precedente libro, que pues se solía dar a los Reyes el primer año de su Reynado, y no se les negaba cuando se ofrecían algunas muy grandes necesidades, que por ser esta para tan gran beneficio del reyno, y servicio del Rey, cuanto podía ser otro, se le otorgase para esta guerra. Este tributo, como dijimos, no dejaba de valer mucho en aquel tiempo, a causa que todos criaban ganados mayores y menores, y daban tanto por cabeza, con lo demás que se acostumbraba por las haciendas. Y como el fin de los capitanes no era de acumular para si, sino de vencer, y no alargar la guerra, bastaban estos tributos para los gastos de ella. Junto con esto los señores de título, y los ricos hombres, y barones del reyno, prometieron de ayudar al Rey en esta empresa liberalísimamente. Porque el conde de Bearne ofreció de seguirle con CCCC hombres de armas, con su persona, a su propia costa. Y don Nuño Sánchez ofreció su persona con cierto número de caballos ligeros a su costa, y admitió por todos sus estados de Rosellón, Conflent y Cerdaña se publicase y ejecutase el edicto de la general paz y tregua, y también consintió en el tributo del bouage por todas ellas. Tras estos todos los señores y Barones, y luego las ciudades y villas Reales, a competencia ofrecieron de servir y seguir al Rey con gente y dinero.




Capítulo VII. Como se pregonó la guerra contra Mallorca, y de las capitulaciones que se hicieron conforme a los sucesos de ella.

Luego se pregonó por todos los reynos de Aragón y Cataluña, y también por Mompeller, y
la Guiayna, la guerra contra Mallorca: y se hizo mucha gente de a pie y de a caballo. Señalose el plazo para el embarcar de allí a cuatro meses, que sería para los XIII de mayo siguiente. Y el lugar, en la ciudad de Tarragona, y puerto de Salou, a donde se habían de juntar todas las naves y galeras: para lo cual se había ya hecho general embargo de ellas por todos los puertos de Cataluña, porque estuviesen a punto para dicho plazo. Así mismo para más atraer y asegurar los ánimos de los capitanes y soldados, mandó el Rey ordenar y sacar en pública forma las condiciones y estatutos que se habían de observar por todos en el discurso desta guerra, prometiendo él por su parte de cumplirlos al pie de la letra, debajo su real fé y palabra. Y así los publicaron, y contenían lo siguiente. Lo primero que con todos aquellos que a su propria costa, con sus personas, o con gente de a pie, o de a caballo, o con sus navíos, o galeras, o con aparatos navales, seguirían el ejército del
Rey, con todos: y con cada uno se había de hacer partición de cuanta presa y despojos se ganasen, así de la campaña como de pueblos de enemigos, guardando a cada uno su proporción según los gastos y servicios en la guerra hechos, y según el tiempo que comenzó y perseveró en hacerlos. Lo segundo, que de todo lo que se adquiriese por la guerra, así de tierras y campos, como de lugares y pueblos grandes y pequeños, se hiciese la división entre los señores y capitanes del ejército, conforme a la misma razón del tiempo y gastos, y según por su calidad a cada uno le pertenecía. Reservando para el Rey y corona Real la mayor parte, y también las casas reales, palacios grandes, dehesas, con los prados, huertas y jardines principales, que en las ciudades, villas y otros cualquier lugares se hallasen: juntamente con los castillos y pueblos fuertes, como cosas necesarias y pertenecientes a la corona real, a efecto de poner en ellos su guarnición y gente de guarda para la defensa del reyno. Y también para que teniéndolas a su mano, y siendo señor dellas, pudiese mejor igualar y allanar las altercaciones que en el repartir de los despojos suelen seguirse, prevaleciendo a la razón y derecho las armas. Que mediante su autoridad, y el juicio de hombres buenos, se decretase todo conforme a razón y justicia. Para lo cual nombró por jueces árbitros a Berenguer Palou, o Palauesin (como otros dicen) Obispo de Barcelona, persona insigne en letras y en santidad de vida, y a los Condes don Nuño de Rosellón, y don Vgo de Ampurias, a don Guillén Vizconde de Bearne, don Ramón Folch Vizconde de Cardona, don Guerao Conde de Cabrera, el cual, aunque privado del condado de Urgel, no por esto le faltó poder con su hábito de Templario, para seguir al Rey en esta, y otras jornadas. Añadiose a los decretos que los Prelados, Arzobispos y Obispos, que a sus costas ayudasen con gente en esta jornada, demás de los diezmos y primicias que por derecho común y divino se les debiesen acogidos y llamados para la general repatriación de los despojos, y de las tierras y lugares, como de los demás en la forma dicha.
Otrosi que para la fábrica y edificio de los Templos, que tomadas las Islas se tenían que edificar para el culto divino, se les señalasen con las competentes y rentas a arbitrio de los mismos jueces. Últimamente deliberaron, porque no quedasen las Islas desiertas, que los Barones, y otros caballeros, a quien por su parte y porción les hubiese cabido algunas villas, o lugares, fuesen obligados a residir personalmente en ellas, o dejar otros en su lugar: otramente fuesen luego sus villas y lugares incorporados en la corona real. Estas fueron las condiciones y capitulaciones que para la buena y concorde ejecución desta guerra y empresa se ordenaron. Estando a todo esto presentes el Rey, y los señores, y Prelados, con los demás nombrados en las Cortes, y aceptando los jueces árbitros el cargo de las reparticiones. Con esto se concluyeron las Cortes, y el Rey dio licencia a todos volviesen a sus tierras por mejor ponerse con orden para la jornada, y acudir al plazo y puerto señalado.




Capítulo VIII. Como el Rey fue a Tarazona, y halló de paso en Calatayud a Zeyt Abuzeyt, Rey de Valencia, y de las causas de su venida, y favor que se le dio para cobrar su reyno.

Entre tanto que pasaba todo esto en Barcelona, y el Rey andaba muy puesto en el aderezo de la armada para la empresa, y en dar prisa en collectar el bouage, entendió como era llegado a Tarazona, Ioan, Cardenal de santa Sabina, a quien el Papa Gregorio IX, enviaba por Legado a latere con muy grandes poderes y facultades para tratar y concluir negocios muy arduos con el Rey, señaladamente para declarar sobre el divorcio que había puesto contra la Reyna doña Leonor el mismo Rey. El cual luego se puso en camino, acompañado de algunos Prelados y grandes de Aragón que se hallaban con él en Barcelona. Como llegase de paso a la ciudad de Calatayud, la cual como en fertilidad y belleza de tierra, en nobleza y autoridad de ciudadanos, y grandeza de comunidad y pueblos que se rigen por ella, sea la segunda de Aragón, hizo muy gran recibimiento al Rey: el cual tuvo en mucho los buenos servicios que los pocos días que se detuvo allí se le hicieron: donde fue avisado como Zeyt Abuzeyt Rey de Valencia con pocos de a caballo había entrado en la ciudad, y pedía con instancia le llevasen ante el Rey, porque tenía que tratar con él negocios de grande importancia. Como oyeron esto los que iban con el Rey, maravilláronse mucho de esta novedad. Pero el Rey que ya sabía la causa de la venida de Abuzeyt, alegroles con decir estuviesen de buen ánimo, porque con la llegada deste se le abría la entrada del reyno de Valencia, por haber recibido poco antes cartas del mismo, con las cuales muy en secreto le avisaba de parte suya y del Príncipe Abahomad su hijo, lo mucho que deseaban los dos tener amistad y alianza con él, y verse * para comunicarle cosas muy graves, y que cumplían mucho a todos, mas les dijo, que como los de Valencia hubiesen entendido algo destas cartas, y por ellas sospechado de él cosas contra su secta, y seguridad del Reyno, comenzaron a indignarse contra él; y por eso antes de verse, con algún trabajo, se había salido secretamente del reyno a verse con él. Esta fue la causa de la venida de Abuzeyt, según refirió el Rey, y lo escribió en su historia. Pero el Obispo de Burgos, que compuso la historia general de Castilla en lengua Latina, muestra como fue mayor la causa de la venida de Abuzeyt, diciendo como este, no solo escribió al Rey de Aragón, pero que envió a Roma embajada secreta al sumo Pontífice, significándole como estaba muy dispuesto y aparejado para hacerse Cristiano, y que daba por testimonio desta su voluntad firme, haber ya mucho tiempo que no usaba
de la crueldad que solía con los cautivos Christianos, ni de hacer entradas, ni robos en tierras de ellos. Y que como fue descubierta esta embajada y cartas, uno de los principales del reyno llamado Zaen, con el favor de otros, echó a Abuzeyt del Reyno, y se alzó con él. De manera de llegado a Calatayud y entrado a ver al Rey, fue recibido por él, y por todos con mucha honra y real respeto, como el Rey lo mandó. Declarado por Abuzeyt el ánimo y afición que al Rey, y a los Christianos tenía, y lo mucho que certificaba se haría Cristiano luego que cobrase el reyno, comenzó a pedir favor y socorro al Rey para cobralle: prometiendo y protestando que cobrado que le hubiese, se
lo entregaría, porque Abahomad su único sucesor e hijo también estaba en lo mismo. Y tenían por muy cierto que mucha parte del reyno en sabiendo que se valía del favor y ayuda del Rey de Aragón, se declararían por él contra Zaen, al cual no querían tener por señor. Como oyó esto el Rey, tuvo su consejo, y entendiendo la verdad y llaneza con que Abuzeyt trataba su negocio, y que era muy creíble que pondría en ejecución y cumpliría lo que prometía: concluyeron, que vista su justa demanda y afición para ser Cristiano, debía ser oído y creído, y que no había porqué negarle el favor y socorro que pedía, y así convenía ayudarle con gente y armas. Porque de esta manera poco a poco se comenzaría la conquista de Valencia, y sería hacer gran prevención para la de Mallorca.
Porque entreteniendo con esta guerra, aunque lenta, a los Valencianos, ningún socorro ni ayuda osarían dar a los de Mallorca. Ni tampoco los de Murcia y Granada viendo a sus vecinos los de Valencia puestos en guerra dejarían de favorecer a ellos por acudir a los de Mallorca. Y así llamado Abuzeyt, el Rey se le ofreció liberalísimamente, y prometió luego valerle con gente y dinero.


Capítulo IX. Del socorro que dio el Rey a Abuzeyt para cobrar su reino, y fue por capitán de él don
Blasco de Alagón, del cual fue esta la causa de su entrada en el reyno, y no la que otros dicen.

Determinado ya el Rey o los de su consejo de favorecer a Abuzeyt para cobrar su reino, y que poco a poco fuese recogiendo lo perdido: o si quiera entretuviese la guerra hasta que el Rey, acabada la conquista de Mallorca, emprendiese la de Valencia, y se valiese de Abuzeyt y sus amigos para pasar delante. Y así entendieron en hacer las capitulaciones y conciertos que se habían de observar en el proseguimiento de la guerra, sobre lo que el uno al otro se prometieron. Primeramente que todas las villas y castillos que Abuzeyt cobrase, las cuales por la antigua división de los Reynos tocasen a la corona de Aragón, que la cuarta parte de lo conquistado con todos sus derechos y pertinencias, recayese a la señoría del Rey. Que las fortalezas de las villas que se ganasen, se pusiesen en poder de caballeros Aragoneses, y las que tomasen fuera de la división, fuesen de Abuzeyt. El cual por hacer valederos y firmes los conciertos, prometió dar en rehenes seis villas de su reino con sus fortalezas en los confines de Aragón y Cataluña: que fueron Peñíscola, Morella, Cullar, Alpuente, Xerica y Segorbe. También el Rey prometió de su parte valer y defender a Abuzeyt con todo su poder, y dar en rehenes a Castielfauich y Ademuz, dos villas fuertes con sus castillos, muy propincuas al Reyno de Aragón, las cuales el Rey don Pedro su padre había ganado por fuerza de armas en el Reyno de Valencia: condición que dos caballeros Aragoneses tuviesen las fortalezas y tenencia dellas por Abuzeyt. Puesto que no hallamos que pasase en efecto el entrego de las unas, ni de las otras conforme al concierto. Desde entonces comenzó Abuzeyt a entender en la recuperación del Rey no con el pequeño ejército que el Rey le formó: dándole por capitanes a don Blasco de Alagón, y a don Pedro Azagra señor de Albarracín, con la gente de caballo de Teruel. Y cierto que parece esta más verdadera causa de la entrada y detenimiento de don Blasco en el reyno de Valencia, que la infame y muy indigna de su valor y persona le aplican algunos escritores falsamente, diciendo, que estando indignado don Blasco contra el Rey por gran suma de dinero que le debía, y le entretenía con palabras por no pagársela, salió con gente armada al camino a la Reyna doña Leonor, al tiempo que pasaba de Aragón para Castilla, despedida del Rey por el divorcio que con ella hizo (del cual se hablará luego), y que llevando su recámara muy rica, y llena de joyas que el Rey le había dado a la despedida, la salteó y robó don Blasco: y que por huir del Rey se metió por el Reyno de Valencia adentro, donde estuvo dos años, hasta que el Rey le perdonó. Lo cual cierto parece desatino, porque tan atroz y descomedido robo, ya que no se pudiera reparar por parte del Rey con prender y condenar a muerte a don Blasco, debiérase enmendar con recompensar a la Reyna su pérdida, y la injuria, que el Rey tomara por propia para ejecutar el castigo en don Blasco siempre que haberle pudiese, o perpetuamente desterrarle: Pero que al cabo de dos años, como dice, volviese ante el Rey, y que sin restituir las joyas le perdonase, fuera tanta la infamia que por esto incurriera el Rey, que pudiera muy bien don Blasco transferir en él su pecado. Ni se ha de creer que el Rey, si quiera por su descargo, dejara de hacer mención alguna dello. Y así como cosa de sueño lo damos por fabuloso.



Capítulo X. Como el Rey puso divorcio contra la Reyna doña Leonor, y que es falso lo que dicen que doña Theresa se opuso al matrimonio de ella, y de los matrimonios anticipados.

Luego que el Rey hubo despedido a Zeyt Abuzeyt con la gente y capitanes para comenzar la guerra del Reyno de Valencia, determinó, para poder más sin cuidado atender a la de Mallorca, proveer de heredero en sus reynos, pues según los sucesos de la guerra son inciertos, no quedasen sin sucesor. Y así le pareció que lo mejor sería declarar al Príncipe don Alonso su hijo único, y de la Reyna doña Leonor. por sucesor en ellos. Por esto deseaba ya verse con el Legado para decretarlo con su autoridad. Sino que se lo estorbaba notablemente el divorcio que antes había hecho con la Reyna, por las causas que poco después alegó ante el Legado: que fue por el impedimento de cuarto grado
de consanguinidad había entre los dos, para el cual no fueron dispensados por el sumo Pontífice: y también por haberse casado ante la edad legítima, que no pasaba de XII. años cuando casó con ella, por lo que muchas veces dijo, y lo confirmó en su historia. que pasaron XVIII meses que no pudo tener acceso carnal con ella. De donde claramente se ve ser errónea la opinión del curioso historiador el maestro Pedro Antonio Beuter y de otros, cerca la venida del Cardenal Legado en aquella fazó. Diciendo como en Cataluña hubo una nobilísima mujer llamada doña Theresa Gil de Vidaure, la que se opuso al matrimonio que el Rey hizo con la Reyna doña Leonor: pretendiendo que había sido antes el suyo con el mismo Rey, de quien tuvo dos hijos varones: y porque se vio desechada de él se fue a Roma y presentó su libelo al Pontífice, el cual envió por esta causa al Legado para declarar sobre el divorcio de doña Leonor, y matrimonio de doña Theresa. Pero todo
esto es falso, por muchas causas, y por sola esta, que arriba tocamos, imposible. Porque si casó con doña Leonor a los X años de su edad, y por su imbecilidad pasaron tantos meses que no fue apto para mujer, como era posible que ya antes hubiese comunicado con doña Theresa, y que tuviese
dos hijos de ella. Demás que no es creíble, habiendo (como dicen) venido el Legado a instancia de doña Theresa para declarar en favor de su matrimonio, que por entonces instase el Rey por el divorcio de doña Leonor, para dar más lugar a la demanda de doña Theresa habiéndosela negado por toda la vida. Pues dado que fue verdad lo que de doña Theresa dicen, que tuvo dos hijos del Rey, a don Iayme y a don Pedro, y que los heredó (como adelante diremos) y a doña Teresa dio rentas en Valencia, en cuyos arrabales en un sitio llamado la Saydia, edificó un principalísimo
monasterio de monjas, adonde pasó su vida con gran religión y recogimiento. Pero cuanto a lo demás, lo que se halla por muy cierto es, que el matrimonio al cual se opuso ella, no fue el de doña Leonor, sino el segundo que el Rey hizo con doña Violante hija del Rey de Vngria. Y que del engaño del nombre de Leonor por Violante, nació este error manifiesto. Volviendo pues al divorcio de doña Leonor, como no hallamos que el Rey alegase en público otras más causas para descasarse, de las que arriba hemos dicho, y estas por legitimar al Príncipe don Alonso, que nació de ellos,
eran muy fáciles de remediar, y se podía muy bien ratificar el matrimonio entre ellos: todavía en ver que el Rey tanto instaba el divorcio, se creyó debía tener alguna grande causa oculta, que notificó
muy en secreto a los jueces, y que fue tal que hizo algún efecto: como en el siguiente capítulo diremos. La cual, como algunos imaginan, debió nacer de algún íntimo odio entre los dos que pudo concebirse del anticipado matrimonio, y por la imbecilidad del agente, y ardor de la
concupicencia sin poderse amatar, se sigue tal menosprecio entre ellos que pasa a divorcio. Y así se ve destos matrimonios anticipados, o como dicen, antecogidos, que muchos de ellos para en separación y aborrecimiento, y que en alguna manera se habrían de evitar: pues no es justo que a los particulares intereses y comodidades de los hombres, se haya de posponer la madureza y sazón de naturaleza que el matrimonio y sus adyacentes requieren. Pues así como no puede durar mucho tiempo
el fruto del árbol que antes de tiempo madura, así los tales matrimonios no solo suelen ser infructuosos y estériles, pero están muy sujetos a causar odios y divisiones.


Capítulo XI. Como el Legado tuvo Concilio de Prelados en Tarazona, ante quien el Rey propuso
el divorcio hecho con doña Leonor, y que tenía por legítimo a don Alonso hijo de los dos.

Llegado pues el Cardenal Legado para tratar del divorcio de doña Leonor, y declarar sobre negocio tan grave, que había de resultar en notable injuria de ella, y hacer dudosa la legitimidad de don
Alonso único hijo y sucesor del Rey, luego convocó Concilio nacional en Tarazona, para que donde se celebraron las bodas allí se hiciesen las obsequias de este matrimonio. Acudieron a él los principales Prelados de España, don Rodrigo Arzobispo de Toledo, don Aspargo Arzobispo de Tarragona, que ya era muy viejo, con nueve Obispos que fueron, Burgos, Calahorra, Segovia, Sigüenza (Ciguença), Osma, Lerida, Huesca, Bayona, y Taraçona, personas de mucha autoridad y doctrina y de muy gran ejemplo de vida. Los cuales después de estar muy bien informados por los
aduogados y procuradores de las dos partes, y alegado todo lo que se podía por parte de la Reyna: vistos y muy bien reconocidos los méritos de la causa: estando ya para pronunciar la sentencia, el Rey compareció en persona en el Concilio el día antes de la publicación della: adonde assentado en medio de los Prelados, y en presencia de los señores y grandes del reyno que consigo vinieron,
habló desta manera. Apostólico Legado, y muy Reverendos Prelados. No puedo dejar de confesar, como ha poco más de ocho años que en esta misma ciudad, yo casé en faz de la santa madre yglesia, mediante su autoridad, con la Reyna doña Leonor de Castilla, y que nuca he dudado de la verdad y firmeza de este matrimonio: tanto que perseverando en esta fé hube en ella a mi único hijo don Alonso, al cual siempre he tenido y tengo por propio y legítimo, y como tal lo he llamado, y declarado por sucesor para después de mis días, en todos mis reynos y señoríos. Por tanto quiero avisaros como tengo esta mi declaración de sucesor en don Alonso mi hijo, por muy rata y firme, y si menester es vuestra autoridad para ello, la hago y confirmo de nuevo, salvos mis derechos en lo del divorcio con doña Leonor, por las causas que cada uno de vosotros tiene, por mi descargo, de mí entendidas. Y así os requiero declaréis sobre estos dos artículos decisivamente. Esto dicho se levantó para salirse de la sala del Concilio, y como todos se levantasen para acompañarle, hizo los quedar, rogando les considerasen, y determinasen este negocio con mucho acuerdo, señalando la sucesión de don Alonso. Porque dudando ya el Rey de ella, por el divorcio que quería hacer poco antes teniendo cortes en Lerida a los Aragoneses, le había declarado por su heredero y sucesor en el reyno de Aragón, y ciudad de Lerida con su distrito: queriéndola incorporar en el reyno de Aragón, y le juraron por Príncipe sucesor. Esto hizo con fin que los demás hijos que de otra mujer le naciesen, sucediesen en los otros estados de Cataluña y Mompeller.


Capítulo XII. Que por las secretas causas que para esto tuvieron los Prelados, pronunciaron por el divorcio, y como se despidió doña Leonor del Rey, el cual tomó la insignia de la cruz de mano del Legado.


Como los Prelados hubiesen de pronunciar la sentencia sobre el divorcio, salva la legitimidad de don Alonso: para concordar dos cosas en si tan diferentes y contrarias, tuvieron sobre ello sus alteraciones y consideraciones secretas: que no se podía deducir ni comunicar en proceso. Por donde venía a ser entre si muy diferentes los votos, y muy difícil el pronunciar la sentencia, por las informaciones aparte dadas por el Rey. Mas considerando que a los jueces, o que muchas veces suele mover más una secreta razón y causa importante, que cuanto esta deducido en proceso, o que en las causas de los Reyes, conviene alguna vez por beneficio universal de los reynos, juzgar más presto por la universal consideración y ley de buen gobierno, que por las leyes escritas y alegadas, y que de estos juicios hay cada día muchos: fue así que
inferida la confesión del Rey en la sentencia, pronunciaron. Que no embargante la legitimidad de don Alonso hijo del Rey don Iayme de Aragón y de la Reyna doña Leonor de Castilla, y que era verdadero y legítimo sucesor del Rey su padre, tenía lugar el divorcio hecho por el Rey contra la Reyna, con la total disolución del vínculo conyugal (cójugal). Esta sentencia fue muy solemnemente in pleno concilio publicada y notificada al Rey, y a doña Leonor, y aunque pareció muy extraña, toda vía ella fue vista y revista, y también suscrita por el Legado Apostólico y nueve Prelados, entre Arzobispos y Obispos, los más principales y doctos de toda España, y con decreto de concilio, sin discrepar ninguno: siendo la mayor parte dellos de reynos extraños, y no súbditos del Rey. Porque se vea no tuvieron particular afecto, sino toda libertad para descargar su conciencia y conforme a ella dar su voto cada uno. Con esta sentencia no se derogó la donación de las villas y pueblos de Aragón hecha en favor de doña Leonor, de las cuales fue dotada al tiempo que casó con el Rey. Con esto, y muchas joyas y riquezas que el Rey le dio, se despidió de ella, y le envió a Castilla. Y así queda más justificada y confirmada la rectitud de la sentencia: con esto que ni la Reyna doña Berenguela su hermana, ni don Fernando su sobrino Rey de Castilla, tuvieron por alevoso el divorcio: pues ni hicieron sentimiento alguno de ello, ni se apellaron de la sentencia para el sumo Pontífice, que a sobrar razón, appellaran. Hecho esto, el Rey se despidió del Legado y de los Prelados, usando con ellos de toda liberalidad y magnificencia, conforme a quien él y ellos eran: y se partió para Tarragona, por llegar a ella antes del día del plazo, cuando toda la gente que se hacía para la jornada de Mallorca se había de hallar junta en la ciudad y puerto de Salou. Aunque no pudo ser tan presto la junta, por mucho que el Rey lo trabajó, que no se alargase hasta por todo el mes de Setiembre, que para entonces estuvo ya el armada aprestada. Pues como se hallasen ya congregados en la ciudad los señores, Barones, y caballeros de todas partes para embarcarse, de nuevo se publicaron y aprobaron los capítulos que en Barcelona se firmaron sobre la división de las tierras, y despojos que se adquiriesen en la conquista: entrando y siendo acogidos a igual repartimiento de lo capitulado los Aragoneses que seguirían el ejército real, y en la guerra y servicios, se igualarían con los demás. Añadieron para la misma división dos jueces más de los arriba nombrados, que fueron el Obispo de Girona y don Bernardo Campà Comendador de Miravete (Mirauete): el cual era Vicario del gran Maestre del Temple en los reynos de España. Finalmente pareciendo al Rey que importaba poco ir los soldados Cristianos a pelear con los infieles, muy armados de lanza y escudo y todas armas si no llevaban los ánimos guarnecidos de verdadera fé Cristiana, impresa y sellada en sus corazones con el señal de la Cruz, y pasión de Cristo su capitán soberano: mandó que todos tomasen la insignia de la Cruz, y la pusiesen sobre sus armas y arneses. Y para que esto se hiciese con más solemnidad, se partió con los capitanes y principales de su Corte para Lerida, a dos jornadas de Tarragona, por donde ya pasaba el Legado de vuelta para Roma: y ayuntados en la iglesia mayor, comenzando el Rey, tomaron la Cruz los demás de mano del Legado para ponerla sobre sus armas. Y para los ausentes dio el mismo Legado comisión y facultad a los Prelados que se hallaban en el ejército, diesen la Cruz a todos los soldados que quedaban en Tarragona. Demás de esto, muchos de aquellos señores y capitanes fueron armados caballeros por mano del Legado. El cual hecho esto, con mucho contentamiento y satisfacción del Rey se despidió de él, y se partió para Roma: y el Rey volvió con su gente a Tarragona para dar calor a la empresa de Mallorca.

Fin del libro quinto.




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