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jueves, 14 de marzo de 2019

Libro cuarto

LIBRO CUARTO DE LA HISTORIA DEL REY DON IAYME DE ARAGÓN, PRIMERO DE ESTE NOMBRE, LLAMADO EL CONQUISTADOR.

Capítulo primero. Como el Rey fue declarado sucesor en las tierras de Ahones, y que don Fernando se alzó con Bolea, y de las ciudades que le siguieron.

Con la desastrada muerte de don Pedro Ahones quedó casi postrada del todo la desvergonzada liga y engañosa machina que fue contra el Rey por sus más propincuos deudos y allegados fabricada. La cual puesto que el Conde don Sancho la puso primero en campo: y después la encaró Ahones para que fuese certera, don Fernando fue el atrevido que osó dispararla (
desparalla). Mas aunque fue mayor la estampida que el golpe, y más presto tentada la paciencia Real que vencido su valor, y magnanimidad, no por eso dejó de haber para los tres, por el atrevimiento, su merecido castigo y debida pena. Pues ni el Conde don Sancho osó más parecer ante el Rey en Corte: ni Ahones se escapó de venir a morir en las manos del Rey: ni en fin don Fernando (que sin duda fuera más castigado que todos, si el parentesco Real no le librara) pudo pasar más de la vida quieta, sino con sobresalto y mengua. Pues ni se le permitió jamás dejar el hábito, ni la dignidad que tenía para pasar a otra mayor, ni por sus pretensiones del Rey no haber ninguna otra recompensa. Puesto que por la benignidad del Rey, ni fue echado de su consejo real, ni jamás privado de su conversación y secretos: prefiriendo siempre la persona y autoridad de él a la de todos: no embargante, que por lo que agora y a delante veremos, siempre le fue don Fernando por su innata inquietud e insolencia, una perpetua ocasión y ejercicio de magnanimidad y paciencia. Muerto pues Ahones, y llevado por el mismo Rey a sepultar a Daroca, como no quedase legítimo heredero de él, declaró el consejo real que en todos sus señoríos y tierras sucedía el Rey, y que a esta causa fuese luego a tomar posesión de Bolea villa principal y vecina a Huesca, la cual por ella sucesión ab intestato le pervenía, y que se hiciese luego prestar los homenajes, antes que la mujer de Ahones, o el Obispo de Zaragoza don Sancho hermano del muerto, se alzasen con ella y le pusiesen gente de guarnición para defenderla: y que podía ser lo mismo de los dos Reynos de Sobrarbe y Ribagorza: por haberlos tenido Ahones mucho tiempo en rehenes, por una gran suma de dinero, que había prestado al Rey don Pedro para la jornada de Vbeda: y también por el derecho de ciertas caballerías de honor, que por servicio se le debían. Conformaron todos en que luego fuese el Rey a tomar posesión de ellos. Al cual pareció lo mesmo, y que sería muy gran descuido suyo, perder estos reynos, haciendo merced a otri dellos, antes de tener los demás estados suyos pacíficos: mayormente por encerrarse en ellos muchas villas y lugares con cuya confianza Ahones había tomado alas y orgullo para rebelársele. Por esto determinó de no más enajenarlos por empeños, ni otras necesidades sino que volviesen a encorporarse en el patrimonio Real para siempre. Señaladamente, por haber visto en las cortes que tuvo poco antes en estos Reynos, la mucha calidad e importancia de ellos. Con este fin junto alguna gente de a caballo de poco número: porque a la verdad pensaba que Bolea se le entregaría, sin resistencia alguna. Y así fue para ella, enviando delante algunos caballeros para que tentasen los ánimos de los de Bolea, y se asegurasen de la entrada. Pero le sucedió (sucediole) muy al contrario de lo que pensaba. Porque don Fernando que nunca reposaba, sabida la muerte de Ahones, luego sospechó lo que el Rey haría, y con gran número de gente y copia de vituallas, se metió en la villa, confiado de que apoderado de esta, y no hallándose otro legítimo heredero de Ahones, no solo se haría señor de todas sus villas y lugares con los dos Reynos arriba dichos, pero aun los haría rebelar contra el Rey, y esto con el favor del mismo Obispo de Zaragoza, que podía mucho, y deseaba en gran manera vengar la muerte de Ahones su hermano. También por lo mucho que confiaba en el poder de los Moncadas, y de otros señores y barones de Aragón y Cataluña a quien el Rey había ofendido, y él con muchas dádivas y otros medios obligado a que le siguiesen. Pudo tanto con esto, que no solo a los de Bolea, pero aun a la gente de los dos reynos pervirtió de manera, que se ofrecieron a servirle y seguirle contra cualquiera. Como el Rey llegase a Bolea, y la hallase muy puesta en defensa, y a la devoción de don Fernando que estaba dentro, determinó pasar adelante, y apoderarse de los principales lugares y fuerzas de los dos reynos, con fin de romperla contra don Fernando. Sabido esto por don Fernando, de muy amargo y sentido por la muerte de Ahones, y mucho más por temerse, de que siendo él igual y mayor en la culpa, no fuese lo mismo de él: propuso de hacer rostro al Rey con abierta guerra: tanto que osó decir en público, no pararía un punto hasta que lo hubiese echado del Reyno. Lo cual pensaba él acabar fácilmente, por tener en poco al Rey así por su poca edad y experiencia, como por los muchos y muy principales amigos, que en la gobernación pasada él había granjeado, y sabía que no le habían de faltar. Por donde le fue muy fácil traer apliego la común rebelión de los de Zaragoza, con los demás pueblos grandes del reyno, excepto Calatayud (como dice la historia del Rey) y otros también escriben de Albarracín y Teruel que fueron fieles. mas no se contentó con lo de Aragón don Fernando, que tambien escribió al Vizconde don Guillé de Moncada en Cataluña, que de la guerra pasada quedaba muy escocido contra el Rey: para que con la más gente que pudiese viniese luego, y no perdiese tan buena ocasión para vengarse de lo pasado. De suerte que el Vizconde solicitado del intrínseco odio y temor que al Rey tenía, no dejó de intentar cuanto contra su real persona se le ofrecía, en que podelle ofender.

Capítulo II. De la venida del Vizconde de Cardona en favor del Rey, y de los extremos que hacía el Obispo de Zaragoza por vengar la muerte de Ahones, y de la matanza que don Blasco hizo en los zaragozanos.

Sabido por el Rey lo que pasaba, y que don Fernando se ponía muy de veras contra él en esta guerra, dejó la del monte, y descendió con su ejercito que ya iba creciendo a lo llano a la villa de Almudévar, de donde pasó a Pertusa en el territorio de Huesca. En esta sazón el Vizconde don
Ramón Folch de Cardona sabida la necesidad y trabajo en que el Rey estaba, y la junta de gente que el Vizconde de Bearne con los suyos hacían, para ir a favorecer a don Fernando contra el Rey, junto con don Guillen Ramón de Cardona su hermano, una muy escogida banda de hasta 60 hombres de armas. Y partido para Aragón llegó primero que todos los demás socorros que vinieron, a los contornos de Zaragoza, donde halló al Rey, al cual se ofreció con todo su poder y gente para servirle hasta morir en su defensa. Esta venida del Vizconde con tan principal socorro fue tenida en mucho por el Rey, así por ser tan a tiempo, como porque con su autoridad y ejemplo el Vizconde movió a muchos en Cataluña para seguir y favorecer la parcialidad Real: lo mandó (mandolo) alojar con toda su gente muy principalmente: y pues se halló con tan buen cuerpo de guarda, mandó a don Blasco de Alagón, y a don Artal de Luna fuesen con una compañía de infantería, y una banda de caballos a hacer guarda en la villa de Alagón contra los Zaragozanos, que por no haberlos seguido juraron de saquearla: quedándose con el Rey don Atho de Foces, don Rodrigo Lizana, don Ladrón, y el Vizconde con su gente. A vueltas de todo esto, el Obispo de Zaragoza había juntado gran número de soldados de los que habían quedado de Ahones su hermano, y estaba tan puesto en la venganza de su muerte, que sin acordarse de su dignidad Pontifical, ni del respeto que a su Rey debía, demás del escándalo y mal ejemplo que de si daba, salió a puesta de Sol de Zaragoza
con su ejército, y marchando toda la noche llegó a la villa de Alcubierre, la cual por no haber querido poco antes, siendo requerida, juntarse con los de Zaragoza contra el Rey, la dio a saco: y por ser en tiempo santo de la cuaresma, para quitar de escrúpulo a sus soldados, decía voz en grito y con furiosa ira, que era tan santa y justa la guerra que contra el Rey hacía como contra Turcos, y por tanto absolvía, armado como estaba, a todos de la culpa y escrúpulo, que por el saco hecho tenían, y por mucho más que hiciesen. Demás que no solo afirmaba con pertinacia, que gente que se empleaba contra el tirano por la salud y libertad de la Repub. podía sin escrúpulo comer carne en los días prohibidos, pero aun prometía la celestial gloria a cuantos en esta guerra le seguían. También por otra parte los Zaragozanos por dar alguna muestra y señal de su mala liga y rebelión contra el Rey salieron segunda vez para el Castellar, que está cerca de Alagón, río en medio; el cual pasaron en barcos, y puestos en celada, enviaron alguna gente delante, porque fuesen vistos de los de Alagón, a efecto de que, saliendo sobre ellos, se retirarían con buen orden, hasta traerlos a dar en la celada. Como don Blasco y don Artal los vieron, sospechando lo que podía ser, se detuvieron aquella tarde, y los Zaragozanos viendo que no salían a ellos, se retiraron a la otra parte del río, por estar más seguros. Dejando pues don Blasco alguna gente de guarda en la villa salió a media noche con toda la caballería, y pasaron a Ebro con poco estruendo en los mismos barcos, y al romper del alba, dieron sobre los Zaragozanos, que los hallaron durmiendo, sin centinelas, y bien descuidados: y de tal manera los persiguieron que entre muertos y presos fueron trescientos, huyendo los demás. Esta victoria fue para el Rey y los de su parcialidad muy alegre, porque se creyó que todas las aldeas como miembros, entendiendo que la cabeza era vencida, perderían el orgullo, y se rendirían más presto. Luego vino el Rey a verse con los vencedores, para hacerles por ello las gracias, y tratar sobre lo que harían.


Capítulo III. De los aparatos de guerra que el Rey hacía, para el saco de Ponciano, y cerco que puso sobre la villa de las Cellas, y como fue presa.

En este medio que el Rey se detuvo en Pertusa, distrito de Huesca, mandó armar diversos trabucos e instrumentos de guerra, y asentarlos sobre los carros para llevarlos de una parte a otra (aunque con grande dificultad, por ser la tierra fragosa) por lo mucho que se había de valer de ellos en tan larga y porfiada guerra, como se le aparejaba. A la cual se preparaba con tanto ánimo, que como a uso de Vizcaínos, a más tormenta más vela, así cuanto más crecían los enemigos y rebeldes, tanto más ensanchaba su pecho, y se disponía a resistirles. Volviendo pues de Alagón para Pertusa, y llevando consigo al Vizconde con los suyos y la demás gente de guarda, de paso dieron asalto a la villa de Ponciano, que estaba por don Fernando: la cual fue luego entrada y saqueada. De allí pasó a la villa de las Cellas junto a Pertusa, y puso cerco sobre ella, y aunque estaban la villa y fortaleza muy bastecidas de gente y municiones, al tercero día que plantaron las máquinas y trabucos hacia las partes más flacas del muro, y comenzaron a batirlas, el Alcayde de la fortaleza vino a concierto con el Rey, que si dentro de ocho días no le venía socorro, le entregaría la fortaleza con la villa. Aceptó el rey el concierto, y un día antes que se cumpliese el plazo, dejando allí su ejército, pasó con poca gente a Pertusa, para dar prisa a juntar los Pertusanos con la Infantería de Barbastro, y Beruegal que había mandado venir, para que el siguiente día se hallasen todos en la presa de las Cellas.
En este mismo punto que el Rey estaba rezando en la iglesia de Pertusa, vieron de lejos venir hacia la villa al galope dos caballeros armados en blanco por el camino de Zaragoza, y eran Peregrin
Atrogillo, y su hermano don Gil. Llegados al Rey le avisaron como don Fernando y don Pedro Cornel, con ejército formado de la gente de que Zaragoza y Huesca, venía a más andar en ayuda de las Cellas, y no quedaban lejos. Como esto entendió el Rey, luego se puso en orden, y se partió con solos cuatro de a caballo para las Cellas. Mandando a los Pertusanos con los de Barbastro y Beruegal le siguiesen. Llegado a los alojamientos do habían quedado el Vizconde y don Guillen su hermano, con don Rodrigo Lizana, que con todo el ejército no pasaban de ochocientos hombres de armas, y mil y seiscientos Infantes, determinó esperar con estos a don Fernando: ni temió los grandes escuadrones de las ciudades, con ser cuatro tantos más que los suyos, por más empauesados que viniesen, como se decía. Había entonces en el Consejo del Rey un don Pedro Pomar, hombre anciano, y muy experimentado en cosas de paz y guerra, el cual considerando el mucho poder del ejército de don Fernando, que en número y bien armado excedía de mucho al del Rey, según los caballeros que truxeron la nueua lo afirmaban, y que la persona Real estaba en muy grande y manifiesto peligro, le pareció (pareciole) exhortar al Rey, mas le rogó que con gran presteza se subiese en un monte alto, que estaba junto a la villa, adonde con la aspereza del lugar defendiese su persona, hasta que llegase el socorro de los pueblos que aguardaba. Al cual respondió el Rey animosa y varonilmente, diciendo. Sabed don Pedro que yo soy el verdadero y legítimo Rey de Aragón, y que tengo muy justo y legítimo Señorío y mando sobre aquellos, que siendo mis verdaderos súbditos y vasallos toman injustamente las armas contra mí, como esclavos que se amotinan contra su señor. Por tanto confiando en la suprema justicia de Dios, y que tengo ante su divina Majestad más justificada mi causa que ellos, no dudo que con su divino favor podré con los pocos que tengo, resistir y vencer el grande ejército de los rebeldes y fementidos que viene contra mí, y así mi determinación es hoy en este día, o tomar por fuerza de armas la villa, o morir ante los muros de ella. Por eso vuestro consejo de fiel y prudente amigo guardadlo (guardaldo) para otro tiempo, que aprovechará con más honra que agora. Como acabó de decir esto, comenzó más animoso que nunca a instruir y poner en orden los escuadrones, con tanta diligencia y valor, como si ya estuvieran presentes, y le presentaran la batalla los enemigos: los cuales, como ni pareciesen, ni llegasen, y el plazo fuese cumplido, la villa con sus fortaleza se le entregó libremente, y fue librada de saco.

Capítulo IIII (IV). Como vino el Arzobispo de Tarragona a concertar al Rey con don Fernando, y no pudo: y como los de Huesca con astucia hicieron venir al Rey, y del gran trabajo en que se vio con ellos.

Tomada la villa de las Cellas, y bien fortificada su fortaleza de gente y municiones, el Rey se volvió a Pertusa, adonde poco antes era llegado don Aspargo Arzobispo de Tarragona, hombre muy pío y sabio, y (como dijimos) pariente del Rey muy cercano: el cual entendidas las diferencias del Rey y don Fernando, de las cuales cada día se seguían tan grandes novedades, daños, y divisiones de pueblos en los dos Reynos: tanto, que ya en Cataluña se iba perdiendo autoridad y obediencia del Rey, y cada uno vivía como quería, puso todas sus fuerzas en apaciguar, y concordar tío con sobrino, por divertirlos de tan escandalosa guerra como se hacían el uno al otro. Mas como el odio estuviese en ellos tan encarnizado, por estar don Fernando tan persuadido que había de reynar, cuanto el Rey determinado de no perder un punto de su derecho, y posesión del Reyno, dexolos: y sin acabar cosa alguna se volvió a Tarragona, a encomendarlo todo a nuestro señor, y rogarle por
el estado de la paz. En este medio los de Huesca que vieron perdidas las Cellas, comenzaron a apartarse del bando de don Fernando, y a descubrirse entre ellos la parcialidad del Rey, aunque más flaca que la de don Fernando: pero muchos deseaban pasarse a ella, sino que con mañas prevalecía siempre la contraria, porque don Fernando, en aquel poco tiempo que estuvo recogido en el monasterio, o Abadía de Montaragon, junto a Huesca, teniendo ojo a lo por venir, tenía corrompidos y atraídos a si los de la ciudad con presentes, dádivas, y muy largas promesas. De manera que en los ayuntamientos venciendo la parte mayor (como suele ser) a la mejor, la de don Fernando prevalecía, y no se hacía más de lo que él quería, por donde los desta parcialidad en nombre de toda la ciudad, comenzaron con grande astucia a inventar contra el Rey cosas nuevas. Porque entrando en consejo trataron engañosamente con Martín Perexolo juez de la ciudad por el Rey puesto, y con los de la parcialidad Real, que hiciesen saber al Rey como los de Huesca le eran muy verdaderos súbditos y fieles vasallos, y deseaban mucho viniese a verlos y tratarlos, que lo recibirían con grandísima honra y aplauso del pueblo, y sin réplica harían por él cuanto les mandase. Como el Rey entendió esto de los de Huesca, y tuviese el ánimo fácil y sencillo para echar siempre las cosas a la mejor parte, sin tener ninguna sospecha dellos, dejó el ejército encomendado al Vizconde y acompañado de muy pocos, por no dar que temer al pueblo, se partió para Huesca. Llegado a vista de ella le salieron a recibir veynte ciudadanos de los más principales a la ermita de las Salas: y como le recibieron con mucha honra y fiesta: así también el Rey recogió a todos ellos con grande benignidad y alegre rostro, y porque conociesen por cuan fieles súbditos los tenía y los amaba, les habló con palabras muy amigables, y de tanta llaneza como si fuera compañero entre ellos, y trayendo cabe si a don Rodrigo Lizana, don Blasco Maza, Assalid Gudal, y Pelegrin Bolas, principales caballeros de su consejo, entró en la ciudad. Por aquel día el pueblo le recibió con tantos juegos y regocijo, que pareció dar de si muy grandes indicios de fidelidad: pero en anochecer tocaron al arma, y se vinieron a poner a las puertas de palacio, cien hombres armados como en centinela, guardando y rondando por de fuera el palacio toda la noche. Entendió el Rey lo que pasaba, y considerando el grande peligro en que estaba, en siendo de día disimuladamente, y con gran serenidad de rostro envió a llamar los más principales de la ciudad, y mandó convocasen todo el consejo allí en palacio, adonde dentro del patio, que era grande, concurrió toda la ciudad y pueblo, y el Rey puesto a caballo, señalando silencio, les habló desta manera.


Capítulo V. Del razonamiento que el Rey hizo a los de Huesca, y como acometieron de prendelle.

Hombres buenos de Huesca, no creo que ninguno de vosotros ignora ser yo vuestro verdadero y legítimo Rey, y que poseo y soy señor vuestro, y de vuestras haciendas por derecho de sucesión y herencia. Porque xiiij. generaciones han pasado hasta hoy, que yo y nuestros antepasados por recta linea poseemos el Reyno de Aragón. Por lo cual, con la continuación de tan larga prescripción, se ha seguido tan estrecha hermandad de nuestro señorío con vuestra fiel obediencia y servicio, que ya como natural, y que tiene su asiento y rayz en los ánimos, ha de ser preferida a cualquier obligación de parentesco y sangre: porque esta se puede deshacer con el tiempo; y la otra es tan indisoluble, que antes suele con el mismo tiempo acrecentarse más. Por esta causa he siempre deseado, que de la afición y amor que os tengo, naciese la pacificación vuestra, para mayor honra y utilidad del pueblo, y para mejor ampliaros los fueros que nuestros antepasados os concedieron: si con la inviolable fé, y obediencia que siempre habéis tenido con ellos, correspondiese ahora conmigo vuestra fidelidad y servicio. Por donde ya que con tantos y tan manifiestos indicios y señales de alegría y contentamiento habéis solemnizado (solenizado) y festejado la entrada de vuestro Rey, no debíais (deuiades) agora de nuevo deslustrarla con tanto estruendo de armas, y aparatos de guerra: porque no
diérades ocasión alguna para desconfiar de vuestra fidelidad. Mayormente que yo no he venido sin ser llamado, antes he sido para ello muy rogado de vosotros, y que de muy confiado de vuestra debida fé y prometida obediencia, he dejado el ejército, y entrado en esta ciudad, no cierto para destruirla, sino para más ennoblecerla, y magnificarla. Como llegó el Rey a este punto, levantose tal murmuración del pueblo contra los que regían, que no pudo pasar más adelante su plática. Sino que haciendo señal de silencio, se adelantó uno de los principales del regimiento antes que los del consejo respondiesen, y dijo, que los de Huesca siempre habían tenido y tenían por muy cierto, que su real ánimo era propicio y favorable para ellos, y que de allí adelante lo ternia mucho más: pues para más manifestar la buena voluntad que les tenía, les había hablado con palabras de mucho amor, y con tanta mansedumbre: y así por esto el pueblo tendría (ternia) su consejo, y harían en todo lo que el mandaba. Con esto se recogieron los principales del, quedándose el Rey a caballo en el patio, y se encerraron en las casas del Abad de Montearagón, adonde sin tener más respeto a la persona del Rey, tuvieron entre si diversas y largas pláticas con la contradicción de algunos que defendían la parte del Rey, interviniendo (entreuiniendo) en ellas muchas voces y porfías: aunque siempre prevalecía como está dicho, la parcialidad de don Fernando, demás que por alterar al pueblo, no faltaron algunos malsines, que sembraron rumores, afirmando muy de veras que el Vizconde de Cardona, después de haber bien reforzado el ejército Real, venía so color de librar al Rey a saquear a Huesca. Por donde comenzándose a alborotar la gente popular, los congregados se salieron a fuera para tocar al arma. Pero el Rey les aseguró, y mandó se estuviesen quedos, y volviesen a su consejo, porque estando él presente no se desmandaría el ejército. Quietáronse algo, aunque siempre quedaron los ánimos alterados, y muy puestos en poner las manos en el Rey, de muy accionados a don Fernando, y sobornados por él: pero cuanto más miraban su Real persona tanto más les faltaba el ánimo y fuerzas para hacerlo, y con ello dilataron el consejo para otro día, diciendo, que por entonces no había lugar para responder al Rey, y así se despidieron todos, quedando encargados cada uno, de lo que había de hacer.

Capítulo VI. Del astucia que usó el Rey para burlar a los de Huesca, y como se salió libre con toda su gente de ella.

Sabiendo el Rey por algunos de su parcialidad lo que había pasado en consejo, y del secreto orden que cada uno traía de lo que había de hacer, todo por orden de don Fernando, que siempre llevaba sus malas intenciones adelante, apeose del caballo, y subiose a su aposento con la gente de guarda, que ya le había acudido alguna: repartiéndola, parte por las puertas grandes, parte por la sala y antecámara. Estaban con el Rey los mismos don Rodrigo de Lizana, Gudal, y Rabaça, hombre de gran juicio, y (como dice la historia) muy entendido en negocios. Llegaron en aquella sazón don Bernardo Guillen tío del Rey, y don Ramó de Mópeller pariente del mismo, y Lope Ximenez de Luesia. Los cuales poco a poco con razonable copia de gente de a caballo bien armados se habían entrado en la ciudad, sin que nadie se los estorbase. Sobresto nació nueva revolución en el pueblo, y se sintió gran estruendo de armas, ya con manifiesta determinación de prender al Rey. Porque a la hora atravesaron muchas cadenas por las calles y pusieron de ciertos a ciertos lugares cuerpo de guarda, porque no pudiese escapar hombre de a caballo, cerrando con mucha presteza las puertas de la ciudad. Como entendió esto el Rey usó con ellos de astucia y ardid admirable. Mandó luego aparejar un convite opulentísimo, y a gran prisa buscar todo género de servicios por la ciudad, enviando algunos de ella por las aldeas a traer terneras y volatería, y convidar los principales del pueblo, para que se descuidasen y perdiesen la sospecha que tenían de su ida: lo que el pueblo aceptó de muy buena gana. En este medio echose el Rey encima una cota de malla, y subiendo en su caballo, y con él don Rodrigo y don Blasco y tres otros, se salieron por la puerta falsa de Palacio, y por ciertas calles secretas descendieron a la puerta Isuela por donde van a Bolea. Mas hallándola cerrada, y sin gente de guarda, forzaron a los que tenían las llaves a que la abriesen. La cual abierta, parose el Rey en medio de ella hasta que llegase toda su gente de a caballo que ya venía con diligencia y salidos a fuera al punto de medio día, con el fervor del Sol, y a vista de todo el pueblo, hicieron su camino. hasta que encontraron con el Vizconde que ya venía con el resto del ejército, y juntos como paseando se fueron a Pertusa.


Capítulo VII. Del sentimiento que el Rey hizo por la muerte del Papa Honorio, y como concertó las diferencias de don Fernando con don Nuño Sánchez, y del Vizconde de Cardona con el de Bearne.


Estando el Rey en Pertusa le llegó nueva de Roma de la muerte del sumo Pontífice Honorio iij. la cual sintió el Rey en extremo. Porque este Pontífice tuvo siempre por muy proprias sus cosas cuando niño, y las de la Reyna María su madre, como en el libro 2 se ha dicho. Y si no fuera por la ocupación y embarazos de la guerra, y falta de aparatos, le hubiera hecho las obsequias con aquella suntuosidad y pompa que se debía. Escribió luego al sucesor que fue Gregorio ix. dándole el para bien del Pontificado. Encomendándole a si y a sus cosas, y prometiendo en su nombre y de sus Reynos toda obediencia y servicio a su santidad, y a la santa sede Apostólica. Allí también
supo el Rey de algunos que acudieron de Huesca, la secreta conjuración que había en ella para prender su persona, por inducción (inductió) de don Fernando, el cual si acudiera luego, o hiciera alguna muestra dello, sin duda que se desacataran, y pusieran en ejecución lo que pensaban. Por donde no acudiendo, quedó su parcialidad tan afrentada y corrida, que si el Rey entonces quisiera perseguir a don Fernando todos le siguieran, pero
túvole el Rey siempre tanto respeto que jamás pudo acabar consigo de hacerle guerra de propósito, esperando su conversión y reconocimiento, y que se apartaría del mal uso que tenía de darle tantas veces con la mocedad en rostro. Puesto que así las malas palabras, como las peores obras de don Fernando, el buen Rey las disimulaba, y como hemos dicho, las tomaba como por ejercicio de su paciencia y magnanimidad: y pudo tanto con estas dos virtudes, que con ellas no solo confundía a sus enemigos y malévolos, pero asimismo domaba, templando el ardor de su mocedad, y dando siempre lugar a que la razón se enseñorease en él, y fuese suave su reynar. Porque aunque toda la vida se le pasó en guerra, su fin fue siempre la paz y concordia, y no había cosa en que de mejor gana se emplease, que en averiguar diferencias, y atajar distensiones entre los suyos: pues sin quererse acordar de las ofensas de don Fernando, ofreciéndose ciertas diferencias bien reñidas entre él y don Nuño, que era persona tal, que si el Rey le hiciera espaldas, sacara a don Fernando del mundo, no solo no lo hizo, pero mostró querer hacer la parte de don Fernando, procurando de atraer a don Nuño a la concordia con un tan formado enemigo de los dos. También tomó a su cargo de concertar otras semejantes y mayores diferencias y bandos antiguos entre los Vizcondes de Cardona y el de Bearne. Las cuales eran de tanto peso, que habían puesto a toda Cataluña en dos parcialidades, con grande quiebra de la autoridad y jurisdicción Real. Mas por mandato del Rey, así el de Bearne, como don Guillen Ramón su hermano, y todos los de su bando, con haber recibido grandes daños y menoscabos de hacienda en estas distensiones (dissensiones) fueron contentos de hacer por manos del Rey treguas por diez años con el Vizconde de Cardona, para que con tan larga quietud la paz se confirmase entre ellos. Con tal que el de Cardona diese cinco castillos, con otros tantos hijos de principales en rehenes, con condición que dentro de cinco años no rompiendo la paz, pudiese librar cada año un castillo, con uno de los rehenes, pero si durante aquel tiempo rompía la tregua, o se cometiese algo de parte del Vizconde contra el de Bearne, los castillos del de Cardona con las rehenes fuesen perdidos. Y que de los daños por ambas partes recibidos no se hablase, porque eran iguales, con otras muchas condiciones que seria superfluo aquí ponerlas. Sino que en conclusión, anularon, y tuvieron por revocados cualesquier derechos, pactos, condiciones y promesas, que con cualesquier personas para esta guerra se hubiesen firmado. Exceptuando solamente los derechos Reales: y que de nuevo por ambas partes se diese la obediencia y prestase homenaje al Rey.

Capítulo VIII. De la unión y conciertos que entre si firmaron las ciudades de Jaca, Huesca y Zaragoza.

Apaciguadas las arriba dichas diferencias entre los Vizcondes y los demás, en los dos reynos, de las cuales pudo mucho valerse don Fernando para perturbar el gobierno del reyno: mas como ya
le faltasen las amistades, comenzó de allí adelante a venir muy albaxo su parcialidad, y prevalecer la real. En tanto que convencido él mismo, no menos de la paciencia del Rey, que de su propria conciencia, vino a decir que quería públicamente dar la obediencia al Rey para ejemplo de todos. Puesto que en este mismo tiempo los de Zaragoza con los de Jaca y Huesca, que seguían la parcialidad de don Fernando, por sus procuradores y largos poderes, se juntaron en Iaca, que es una ciudad fuerte de las más cercanas y fronteras a la Guiayna, en medio de los montes Pyrineos, aunque en lugar llano fundada: donde hicieron una confederación y alianza entre si, dándose la fé unos a otros: y entre otras cosas prometieron, que en ningún tiempo se faltarían los unos a los otros, y que por el común y particular bien de cada una, se valdrían contra cualesquier personas de cualquier estado, orden y condición que fuesen, que por cualquier vía tentasen de perturbar sus repub. Desta conjuración, o unión se halla que fue la cabeza, e inventora Zaragoza. Las causas que para hacerla tuvieron, se decía era primeramente por la división de los Reynos, y el estar puestos tanto tiempo había en parcialidades: y por atajar los atrevidos acometimientos de la una parcialidad contra la otra, perturbando el orden y mando de la justicia, y abusando de la honestidad y religión. El Rey que oyó se hacían estos ayuntamientos sin su autoridad y licencia en tiempos tan turbados, túvolos por sospechosos: creyendo que se hacían, no tanto por algún buen fin, y beneficio público de las ciudades, cuanto por alguna secreta ponzoña que de nuevo habría sembrado don Fernando y los suyos. Y que ni fue por defenderse de los daños que las parcialidades se hacían unas a otras, sino para que con este color estuviesen siempre en armas para ofender más presto que para defenderse de otros.


Capítulo IX. Como don Fernando y el Vizconde de Bearne determinaron entregarse a la voluntad del Rey, y le enviaron sus embajadores sobre ello.

Cuanto más iba don Fernando pensando en su comenzado propósito y ánimo de quererse reconciliar con el Rey, tanto más hallaba le convenía ponerlo luego en efecto, antes que acabase de incurrir en mayor ira y desgracia suya. Puesto que las ciudades no dejaban secretamente de solicitarle, por haberse puesto por él tan adelante en su empresa, que casi le forzaban a proseguirla. Pero a la postre como se viese ya cargar de años, y se hallase muy cansado de haber andado tanto tiempo por el camino de la ambición y nunca llegar al fin pretendido: considerando entre si, que habiéndole Dios hecho tan aventajado en calidad, saber, y amigos, la fortuna siempre le deshacía sus cosas: y por el contrario las del Rey contra toda fortuna ser tan favorecidas: conoció que obraba Dios en estas, y que por no incurrir en la ira de Dios era menester renunciar a las suyas proprias y mal intencionadas obras, y entregarse del todo a la obediencia y voluntad del Rey. Y así determinó de comunicar esto con sus amigos, señaladamente con el Vizconde de Bearne, don Guillén de Moncada, y don Pedro Cornel los principales de su parcialidad y bando, que también estaban muy en desgracia del Rey (no hallándose allí don Guillen Ramón hermano del Vizconde que por cierta ocasión era vuelto a Cataluña) a los cuales de muy quebrantados de tantos y tan continuos trabajos de la guerra, sin hacer ningún efecto bueno en ella, fácilmente persuadió lo mucho que convenía tratar de esta común reconciliación de todos. Y así para mejor determinarse sobre ello, se fueron juntos a Huesca. Adonde concluido su propósito, envió don Fernando sus embajadores al Rey que estaba en Pertusa, haciéndole saber como él y el Vizconde con todos los principales de su parcialidad se habían juntado en Huesca, y por gracia de nuestro señor habían determinado de ponerse muy de veras en sus reales manos, a toda su voluntad y albedrío, con verdadero arrepentimiento de las ofensas y desacatos que le habían hecho, para pedirle humildemente perdón de todo. Y así suplicaban les diese licencia para ir a verse con él fuera de Pertusa, que la tenían por sospechosa, y la junta fuese con muy pocos de a caballo que llevarían consigo, con que no fuesen más los que su real persona trajese, y que habida licencia partirían luego. Propuesta y oída por el Rey la embajada, luego los del consejo y principales caballeros que con él estaban, se levantaron todos mostrando muy grande alegria, y dando voces de placer por tan felice nueva: entendiendo que de la reconciliación de don Fernando con el Rey se seguía toda la pacificación y quietud deseada para los reynos, y se acabada la guerra con el mayor honor y triunfo del Rey que desear se podía. Habido pues consejo sobre la embajada, se dio por respuesta a los embaxadores, que se les permitía a don Fernando, y al Vizconde y los demás, venir a esta junta a verse con el Rey en el monte de Alcalatén junto a Pertusa, con solos siete de a caballo, y que los aseguraba, debajo su Real fé y palabra, que no saldría con más de otros tantos dentro de tercero día.


Capítulo X. Como don Fernando y el de Bearne, y otros se entregaron al Rey y les perdonó, y se siguió de esto la general paz para todos los Reynos.

Expedidos los embajadores y vueltos a don Fernando, como entendió de ellos la benignidad con que el Rey los
haura recebido, y oydo su embajada, de más del regocijo y alegría que toda la Corte sentía, en tratarse de concordia, sintiola don Fernando mucho mayor, y el Vizconde con él, y luego se pusieron en camino. Mas no tardó el Rey de acudir al puesto, acompañado del Vizconde Folch de Cardona y su hermano don Guillé, don Atho de Foces, don Rodrigo Lizana, don Ladrón, de quien afirma el Rey ser de muy buen linaje, Assalid Gudal y Pelegrin Bolas, con otro que no se nombra. Vinieron con don Fernando y el Vizconde don Guillé de Moncada, don Pedro Cornel, Fernán Pérez de Pina, y otros en ygual número con los que el Rey traía. Y llegados al monte que tenía en lo alto su llanura, don Fernando con muy grande acatamiento y humildad, los ojos en tierra, juntamente con los demás se postró ante el Rey, el cual los recibió humanísimamente, abrazando a cada uno, y no sin lágrimas de todos. Y porque tomasen ánimo y hablasen libremente, les puso en pláticas de placer y regocijo, y respondieron con las mismas. Puesto que don Fernando, como a quien más tocaba hablar por todos, endreçaua toda la conversación a que su Real benignidad tuviese por bien de perdonar a él, y a sus compañeros, los atrevimientos y desacatos pasados cometidos contra su Real persona, y admitirles en todo su amor y gracia, como antes.
Pues se le debía como a tío, y deudo tan conjunto como a Eclesiástico, y que estaba con toda humildad rendido a sus pies, para que hiciese de él lo que fuese servido. Lo mismo rogó por el Vizconde que estaba en la misma forma humillados, pidiéndole perdón y la mano como vasallo suyo, de quien con todo su poder y estado se podía valer y servir como de un esclavo. A esto añadió el Vizconde, usando de la misma sumisión y acatamiento, como no ignoraba su Alteza cuan estrecho deudo tenían los suyos con los Condes de Barcelona que fueron los fundadores de aquel Principado. Y que por esto se le debían a él mayores mercedes, y había de ser restituido en mayor amor y gracia para con su real benignidad. Porque siendo su estado aventajado a todos los demás,
por el Vizcondado de Bearne, que era el más principal de toda la Gascuña, podía mejor y con mayor poder que todos servirle. Demás que cuanto había hecho antes, no había sido con ánimo de ofender, sino solo por defenderse de su real ira con que tanto le había perseguido: pero que si sus cosas se habían echado a mala parte, y a otro fin de lo que se hicieron, de nuevo pedía (pidia) perdón para si, y a los suyos: prometiendo que en ningún tiempo, por más ocasiones que se le diesen, movería guerra contra la corona real, antes se preciaría tanto de servirle, que merecería muy de veras su perpetua gracia y alabanza. Como pidiesen y protestasen lo mismo los demás con palabras humildes haciendo muestras de quererse postrar y besar los pies al Rey, él los levantó y se enterneció con ellos, y dijo que habido consejo respondería. Luego de común parecer los del Rey, se dio por respuesta tres cosas. La primera, que don Fernando, y el Vizconde de Bearne, con todos los de su parcialidad fuesen admitidos a perdón, y restituidos en la gracia del Rey.
La segunda, que las diferencias y pretensiones de ambas partes, por ser negocios gravísimos, y que consistían en materia de justicia, se remitiesen a la determinación de los jueces que se nombrarían para ello. La postrera, cerca de las novedades de las ciudades por haberse de nuevo conjurado, y hecho unión por si, quedase a solo arbitrio del Rey declarar sobre ellas. Determinados estos capítulos y notificados a las partes, y por todos aceptados, don Fernando y el Vizconde con los demás de su parte besaron con grande afición y humildad al Rey las manos, el cual con mucho regocijo, de uno en uno los abrazó a todos, y se entraron en Pertusa, donde el Rey los mandó
aposentar y regalar esplendidísimamente, con ygual contentamiento y placer de ambas partes. Pues como luego se divulgase por todo el Reyno la alegre y tan deseada nueva de esta concordia, los Prelados mandaron hacer por todas las yglesias de sus distritos grandes procesiones de gracias, con muchos sacrificios a nuestro señor, por tan felice pacificación y concordia: los pueblos las celebraron con muchas fiestas, danzas, y regocijos en señal de universal contentamiento de todos. Porque aunque las diferencias que de la guerra quedaban por averiguar entre los pueblos, eran grandes, y los daños de ambas partes infinitos, y muy difícil la recompensa dellos, el deseo de la paz, y vivir con tranquilidad cada uno en su casa era tanto, que vino a ser fácil y suave, lo que antes parecía muy áspero, e imposible.


Capítulo XI. De las capitulaciones que se hicieron para asentar las demandas que por ambas partes había, para reparo de los daños por la guerra causados.

Para que la deseada paz y concordia viniese a debido efecto, fue necesario capitular primero sobre el asiento que se había de dar en el reparo de tantos daños, y pérdidas que por las guerras se habían padecido. Para esto se nombraron jueces supremos el Arzobispo de Tarragona, el Obispo de Lerida, y el comendador Monpensier vicario del Maestre del Temple en los reynos de España. A estos se remitió el examen y declaración de todas sus diferencias y pretensiones. Y prestado el juramento por ambas partes, prometieron de estar al parecer y determinación dellos.
Lo más principal y más difícil de todo era la enmienda y recompensa de los daños que el Rey había recibido de la primera conjuración de don Fernando y del Obispo hermano de Ahones, y hecha en su nombre de Sancha Pérez viuda, y también de don Pedro Cornel, Pedro Iordan, y G. Atorella. Los cuales daños demandaba el Fisco Real, y se habían de rehacer: también la
fe promesas y pactos de los de la parcialidad de don Fernando, que a fin de llevar adelante la conjuración se firmaron con juramento, se habían de anular, y deshacer del todo. A lo cual oponía el Obispo, aunque absente, debían primero restituirle las villas y castillos que el Rey, muerto Ahones, le había tomado por fuerza de armas, con una gran suma de dinero prestado, por el cual le habían dado en rehenes ciertas villas y castillos, sin los que tenía en los reynos de Sobrarbe y Ribagorza. Finalmente oídas de parte del Obispo, y del Fisco real sus demandas, Los jueces juzgaron, cuanto a lo primero, Que don Fernando y los demás de su bando entregasen al Rey todos los instrumentos de la conjuración, así de los caballeros, como de las ciudades, como de otras cualesquier personas, en cualquier tiempo hechos. Que don Fernando y los demás conjurados de nuevo diesen la fé y obediencia al Rey. Que el Rey no teniendo otro más conjunto pariente que a don Fernando, le diese para su ayuda de costa en honor xxx. caballerías, o la renta de ellas, en cada un año, durante su vida. Que assi mesmo le perdonase muy de corazón, y le absolviese de cualquier crimen lese magestatis, y de toda otra culpa en que por la conjuración hubiese incurrido, y le diese su fé y palabra que para en lo por venir podía seguramente, sin ningún recelo entregarse a su mero imperio y voluntad. Lo mismo se hizo con don Sancho el Obispo, aunque absente, que había de ser restituido en la gracia del Rey: y también por haber hecho todo lo que hizo: por el gran dolor que de la muerte de su hermano tuvo, fuese libre y absuelto de toda culpa, teniendo de allí a delante al Obispo, y a la sancta cathedral yglesia de Zaragoza por muy encomendados. Que los castillos y lugares que Ahones viviendo poseía por mano del Rey, fuesen restituidos al patrimonio real: mas los que poseía por derecho de sucesión y herencia, viniesen al Obispo su hermano, a quien también se pagase cualquier suma de dinero que a Ahones el Rey debiese. De la misma gracia y clemencia usó el Rey con Cornel, Atorella y Iordán, y con los demás que siguieron la parcialidad de don Fernando. Demás desto fueron libres de cárceles y cadenas todos cuantos presos hubo (vuo) por ambas partes, y también los castillos y villas que se hallaron usurpadas, se restituyeron a sus propios señores: excepto el castillo y villa de las Cellas, que por haberlos tomado el Rey por guerra, quedaban incorporadas en la corona real. Finalmente declararon que se habían de conceder treguas y salvo conduto por tiempo de onze años a todos los que serían acusados de comuneros, para que dentro de aquel término pudiesen alcanzar perdón del Rey. El cual no dejó entre estas cosas de acordarse de algunos principales que en el más trabajoso y peligroso tiempo de su vida, fidelísimamente le siguieron, y en sus tan grandes necesidades le valieron con sus personas, vidas y haciendas, hallándose siempre a su lado. Porque a cada uno de estos hizo mercedes, y dio más caballerías de honor. Señaladamente a don Artal de Luna, a quien dio perpetua la gobernación de la ciudad de Borja: y a don Garces Aguilar comendador de la orden de Calatrava en Aragón, la encomienda mayor de la villa de Alcañiz, y a don Pérez Aguilar la señoría de la villa de Rhoda ribera de Xalon. A los cuales no solo estas mercedes, pero muchas caballerías que tenían dudosas se las confirmó, y dio de nuevo. Es bien de creer que a todos los demás que le siguieron y sirvieron, aunque no están en su historia nombrados, hizo el Rey grandes mercedes.


Capítulo XII. Como sabiendo las tres ciudades que el Rey se había reservado el concierto con ellas, le enviaron embajadas para entregársele, y de las condiciones con que fueron perdonados.

Como los ciudadanos de Zaragoza, Huesca y Iaca, que poco antes como dijimos, con falso nombre de defensa, tácitamente se eximían, y alzaban con la jurisdicción Real, entendieron que habiendo el Rey concertado y restituido en su gracia a don Fernando, y perdonado a todos los de su parcialidad, y a las demás villas y lugares que le siguieron, y que a solas ellas excluía del perdón general, y se quedaban afuera: hicieron otra junta en Iaca: y luego determinaron hacer embajada al Rey, por certificarse de su deliberación y ánimo para con ellas. Para esto Zaragoza envió sus cinco jurados, o regidores, Huesca y Iaca los principales de cada pueblo, con bastantísimos poderes para tratar de cualesquier partidos y conciertos, a fin de alcanzar universal perdón para todos. Llegados pues los embajadores a Pertusa, y entendido que el ánimo del Rey estaba muy
desabridos contra las ciudades: que lo colligieron, viendo la poca cuenta y fiesta que la villa hizo en su entrada, y porque los de palacio, a cuyo favor y medio venían remetidos, les dijeron que el Rey no les oiría de buena gana, se fueron para los Prelados Iuezes, a los cuales mostraron los poderes que traían, que no contenían otro en suma, que pedir paz y perdón, y que solo fuesen restituidos en la gracia y merced del Rey, se obligarían a cumplir en su nombre y de las ciudades, todos y cualesquier decretos y mandamientos, que por ellos fuesen determinados. Hecha relación de todo esto, y satisfecho el Rey mandó sentenciar a los jueces. Lo primero que ante todas cosas las ciudades anulasen y deshiciesen todos y cualesquier pactos, condiciones, promesas y juramentos de conjuración, por cualesquier personas y ciudadanos hechos contra la autoridad, jurisdicción, y persona Real, tácita, o expresamente. Lo segundo que por cada una de ellas se diese al Rey de nuevo la pública fé y obediencia con pleito y homenaje. Lo tercero, que todas las injurias, menoscabos, y daños que hubiesen padecido y recibido del ejército del Rey, fuesen absolutamente remetidos y olvidados. Lo último que todos los que fueron presos por haber seguido la parcialidad del Rey y sus bienes robados, fuesen libres de ellas y que del común, y propios de sus ciudades les fuesen restituidas todas sus haciendas. Oídos por los embajadores los decretos publicados por los jueces, y hallándose con suficientes poderes para venir bien en ellos: demás de lo que de palabra habían entendido de las ciudades, que solo alcanzasen perdón del Rey, los condenasen en cuanto quisiesen, los aceptaron y ratificaron sin excepción alguna. Con esto mandó el Rey se librasen de las cárceles todos los presos de las ciudades, y se entregasen a los embajadores. Los cuales con mucha alegría y hazimiento de gracias besaron las manos al Rey, y fueron admitidos con sus principales al general perdón, y se volvieron muy contentos y pagados de la magnanimidad y benignidad del Rey. De lo cual, las ciudades quedaron muy satisfechas, y fuera de todo recelo, y de allí adelante le sirvieron y guardaron toda fidelidad.

Capítulo XIII. Como Avrembiax hija del Conde de Urgel pidió al Rey le mandase restituir el condado, y de las condiciones con que el Rey se ofreció de conquistarlo.

Acabados de firmar por el Rey los capítulos de la paz y perdón general, y de nuevo confirmados todos los fueros, privilegios y libertades por los Reyes sus antecesores a las villas y ciudades del reyno concedidas, pacificada la tierra, se partió para Lerida. Con fin de dar una vista por Cataluña, y con su presencia reducir los ánimos de algunos señores, y Barones, y aun de los pueblos que por ocasión de la guerra y parcialidad del Vizconde de Bearne, estaban muy estragados y enajenados de su amor y respeto. A donde (para que el fin de una guerra y trabajos fuese principio de otra) había
llegado Aurembiax hija de Armengol vltimo Conde de Urgel, a la cual, como dijimos en el libro precedente, el Rey había mandado reservar su derecho para pedir el condado a don Guerao Vizconde de Cabrera, que se lo había tomado por fuerza de armas: pues con esta condición había el Rey permitido al Vizconde poco antes que retuviese el Condado. Esta petición como fuese justa, y tocase a la persona Real hacerla buena y cumplirla, por haberlo así prometido, respondió a Aurembiax que tomaría la empresa por propria, y con las condiciones que fue entre ellos concertado antes, la llevaría a debido efecto: si primero ella como a legítima heredera que era del condado,
renunciase todo el derecho y acción que contra la ciudad de Lérida podía pretender, por cualquier derecho y acción que a ella tuviese por los Condes sus antepasados. Lo segundo que después de hecho el concierto reconociese haber recebido el condado de mano del Rey por derecho de feudo. Lo tercero que ella y sus sucesores en el condado, en tiempo de paz, y guerra, fuesen obligados de recoger al Rey, y a sus sucesores, en las nueve villas y fortalezas que son Agramonte, Linerola, Menargues, Balaguer, Albesa, Pons, Vliana, Calasanz y Monmagastre. Obligándose también el Rey de hacer restituir a la Condesa las villas y castillos que le había usurpado Pontio Cabrera, hijo de don Guerao. Finalmente concedió todo lo sobredicho la Condesa, y dio de nuevo por especial promesa al Rey, que no se casaría sino con quien él le mandase. Concluidos estos conciertos, el Rey
pmetio y juró sobre su corona real en presencia de los suyos, y de los que acompañaban a la Condesa, que no dejaría de emplear todo su poder y fuerzas hasta poner a la Condesa en pacífica posesión de todo el Condado.


Capítulo XIV. Como fue mandado citar el Conde Guerao, y no compareciendo personalmente, el Rey conquistó muchos pueblos del Condado.


Hecho y jurado el concierto con la Condesa, mandó el Rey juntar los dos consejos de paz y de guerra en los cuales se halló presidente don Berenguer Eril Obispo de Lérida, y se determinó por ellos que don Guerao Cabrera fuese llamado a juicio, y que dentro cierto término pareciese ante el
Rey, para que oída la petición de la condesa respondiese a ella. Pero ni don Guerao, ni Pontio su hijo, aunque fueron dos veces citados, comparecieron: solo don Guillen hermano del Vizconde de Cardona se presentó ante el Rey en nombre de don Guerao, diciendo, que el Vizconde de Cabrera y Conde de Urgel, por ningún derecho era obligado a comparecer en juicio, porque con justo título
por tiempo de xx. años y más, poseía pacíficamente aquel estado. Como se opusiese contra esto Guillén Zasala el más famoso letrado de su tiempo, alegando leyes en favor de los derechos de la condesa, y propusiese que el Rey forzase a don Guerao restituyese todas las villas y lugares que le había usurpado, dicen que don Guillén no respondió otra cosa, sino que el Conde de Cabrera no había de perder punto de su justicia por la infinidad de leyes alegadas por Zasala, señalando que
este pleyto no se había de averiguar ante juez letrado, sino armado: porque era de aquellos que consisten en la punta de la lanza. Y así con esto se despidió don Guillen. Cuyas palabras entendió el Rey muy bien, y vista la dureza y obstinación de don Guerao, y que no con palabras sino con armas se había de ablandar, escribió a los de Tamarit de Litera villa principal, que otros dicen de Santisteuá, y es de gente belicosa, cercana a Lerida, mandado a los oficiales Reales, que con la más
gente que pudiesen, viniesen, trayéndose provisión para tres días, a la villa de Albesa del Condado de Urgel. También escribió a don Guillen de Moncada hermano del Vizconde de Bearne, y a don
Guillen Ceruera barones principales de Cataluña, rogándoles que con toda la gente que pudiesen, suya y de sus amigos, acudiesen a favorecerle en esta guerra: la cual había determinado hacer en persona, confiado de su socorro. Partió luego de Lérida con tan pocos para comenzarla, que trayendo consigo a don Pedro Cornel, que llevaba la auanguardia, apenas le siguieron xiij. de a caballo. Llegó a Albesa, a donde aunque no asomaba la gente de Tamarit, hallando allí a Beltrá Calasans con lxx. soldados bien armados determinó cerrar con los de Albesa, y espantarlos con su presencia, la cual no era menos horrible para muchos, que amable para todos. Comenzando pues a batir la tierra, que era medianamente grande y cercada, los del pueblo, puesto que pudieran
defenderse de harto mayor ejército, vista la persona del Rey, se atajaron de arte que el día siguiente, apenas descubrieron la gente de Tamarit, cuando entregaron la villa con el Castillo al Rey: confiando de su palabra que serían libres del saco. De allí pasó el campo a Menargues pueblo
poco menor que Albesa, el cual luego voluntariamente se le entregó. Allí llegaron las compañías que se mandaron hacer en Aragón y Cataluña de ccc. caballos, y mil infantes. Con estos, pareciendo ser bastante ejército, determinó el Rey conquistar lo que quedaba del condado. Y así pasó a Linerola, la cual el Conde Guerao había fortalecido, y estaba harto en defensa. Pero como el Rey sobreviniese de improviso, y no quisiese ella darse a ningún partido, fue animosamente combatida por el ejército, y tomada por fuerza: juntamente con los principales del pueblo, que se habían retirado a una torre muy alta, y por eso fueron tomados a partido, pero la villa no pudo escapar de ser saqueada. Adonde se detuvo el Rey tres días para hacer muestra de la gente que tenía, y dar el orden que se había de tener para pasar adelante.




Capítulo XV. Como el Rey fue a poner cerco sobre la ciudad de Balaguer, cuyo asiento se describe, y de lo que pasó en su combate.

Tomada Linerola pasó el Rey con su ejército a delante a poner cerco sobre la ciudad de Balaguer, por donde pasa el río Segre, y es la segunda cabeza del Condado. En la cual hacía cuenta don Guerao esperar todo el peso de la guerra: para esto la había mucho fortificado y abastecido de munición y gente de guerra. Llegado el Rey a vista de la ciudad, pasado el río, asentó su real sobre un montecillo que llaman Almatan, que está cauallero a la ciudad, y se descubría de él la mayor parte de ella con las casas y edificios de manera que no era posible defenderse de las máquinas y trabucos que en el campo se armarían. Al mismo tiempo llegaron las compañías de a pie y de a caballo que el Vizconde de Bearne y don Guillen Cervera habían hecho por mandato del Rey, y venía por Coronel de ellas don Ramó de Moncada hermano del Vizconde. Con estos creció el ejército hasta en número de cccc. cauallos y dos mil infantes, y porque la ciudad estaba muy fortificada, y no se le podía dar el asalto sin abrir primero el camino con las máquinas y trabucos, pareció al Rey plantar dos de ellos en la parte del monte, donde mejor pudiesen encararlos a las casas, pues se tiraban con ellos noche y día tantas y tan gruesas piedras, que no escapaba casa, ni
edificio que no fuese quebrantado dellas, y la gente muy atemorizada. Diose la guarda de los trabucos y máquinas a don Ramón con tres otros caballeros principales con poca gente, por no estar muy apartadas del cuerpo del Real. Como supo esto don Guillen de Cardona que favorecía a
don Guerao, y como dijimos, compareció por él ante el Rey, y era gobernador de la ciudad, salió de ella por una puerta pequeña del muro, al amanecer, con xxv de acaballo, y cc. infantes. Los de
a caballo que iban con las lanzas enristradas dieron en las guardas y mataron y atropellaron la mayor parte de ellos: los de a pie fueron con
achas encendidas para las máquinas. Pues como el capitán Pomar uno de los principales de la guarda descubriese esta gente, y viese que de los de
a pie unos iban hacia las máquinas, otros a las tiendas del campo a poner fuego en ambas partes, dejó a don Ramón muy en orden junto a las máquinas, y saltó de presto a despertar al Rey. Mas don Guillen enderezando su caballería contra don Ramón le acometió con tanta ferocidad, que pensando ya llevarlo de vencida, le dijo que se rindiese: pero don Ramón se defendió, y le entretuvo hasta que llegó el Rey con la caballería. El cual dejando parte de ella en ayuda de don Ramón, se fue con los demás para las máquinas, que le daban más cuidado, pues para las tiendas quedaba el cuerpo del ejército que las defendería. Adonde trabada la escaramuza con los de a pie los venció: de manera que las tiendas y máquinas en un punto fueron libres del incendio, y a don Guillen le fue forzado
con harta pérdida de su gente retirarse a la ciudad.


Capítulo XVI. Como los de Balaguer visto el gran daño y tala que mandó el Rey hacer en sus huertas y arrabales se dieron a partido, y se libraron del saco.

Aguardó el Rey dos días sin batir de nuevo, por ver lo que la ciudad haría. Y como no daban ningún sentimiento de si, viendo su pertinacia, y lo poco que les movía el grandísimo daño que las máquinas y trabucos hacían en las casas noche y día: asimismo, la pérdida que su gobernador
don Guillen había hecho: demás del poco, o ningún socorro que esperaban de otra parte, determinó de arruinarles sus lindas y bien entretejidas huertas, con los arrabales,y talar todos sus campos a vista de ellos. Esto sintieron tanto los ciudadanos, que luego se indignaron gravísimamente contra el Conde Guerao, y de allí comenzaron a tratar entre si, que sería bueno entregarle a la Condesa Aurembiax, su natural y verdadera señora, la cual en aquella sazón había llegado al campo del Rey. Con este acuerdo, secretamente le enviaron sus embajadores para tratar de darse a partido. En este medio como alguno ciudadanos de los que estaban repartidos por la muralla hablasen con alguna gente del Rey que andaba alrededor, descubiertos por los soldados del Conde Guerao que guardaban el alcázar y fortaleza, les tiraron muchas saetas, e hirieron a los del muro, porque hablaban con los enemigos. Con esta segunda ocasión se conmovieron tanto los de la ciudad, que ya no secretamente sino al descubierto se rebelaron contra el Conde, y con nueva embajada ofrecieron al Rey y a la Condesa darles la ciudad con la fortaleza. Entendido esto por el Conde, escribió al Rey estaba
muy pronto para entregarle la fortaleza, con condición que se encomendase por los dos a
Ramón Berenguer Ager, para que la tuviese guardada hasta tanto que se averiguase a quien tocaba el derecho del condado. A esto dijo el Rey que le placía lo que pedía el Conde, y como en el entretanto los de la ciudad le solicitasen, se entregase de ella dijo a los del Conde que ternia su consejo sobre su demanda, y con esto, iba dilatando la respuesta. Mas el Conde, o que disimuladamente hiciese estos tiros, como que no sabía nada de lo que los ciudadanos
trataban con el Rey y Condesa: o como si hubiera aceptado lo que el Rey mandaba, se salió
secretamente solo de la ciudad, llevando un gavilán en la mano, y envió un criado llamado Berenguer Finestrat a buscar a Ramón Ager, para que fuese a guardar la fortaleza por el concierto hecho. Pero mientras le buscaban, sin hallarle, los ciudadanos alzaron el estandarte del Rey en la fortaleza a vista de todos, echando con todo rigor la gente de guarda que el Conde había puesto en ella. Como vio esto Finestrat, y entendió lo que había pasado entre el Conde y el Rey para mejor
burlar al Conde, apartose de allí confuso y burlado: y lo mismo aconsejó a Ramón Berenguer Ager, que ignorando lo que pasaba, venía ya para entrar en la fortaleza.




Capítulo XVII. Como don Guerao fue echado de todo el condado de Urgel, y Aurembiax puesta en posesión del, y como casó con don Pedro de Portugal primo del Rey.


Tomada la ciudad de Balaguer, don Guerao y su gente se pasaron a Monmagastre, y a la hora la Condesa por mano del Rey fue puesta en posesión, y jurada por señora en Balaguer, mudando los oficiales, y dando nuevo regimiento a la tierra. De allí se fue el Rey con el ejército, y también la Condesa a Agramunt villa principal del condado, a donde don Guillen de Cardona había puesto para defenderla. Asentose el ejército en la subida de un monte llamado Almenara, a vista del pueblo, lugar más alto y bien acomodado para combatir la villa. Visto esto por don Guillen la noche antes que diesen el asalto, se salió con los suyos secretamente del pueblo, el cual luego essotrodia se dio con la fortaleza a la Condesa. Lo mismo determinaron hacer los de la villa de Pons, porque llegó de secreto un embajador al ejército diciendo que luego en viniendo el Rey se le darían. Pero él no quiso venir a esto, por haber entendido que la villa estaba por el Vizconde Folch de Cardona, al cual no había según costumbre, desafiado antes que comenzase contra él guerra. Por donde quedándose en Agramunt, envió allá a la Condesa y a don Ramón de Moncada, con todo el resto del ejército, quedándose con solos xv. caballeros. Como el ejército se allegó a Pons, sin que el Rey pareciese en él, indignados de esto los del pueblo, por el menosprecio que en esto mostraba hacer de ellos, salieron de improviso a dar sobre el ejército: pero fueron del también recibidos, que trabando la escaramuza quedaron del todo vencidos,y puestos en huida hacia la villa, se recogieron en ella con muy grande pérdida suya. Como la Condesa les enviase a decir que aun eran a tiempo de darse muy a su salvo, que les haría toda merced, respondieron con la misma obstinación, que a ninguno sino a la misma persona del Rey se rendirían. Sabido esto por el Rey, luego partió para ellos, y en llegando le entregaron la villa con la fortaleza, la cual el Vizconde de Cardona había dejado bien proveída de gente y munición. Acceptola el Rey salvando al Vizconde sus derechos, si algunos tenía a la villa. Para esto de parte del Rey y de la Condesa se dio toda seguridad, y al pueblo se le tuvo tal respeto, que no dejaron entrar en él al ejército, ni se le hizo ningún ultraje. Tomado Pons,
Vilana con las demás villas y lugares de la montaña de Segre arriba, libremente y sin condición alguna se entregaron al Rey y a la Condesa. De manera que con el favor y amparo del Rey, la condesa cobró todo el condado de Urgel y fue puesta en pacífica posesión de él. Hecho esto casó el Rey a la condesa con don Pedro de Portugal su primo hermano, hijo del Rey de Portugal, que por aquellos días era venido desterrado del Reyno a pasar su destierro en la Corte del Rey, y se hicieron las bodas con muy grandes fiestas y regocijos. Finalmente don Guerao viéndose echado a punta de lanza de todo el Condado, hallándose cargado de años y cansado de tantos reveses de fortuna, entró en la orden de los caballeros Templarios, dejando a su hijo Poncio el Vizcondado de Cabrera. El cual después de muerta la Condesa Aurembiax sin hijos, renovando la antigua pretensión de su padre, tentó de volver a entrar en el condado. Pero no le sucedió bien la empresa, como adelante diremos. Acabada esta guerra, y apaciguados todos los alborotos, y distensiones de los dos Reynos, deshecho el ejército, el Rey se fue para Tarragona, a donde por orden del cielo, se le abrió una grande puerta para salir fuera de sus reynos, y entrar a hacer muy señaladas empresas en tierras de infieles.

Fin del libro quarto.



Libro sexto

LIBRO SEXTO

Capítulo primero. De la armada y gente que llevó el Rey a la conquista de Mallorca, y del orden con que salió del puerto de Salou.

Acabada ya de ajuntar (
iuntar) la flota de toda suerte de navíos, después de muy bien proveída de todas las municiones y vituallas convenientes, estando la mayor parte de ella surgida en el puerto de Salou, y la demás en la playa de Cambrils a dos leguas del puerto hacia el mediodía: mandó el Rey reconocerla, y aprestarla de nuevo, haciendo juntamente muestra general de la gente y ejército que le seguía. Hallábanse en la armada xxv naves gruesas, y xij galeras reales. Los demás eran baxeles de toda suerte, con muchos bergantines (vergantines) y fragatas, para atalayar, descubrir, y navegar a remo y a vela para todo servicio de la armada: con otros navíos bajos de bordo que llaman Taridas, para llevar caballos y otros animales, y lo demás del bagaje (vagage), bastimentos y xarcias de la armada: que todos juntos hacían número de CL sin los demás barcos y bateles para servicio de las naves y galeras, que no tenían número. De la gente de guerra que iba en la armada, aunque ni en la historia del Rey, ni de otros se refiere cuanta era, pero por lo que se colige de los que aportaron en la Isla, se halla que el número de la infantería sería hasta XV mil, y los de a caballo MD demás de los aventureros que de Génova, de Marsella, y de toda la Provença vinieron en una grande Carraca de Narbona, con otras gentes de los contornos de la Guiayna. Los cuales juntos llegaban a XX mil infantes, y más la caballería ya dicha. Fue nombrado por general de la armada don Ramón de Plegamans, caballero principal de Barcelona, hombre bien diestro en las armas, y sobre todo muy experto y cursado en el arte de navegar. Los principales señores y barones que siguieron al Rey, y que mucho le valieron en esta jornada (según cuenta Desclot (Asclot) antiguo escritor de esta historia, y otros) fueron el Obispo de Barcelona, Don Guillé Ramon de Moncada barón principalísimo de Cataluña, con otros muchos de su linaje, gente muy esclarecida, como adelante diremos. Don Nuño Sánchez Conde de Rosellón, de Conflent, y Cerdaña, y con él muchos otros Barones del Lampurdan, gente de lustre y bien armada. Sobre todos quien más se señaló fue el Vizconde de Bearne don Guillén de Moncada, con cccc hombres de armas escogidísimos a su sueldo, con otros de su casa y linaje de Moncada que le siguieron. Finalmente de Aragón fueron muchos caballeros y Barones con otra gente vulgar. Porque entendiendo que también eran acogidos con los Catalanes en el repartimiento de la presa, y despojos de la conquista, siguieron al Rey de muy buena gana: mayormente por ser jornada contra Moros. Puesta ya la armada en orden, como llegó el día aplazado para la partida, oyeron todos muy devotamente la misa y sacrificio santo en la iglesia mayor de Tarragona, a donde hecha por cada uno su confesión sacramental, el Rey, y los señores, con los Barones, y capitanes del ejército, recibieron el santísimo sacramento del altar, por manos del Obispo de Barcelona. Para todos los demás soldados se armó una capilla junto al puerto, a donde oyeron misa, y proveídos confesores, se les ministró el Sacramento de la penitencia, y el del altar recibieron muy devotamente antes de embarcarse. Hecho esto, y dado refresco a todo el ejército, mandó el Rey tocar a recoger y a embarcarse. Y como la ropa y bagaje estaba ya embarcado fueron lo muy presto las personas, por lo mucho que todos deseaban hallarse ya en esta jornada. Pues para que con buen orden comenzase la navegación hecha señal por el general de la mar, salió la armada del puerto (como refiere el Rey) desta manera. La nave de Nicolás Bonet de Barcelona que era la más ligera de todas, y más bien armada, en la cual venía el Vizconde de Bearne, iba por capitán, llevándola a vanguarda. Otra que era de un caballero llamado Carroz (de quien se hablará después) que también venía muy en orden, iba postrera en retaguarda, tomando las galeras reales en medio para que a toda necesidad acudiesen a las naves que iban adelante y atrás. Comenzando el tiempo blando con viento próspero, aunque no muy reforzado, fue tanta la codicia de navegar, que sin más esperar, luego por la mañana al amanecer se hicieron a la vela, puesto que lentamente, por aguardar al Rey que se quedó en el puerto en una muy buena galera de Mompeller, por aguardar mil soldados que de los pueblos mediterráneos venían, para embarcarlos en ciertos barcones ligeros que había mandado quedar para de presto pasarlos a las naves. Y luego siguieron al Rey todos los demás navíos que estaban derramados por las playas a una mano y a otra del puerto, y navegando a remo y a vela juntaron luego con las naves, adonde fueron metidos, y comenzaron todos a navegar juntos.

Capítulo II. De la gran tormenta que pasó la armada, y del provecho que suelen sacar de ella los navegantes, y como llegaron a vista de la Isla de Mallorca.


Como navegasen ya todos con mucha alegría y con mayor esperanza de acabar bien su viaje, tomasen la derrota de la Isla de Mallorca, la cual a tercero día casi la descubrieron, súbitamente se levantó un viento que llaman Lebeche, que de ordinario suele soplar en aquel paso, y con la oposición de Griego Levante, causó tan grande torbellino en la mar, que vino el ciel a
escurecerse del todo, y a levantarse las olas tan altas combatiendo unas con otras, que fue forzado dividirse la flota, y de tal manera comenzó a esparcirse, que si no fuera por no desamparar al Rey; en un punto se desapareciera toda. Pero a causa de seguir todos la capitana que no quería torcer su viaje, vinieron a padecer las demás tan gran trabajo de la tormenta, que demás de los encuentros que se daban unas con otras, aun era mayor el trabajo que la gente padecía, con los desmayos, y mal de mar que atormentaba a los navegantes nuevos. Porque fatigados de aquel hediondo, y no acostumbrado aire de mar, que rosciado por las olas, se les entraba por la boca y narices, les daban (como siempre suele) tan grandes vómitos (gomitos) y vahídos (vagidos) que se caían medio muertos. Mas el temor de la representada muerte era lo que más les confundía. Por donde comenzaron muchos a desconfiar de la vida y pasaje, tomando por mal agüero, de que estando todos tan conformes con Dios, y siguiendo una empresa tan pía y Christiana, y para mayor engrandecimiento de la fé Christiana, se les oponía una tan horrenda tempestad y fortuna tan súbita. Por esto trataban muy de veras de quedarse en tierra, donde quiera que la mar los echase: señaladamente pedían esto los soldados mediterráneos, que jamás entraron en mar, ni sabían que cosa era tormenta. Porque espantados del gran estruendo y levantamiento de las olas, encontrándose con tan horrible furia unas con otras, les parecían serpientes bravísimas que se querían tragar las naves con ellos. Y así temiendo que esto vendría en efecto, se encomendaban muy de corazón
y a voces, a Dios omnipotente, y a nuestra Señora, haciendo mil votos y promesas, y por lo mucho que la conciencia de sus culpas y mala vida pasada les atormentaba, se confesaban unos con otros, y podía tanto el temor de dar en el profundo, que lo que no confesaran en tierra con todos los tormentos del mundo, allí voluntariamente y a voces lo descubrían: sacrificando a Dios con tan contrito y humillado espíritu, cuanto fuera de allí nunca hicieron en toda la vida tan de veras. Para que se vea cuan sagrado y saludable fruto de verdadera religión puede coger los Christianos de la tempestad y tormenta del mar: y cuan hecha es toda ella, no menos para la salud del cuerpo que para la del alma. Pues con el vómito a que provoca, no solo purga el cuerpo de toda cólera y malos humores: pero aun con el grande temor que causa su espantable trago, desarraiga del alma todo mal afecto de pecar, y con las lágrimas y amargo arrepentimiento de haber pecado, lava con la corriente de firmes y buenos propósitos todo lo hasta allí maculado.
De manera que sana cada uno mucho mejor sus enfermedades de cuerpo y alma en la mar que en la tierra. Y así es contra toda razón pensar que la tormenta del mar sea triste, e infelice
aguero para los navegantes Christianos, en sus comenzados viajes y empresas: antes se ha de tener por venturoso pronóstico, pues habiendo pasado por ella, y purgado (como está dicho) sus males de cuerpo y alma, quedan más aceptos a Dios, y para proseguir su navegación y empresa, más sanos y bien dispuestos. Perseverando pues la tempestad y contrariedad de vientos, el patrón y piloto de la galera del Rey eran de parecer, que diesen lugar al tiempo, y se volviesen a tierra. Por ser cierto que a la entrada del invierno cualquier tormenta de mar dura mucho, y es muy peligrosa, aunque la tranquilidad y bonanza en medio del, suele ser más firme y constante. Mas el Rey en ninguna manera tenía por bien el volver a desembarcar, considerando sabiamente, que los soldados vueltos a tierra con él fastidio de la mar, y memoria de la borrasca y tormenta pasada, luego se meterían por la tierra a dentro, y huyendo se desaparecerían. Y así mandó que pasasen adelante, y confiasen en nuestra Señora que era la guía de su viaje, que les daría muy en breve la bonanza. Con esto, como quien arrima las espuelas al caballo dio prisa a su galera. La cual apretó con los remos de manera, que pudo alcanzar la nave capitana del Vizconde, y aun pasarle delante: y él se quedó por guía y capitán de toda la armada. Pero costole harto, y lo pechó bien su generoso atrevimiento: porque creció tanto la tormenta, que se vio su galera en aquel punto en el mayor y más riguroso peligro que otro bajel del armada. Tanto que sobre este paso dice la historia general de Mallorca, que el Rey hizo voto a nuestra Señora, de dar para el edificio y fábrica de la iglesia mayor de la ciudad, la decena parte, o diezmo de lo que se conquistaría en la Isla, y lo cumplió. De donde se ha hecho con este don allí un edificio y templo de los mayores del mundo. Quiso pues nuestra Señora que a tercero día que comenzó la tormenta, ya tarde al ponerse el Sol, aflojó, y se descubrió el cielo, y casi a un mismo punto toda la Isla, que la tenía la armada junto a si, sin verla: porque muy claramente se descubrieron los puertos de Pollença, Sollar, y Almarauich (como el Rey dice) los cuales distintamente fueron conocidos por los marineros prácticos (platicos). Mas por ser tarde, y quedar algunas reliquias de la tormenta, y que no era cordura entrar a escuras en tierra y puertos de enemigos, se entretuvieron toda la noche costeando hasta la mañana, cuando el sol salido se determinó la entrada de la Isla, y pues estamos a vista de ella, bien será hacer una general descripción de su asiento y postura.

Capítulo III. Del asiento y postura de la Isla de Mallorca, y como tomó el Rey puerto en Santa Ponza.

Está la Isla de Mallorca en forma cuadrada a cuatro ángulos, aunque por los dos lados, con los senos y entradas que la mar hace de ambas partes, viene a estrecharse de manera que parece quedar en forma de una y
unque. Y así responden los cuatro principales ángulos, o cabos de toda ella, a las cuatro partes principales del cielo. El primero es el puerto de la Palomera que mira al poniente, y tiene delante una pequeña Isla que llaman la Dragonera, no porque engendre Dragones, sino porque bien considerada su traza y asiento tiene figura de Dragón. El otro ángulo, pasando hacia la mano derecha, que tira al Septentrión, es el cabo de Formentor.
De aquí vuelve hacia el Oriente al tercer ángulo que es el cabo de la Piedra. Puesto que esta ladera no va seguida porque se va allí estrechando la Isla por los dos senos de mar, que dijimos, donde estaban los puertos del Alcudia, y Pollença, que ennoblecen mucho la Isla. El cuarto ángulo es, volviendo de oriente a medio día
porfino o porsino, el cabo que dicen de las salinas. Al cual se oponen dos Islas pequeñas llamadas Cabrera, y la Conillera, por haber en esta gran infinidad de conejos. Entre este cabo y el primero de la Palomera, casi a medio camino, se rompe la tierra con un gran seno de mar que se mete hacia lo meditarraneo dela Isla, y responde por derecho al otro seno del Alcudia, que dijimos, y así queda ella estrechada por el medio. Es la mitad de la Isla hacia el poniente y Septentrión, muy áspera y montañosa (montuosa), pero muy fértil para ganados y olivos, que sin cultura alguna nacen, y fructifican entre las peñas admirablemente, y que, como adelante se dirá, tiene abundancia de pan y vino. La otra mitad es llana, y se extiende en mucho espacio y anchura de campos, y está muy poblada de muchas y grandes villas con sus aldeas y lugares, cuyos campos, que naturalmente son fértiles, mejorados con la buena cultura y labranza de la gente, han llegado a ser de los más fructuosos y abundantes del mundo. Es finalmente toda la Isla llena de puertos y calas, para todo refugio de navíos grandes y pequeños, a cuya causa está torreada toda la costa de ella, como adelante mostraremos. Pues como las naves con toda la armada luego por la mañana volviesen las proas al puerto de Pollença, que mira al levante, con fin de tomarle: súbitamente se levantó el viento Prohençal con furia, el cual de nuevo les impidió que no abordasen a la Isla: alomenos como fuese contrario para tomar aquel puerto, fue necesario pasar al de la Palomera. Este puerto, como dijimos, mira al poniente, y está a XX millas de la ciudad. Pues como llegasen a ponerse en frente de él, la galera del Rey primero que todas se entró por él a velas tendidas, y tras ella toda la armada. De manera que el Rey puso el pie en la Isla (porque realmente llegó con un batel a tocar la tierra y volverse a su Galera) un Viernes que se contaba el primer día de Setiembre. A donde por haber llegado toda la armada a salvamento sin perderse un solo barquillo con tan gran tormenta, hizo infinitas gracias a nuestro señor y a su gloriosa madre, y las mismas solemnemente continuó por todo el ejército el Obispo de Barcelona con su clemencia. El día siguiente, don Nuño, sin más reposar, y don Ramón de Moncada, con sendas galeras, dieron la vuelta hacia mediodía, costeando por la marina y descubriendo los puertos, por ver en cual dellos desembarcaría la gente más al seguro. Pero ninguno se halló más a propósito que el de Santa Ponza, el cual por estar cercado de grandes montes y algo solitario, no estaba tan defendido de la gente de tierra como los otros: con esto determinaron de dar allí fondo: porque al de la palomera había acudido ya mucha y muy armada morisma por tierra, y era bastante para impedir la desembarcación. En este medio como fuese día de fiesta y domingo, por mandado del Rey se estuvieron todos surgidos en el puerto, a las raíces de un monte muy alto que se llama Pantaleu, que está a peñatajada dentro del mar enfrente de la Dragonera. Y así entendieron todos en descansar aquel día del gran trabajo y tormenta pasada.


Capítulo IV. De los avisos que dio el Rey un moro de la Isla que se echó a nado por hablarle, y como desembarcó el ejército a pesar de los Moros, y de la matanza que se hizo en ellos.

Estando el Rey en el puerto fue avisado de todo lo que los Moros hacían en la ciudad, y de los aparejos que para defender la Isla entendían hacer, y más del número de la gente que había de guerra y otras cosas, por un Moro nombrado Hali, que desde la Palomera se había echado en la mar, y a nado había llegado junto a la galera real, pidiendo a grandes voces le recogiesen para hablar con el Rey. Por cuyo mandado fue luego traido en un esquife a su galera, y como hablase bien la lengua catalana, entendiose del, como de la otra parte de los montes, había gran tropel de Moros, que serían hasta X. mil para impedir el desembarcar a los Christianos. Demás desto puestos los ojos en la persona del Rey, le dijo. Dígote señor Rey que puedes estar de buen ánimo:
porque sin duda la Isla ha de venir a tus manos que así lo ha pronosticado mi madre que es la más sabia mujer en el arte
mágica de cuantas hay en la Isla. Y más digo que dentro della se hallan XXXVII. mil Moros de pelea, y V. mil jinetes. Por eso te aviso que tomes puerto cuanto más presto pudieres, y eches tu ejército en tierra: porque la victoria toda consiste en la diligencia y presteza
de acometer esta gente, antes que venga el socorro de Túnez, que lo esperan, y te la quiten de las manos. Holgose mucho el Rey con tan buenos avisos del Moro, y haciéndole mercedes le mandó quedar en su servicio. El Moro se quedó, y sirvió al Rey fidelísimamente de espía y (traductor o intérprete
faraute en toda la conquista. Luego aquella noche a la segunda vela el Rey se allegó a tierra con las doce galeras y con las barcas y esquifes comenzaron a desembarcar los soldados, y echar los caballos y bagaje en tierra. Mas como fuesen descubiertos de los Moros que andaban por los montes, en un punto bajaron (abaxaron) V. mil de ellos, y con grande alarido, como acostumbran, arremetieron para los nuestros alanceándoles, por estorbarles el desembarcar. Pero fue tanta la diligencia de los nuestros en volver las proas de las galeras y naves hacia los moros, y en tirar lanzas, azconas, azagayas, saetas, y piedras con trabucos armados sobre las entenas, que los hicieron retirar, y hubo lugar para desembarcar sin mucho daño. El primero de todos que tomó tierra, fue Bernaldo Ruy de mago Alférez valentísimo, porque en saltar en tierra desplegó su bandera, y echó señal, le siguieron todos, haciendo rostro al ímpetu de los Moros, hasta que acabaron de desembarcar los caballos con todo el bagaje, y con las máquinas y trabucos. Luego con los de a caballo que los echó delante, pasó el mesmo con DC. infantes, y dieron con tanto ánimo en los Moros, que los hicieron huir: y matando algunos de ellos, volvió el Alférez al campo con toda
la gente, y para más seguridad se recogieron ya tarde en las galeras, con alguna presa y despojos que de los Moros hicieron. Al cual recibió el rey con mucha alegría, y alabó con encarecimiento su gran valor y esfuerzo, por haber dado tan próspero principio a la empresa, y con tan victoriosa escaramuza, tomado el ánimo a los enemigos. A este Alférez (que después se llamó Bernaldo Argentona, y señalan algunos que fue Catalán) por sus valerosos hechos y buena dicha en la guerra, acabada la conquista, el Rey le hizo donación de la villa y tierras de Santa Ponza, para él y a los suyos. A la misma sazón don Nuño, don Ramón de Moncada, el Vicario del Temple, y Gilabert Cruylles, Barón de Cataluña con CL. caballeros saltaron en tierra en el puerto de santa Ponça, y metiéndose por la Isla a dentro encontraron con un escuadrón de hasta VI. mil Moros. Los cuales se los estaban mirando de lejos, sin moverse ni llegar a estorbarles el desembarcar, ni el ir para ellos: maravillándose don Ramón de la torpeza dellos, porque siendo tantos dejaban de acometer a tan pocos. Pues como llegado muy junto a ellos, y ni se moviesen de su puesto, ni se pusiesen en orden de pelear, hecha señal a los suyos, y diciendo a voces. Son pocos, y no vezados a pelear, arremetió para ellos; con tan bravo ímpetu que no pudiéndole resistir los Moros huyeron todos: pero siguiendo el alcance los Christianos, fue tan grande la matanza que en ellos hicieron, que se halló (según el Rey afirma en su historia) haber muerto de ellos hasta M.D. Volviendo pues don Ramón con los demás, con tan felice victoria al puerto hallaron al Rey que acababa de tomarlo con toda la armada en el de santa Ponza, y saliendo en tierra, como entendió admirable escaramuza y victoria que contra los Moros tuvieron, se espantó de oírla. Y aunque alabó grandemente el valor y fuerza de todos ellos, por tan bien acabada empresa en lo intrínseco de su pecho le dolió mucho por no haberse hallado personalmente en ella, siendo de las primeras que en la Isla se hicieron.


Capítulo V. Como el Rey se metió por la Isla a dentro con veinte caballeros, y de los Moros que mataron, y extraña batalla que tuvo con uno de ellos.

Viendo el Rey la gallardía que don Nuño y don Ramón con los demás tenían, y el gusto con que contaban sus proezas y victoria pasada, no pudo más detenerse, sino que luego al día siguiente, entretanto que estos caballeros reposaban, y se rehacían del trabajo pasado, quiso también él ir a probar su ventura, y salir con algún memorable hecho. Para esto tomó consigo XX caballeros Aragoneses, y muy de mañana, después de haber oído misa y almorzado, dejando mandado que ninguna otra persona los siguiese, mas de un platico de la Isla que los guiase, se metió por ella a dentro. Y para más certificarse de la victoria pasada, siguieron la misma senda por donde vinieron los vencedores. Pues como no muy lejos descubriesen un gran golpe de gente que serían hasta CCCC moros que estaban en el recuesto de un monte, el Rey se fue para ellos. Los cuales entendiendo que eran descubiertos, temiéndose no viniese más gente atrás, o se quedase puesta en celada, comenzaron a apartarse a otro monte más alto. Visto por el Rey que se retiraban, como si viera una buena caza de venados, puso piernas al caballo diciendo a los suyos. Ea hermanos daos prisa no se nos vayan aquellos venados que han de servir para pasto y mantenimiento de nuestras honras, y arremetiendo y dando todos sobre los que huían a furia, en el alcance mataron hasta LXXX de ellos, los demás se escaparon. Mas porque del huir, y poca resistencia de los Moros Mallorquines, no se puedan todos a una notar de cobardes, o inhábiles para pelear: contaremos una señalada hazaña de un valentísimo Moro Mallorquín (digna de poner en memoria) que en este mismo trance aconteció al Rey, con harto evidente peligro de su persona. El cual como luego después de haber muerto los LXXX Moros, y ahuyentados los demás, se retirase ya de vuelta para el campo, y pasando los otros caballeros adelante, se quedase con solos tres, para ir parlando por el camino, al pasar de un barranco, le salió al delante un moro de a pie armado de lanza y adarga, con un morrión Zaragozano. Al cual mandando el Rey a voces que se rindiese, comenzó el Moro con bravo semblante a blandear la lanza contra él, y los demás, que en el mismo punto fueron sobre él. Pues como uno de ellos llamado Ioan de Lobera Aragonés, llegase más cerca, revolvió el moro sobre él, y con una punta de lanza le atravesó el caballo y con él cayó luego el caballero en tierra. Mas levantándose con gran presteza Lobera con la espada en la mano para defenderse del moro, que ya estaba sobre él con su alfanje, acudieron los tres y maltrataron al moro. Pero como ni al Rey, ni a los otros se quisiese rendir, cargaron de tal manera sobre él que le hicieron pedazos, y cortada la cabeza, la llevó Lobera en la punta de la lanza. Con esto se volvieron muy contentos ya tarde para el ejército, y como fueron descubiertos salieron todos con grandísima alegría y regocijo a recibir al Rey, entendiendo sus dos grandes victorias hechas en tan pocas horas. Y aunque quedaron extrañamente maravillados de la primera que hubo de los moros siendo tantos, y los suyos tan pocos, pero tuvieron en mucho más la brava resistencia que se halló en solo aquel Moro, cuya cabeza y rostro feroz mostraba bien la gran valentía y fuerzas de su persona. Y así confesando todos que con estas victorias había igualado el Rey la del día antes de los caballeros, mucho más se regocijaron. También concluyeron que no por el buen suceso de estas dos victorias debían descuidarse en lo por venir, ni tener en poco los Moros Mallorquines. Antes conjeturaron de la valentía y fuerzas de aquel solo Moro, y del huir de los muchos juntos, que los Mallorquines debían ser como los toros, los cuales tomados juntos son mansos, mas cada uno por si muy bravo.


Capítulo VI. Como por la demasiada prisa que el Rey se daba por llegar a la ciudad, iba desbaratado el ejército, y padecía hambre, y fue proveído por el general de la mar.

Con estas dos tan prósperas victorias, que alcanzaron el Rey, y don Nuño con los demás en la Isla, cobró el Rey nuevos alientos, y con el ardor de la mocedad, determinaba no andar por montes y valles, ni asentar el real sobre fortaleza alguna de la Isla, sino dar con todo él sobre la ciudad principal, porque como oyese que el Rey Retabohihe había salido de ella, y que andaba por los montes hurtando el cuerpo a los nuestros, y excusando la batalla, codiciaba mucho verse con él en campaña para acometerle. Pues era cierto que vencido o desbaratado Retabohihe, y con esto debilitadas las fuerzas de la ciudad, tenía por muy fácil tomarla, y apoderarse de toda la Isla. Con esta demasiada codicia del Rey y poca cuenta del gobierno, andaba el ejército, todo sin ningún orden ni asiento: no parando horas en un mismo puesto, ni lugar cierto, por seguir los movimientos del Rey, que parecía iba siempre a caza de victorias, como de venados. Y tan puesto en esto, que ningún cuidado tenía de proveer, ni bastecer el campo de vituallas. Y así comenzaron a sentir hambre, y a desfallecer en los soldados el ardor y deseo de pelear, con que se entró en la Isla: hasta que siendo avisado dello el general de la armada don Plegamans, al cual como se dio cargo de proveedor de la tierra, luego proveyó el ejército
abastadamente de las vituallas que sobraron en la mar: hasta tanto que los villanos y labradores de la Isla, por redimir la tala y destrucción de sus campos, acudieron al Real con mucho pan y carnes, y otras provisiones en abundancia. En este medio salieron de las naves que estaban surgidas en el puerto de Porraças al mediodía, hacia la ciudad CCC caballeros y entendieron por los adalides y centinelas del campo, como habían descubierto muchos, y muy formados escuadrones de Moros, que sería al anochecer, y eran de gente de a caballo y de a pie, bien puesta en orden, al paso por donde había de embocar el Rey la gente para la ciudad. Al cual luego dio aviso desto don Ladrón caballero Aragonés nobilísimo, capitán de caballos. El Rey que entendió esto, llamó a don Nuño, y al Vizconde de Bearne, con los otros Barones y capitanes del ejército, para decirles que se pusiesen a punto para el día siguiente. Porque deste primer encuentro y batalla campal, se había de seguir el remate de toda la conquista. Y envió a decir a don Ladrón que se estuviese quedo en su alojamiento por hacer rostro a los de la Isla, si de hacia la Palomera y por aquellos extremos se congregase alguna gente a tomar en descuido a los del campo: hasta que se le diese nuevo orden. Con esto mandó el Rey asentar el Real y tiendas de propósito, más adelante de la Porraça camino de Portopí junto a la mar, con mucha gente de guarda, que estuviesen toda la noche en centinela. Hecho esto se fue cada uno a su alojamiento a reposar: determinados de dar luego por la mañana la batalla a los Moros: más por contentar al Rey que extrañamente lo deseaba, que por sobrar razón para ello.

Capítulo VII. De la discordia de don Nuño y del Vizconde, y del escuadrón de los aguadores, y como peleando el Vizconde contra los Moros fue muerto con don Ramón y otros de su linaje.

Venida la mañana acudieron todos los capitanes y señores a la tienda del Rey, al cual hallaron ya levantado de la cama y armado. Lo primero que hicieron fue oír misa muy devotamente, y después de haber dado refresco y sustento a sus personas, y a los soldados lo mismo, entraron en consulta, si convenía ir a combatir la ciudad: porque con esto parece que sacarían a los enemigos de los montes a la campaña rasa, donde hallándose el ejército todo junto mucho mejor se defendería: o sería mejor irlos a buscar y acometerlos. Mas aunque la opinión del Rey señalaba se siguiese la vía de la ciudad, los más fueron de contrario parecer. Porque sería doblar las fuerzas al enemigo, ir a meterse entre él y la ciudad: pues en comenzar la escaramuza con los de fuera, saldrían los de la ciudad a tomarlos en medio para honrarse de ellos. Y así se determinó que fuese la mayor parte del ejército a buscar los enemigos a unos pequeños montes por donde andaban detrás del cabo de Portopi: y que el Rey con su cuerpo de guarda, y más gente, marchase por junto a Portopi a ponerse en el camino de la ciudad para impedir el paso a los Moros, porque no pudiesen ser socorridos de ella. Andando los capitanes ocupados en esta ordenanza, y partimiento, y el Rey con su gente ido a meterse en su puesto, siguiose muy gran cuestión (
quistió) y diferencia entre el Vizconde y don Ramón con don Nuño, sobre quien llevaría la vanguardia, pidiendo cada uno ser de los primeros. Pasó esto tan adelante, y la porfía fue tan reñida, que dio ocasión a que los aguadores y leñadores del campo, con otros esclavos de los señores y Barones, de presto hechos legión, sin orden, ni caudillo, se juntasen para ir a dar sobre el real de los enemigos. El Rey que los vio ir tan descarriados, y derechos a perderse, puesto en una yegua, y acompañado de solo un caballero Catalán llamado Rocafort, arremetió para ellos, y saliéndoles al delante, los detuvo, mandándoles que volviesen atrás, que cuando menester fuese él los emplearía, alabándoles su buen ánimo y gana de pelear. Como el Vizconde, don Ramón, y conde de Ampurias vieron esto, sin más esperar a don Nuño, se salieron con buena parte del ejército, y los más escogidos de su casa y parentesco a pelear a tropel. Porque vieron las tiendas y Real de los Moros asentado, sobre una montañuela rasa, sin ninguna empalizada, ni en nada fortificado, y que parecía muy poca gente en guarda del. Y así arremetieron con poco orden, sin pensar que tenían los enemigos tan cerca, los cuales salieron dessotra parte del monte donde estaban en celada, y con grandes alaridos dieron sobre el Vizconde y los demás, y se trabó una bien sangrienta escaramuza de ambas partes. Mas como el Conde de Ampurias con los caballeros del Temple y cuerpo del ejército arremetiesen al Real y tiendas de los moros, a efecto de dividir su gran ejército que pasaban de XX mil, halláronlas ya bien fortalecidas de gente, porque sobraba para ambas partes. En este medio que se detenía de acometerles, pensando que con entretenerlos en guarda del Real, serían menos los que andaban en la pelea del Vizconde y don Ramón: fue así, que con haber cargado tantos Moros sobre ella, los Cristianos se dieron tan buena maña, que tres veces hicieron retraer y volver las espaldas a los Moros. Pero como fuesen tantos y peleasen delante su Rey, y también que los cansados iban a hacer muestra ante las tiendas, y de allí tomado su refresco, iban otros tantos a la pelea, otras tantas veces se rehicieron, y volvieron sobre los nuestros, que comenzaban ya a retirarse. Demás que por ser tantos los Moros, y estar tan extendido su campo, los nuestros se habían esparcido a fin de no dejarse cercar de todas partes, y con esto no podían valerse los unos a los otros. Desto fue avisado el Conde de Ampurias, pero no quiso moverse de aquel puesto, de muy persuadido que hacía más bien a los que peleaban con entretenerles tanta gente que no fuesen sobrellos, recibiendo en esto muy grande engaño. Porque demás que sobraban Moros para pelear, también acudían muchos de ellos de la ciudad que venían por sus secretas vías, y sin que lo impidiesen el Rey, ni don Nuño, que estaba al paso, se juntaban con su ejército, y crecía por horas. Por donde el escuadrón de los Cristianos que peleaba en el lado derecho, comenzó a aflojar. Lo cual entendido por el Vizconde y don Ramón, acudieron luego a la parte flaca, y con el socorro volvieron los nuestros a entretenerse. Mas como sobreviniese tanta morisma, que eran seis Moros por cada Cristiano, y a los cansados de ellos sucediesen siempre otros de refresco, y a los nuestros que de cada hora perdían, ningún socorriese, comenzaron a turbarse, y a dividirse unos de otros. Y así cargando tantos Moros sobre los que más se señalaban de los Cristianos, que eran el Vizconde y don Ramón y los del linaje, dieron con grandísimo ímpetu en ellos cercándolos por todas partes. Los cuales después de haber vendido bien caras sus vidas, al fin cayeron, y fueron por los Moros muy cruelmente muertos, juntamente con los Vgones, Mataplanes, y Dezfares, caballeros Catalanes los más valientes del ejército, con ocho principales caballeros de los Moncadas. Los que quedaron vivos, viendo muertos sus capitanes, se recogieron hacia donde estaba el de Ampurias con su gente, sin que los Moros los siguiesen: porque también quedaban muy destrozados y deshechos, con muchos muertos y heridos. Con todo eso de presto saquearon el campo de los Cristianos cogieron las banderas y estandartes, y se fueron con todo ello a su Real y tiendas, sin que el de Ampurias se lo pudiese estorbar. Viose por entonces cuanto más sano fuera haber seguido el parecer del Rey, en tomar la vía de la ciudad, porque con esto fuera todo nuestro ejército junto, y sin duda se defendiera mucho mejor que dividido. Quedando pues los nuestros muy lastimados, con tan grande pérdida de los principales capitanes, por el orgullo que de esto tomarían los Moros, se fueron para el campo donde fue la batalla a revolver los muertos, por hallar los cuerpos del Vizconde, de don Ramón y sus parientes, para llevarlos a las tiendas del Real. Puesto que de común concierto de todos fue mandado que ninguno llevase la nueva desto al Rey por no alterarle, hasta que por si mismo la entendiese: porque aprendiese, como de no llevar el tiento y asiento que se requiere en las cosas de la guerra, se seguirían esta y mayores pérdidas.

Capítulo VIII. Como el Rey quiso ir al lugar de la batalla, y lo que pasó con don Guillén de Mediona, y como fue reprehendido de don Nuño, y del otra escaramuza que sostuvo con los Moros.

Luego después que fue la rota del Vizconde y los suyos, no teniendo el Rey nueva de ella sino de la mucha morisma que cargaba sobre ellos, mandó a don Nuño, a don Pedro Cornel, a don Ximen de Vrrea, y a don Oliuer de Thermes nobilísimo caballero Francés, que entonces andaba desterrado de Francia, que con toda la caballería fuesen a ayudar, y se mezclasen con los primeros escuadrones que peleaban con los Moros: pues aunque de lejos, todavía parecía que los Christianos llevaban lo peor. Eran estos escuadrones los que escaparon de la batalla del Vizconde, los cuales se rehicieron, y juntados con los del Conde de Ampurias, peleaban con los Moros algo apartados del lugar donde fue la primera batalla. Aunque esta escaramuza se acabó luego, por estar los unos y los otros de ambas partes muy trabajados, y llenos de heridas. Y así los Moros se recogieron a sus tiendas, y los del Conde hacia el Real para dar cobro a los heridos. Ido pues don Nuño con los demás en socorro de estos, saliose el Rey con su caballería de guarda hacia el lugar do había sido la pérdida del Vizconde, y como se adelantase solo, encontrose con don Guillen de Mediona caballero Catalán, que se había salido de la segunda escaramuza, cortados los labios, y el rostro todo corriendo sangre, de una pedrada de honda. Como luego le conociese el Rey le ató por su mano la herida con un lienzo (
lienço), diciéndole que no era tan grande herida aquella que por eso hubiese de enflaquecer su valor y generoso ánimo para dejar en tal tiempo (tiépo) la batalla. En oyendo esto don Guillen como generoso, sintiéndose mucho de las palabras del Rey, volvió las riendas al caballo, y fuese a todo correr a meter en la batalla y nunca más pareció. Mas el Rey encendido con su ardiente cólera, no sabiendo cosa cierta del triste suceso del Vizconde, que fue poco antes de mediodía, subiose hacia lo alto del pequeño monte, y fueron con él, siguiendo el estandarte de don Nuño, don Roldán, Laynez, y don Guillen hijo bastardo del Rey de Navarra, con LX caballeros. Como llegase a lo alto descubrieron una espaciosa llanura donde estaba el Real de los Moros, y ellos muy esparcidos, parte dentro de las tiendas, parte echados por el campo sin ningún recelo de enemigos, aunque en lo más alto de la tienda Real vieron colgada una bandera de blanco y colorado, de la cual los caballeros del Rey que sabían la rota del Vizconde, sospecharon lo que era. Pero el Rey en llegar a vista de los enemigos, hallándolos tan descuidados quería acometerlos, y sin duda lo hiciera, si don Nuño y los demás capitanes no le echaran mano a las riendas del caballo y lo detuvieran: reprendiendo muy sin respeto su demasiado ardor y ánimo, con tan ciega codicia de vencer, diciendo que de esta manera echaba a perder a si, y a los suyos, y los ponía en trance de muerte. En este punto llegó Gisberto Barberán capitán de las máquinas y artillería, con LXXX caballos ligeros, a quien mandó luego don Nuño que con los caballos y la infantería que allí se hallaría, por contentar al Rey, trabase escaramuza con los Moros de las tiendas, los cuales ya antes de llegar ellos se habían juntado y puesto en orden para pelear. Y así con su acostumbrado alarido y grandes pedradas que tiraban con hondas persiguieron a los nuestros de manera que no pudiendo resistir a tan gran ímpetu y furor dellos, volvieron las espaldas, y los Moros los siguieron hasta meterlos dentro del escuadrón del Rey. Los cuales viéndose delante del, de corridos y avergonzados, volvieron a hacer rostro a los enemigos, que también con buen orden se volvieron a sus tiendas. Como a esta sazón llegase todo el cuerpo de guarda con cien hombres de armas y los Almogávares (Almugauares), y más CL caballos que envió don Ladrón, tomó ánimo el Rey, y con todo el campo arremetió para el Real y tiendas de los Moros, y los echó de ellas, cogiendo muy gran presa y despojo. Mas por ser ya tarde, y tener los caballos muy cansados que apenas habían reposado en todo aquel día, dejaron de seguir el alcance. Alojáronse allí aquella noche, y cenaron de muy buena gana lo que para si tenían aparejado los Moros. Fue esta una de las más extrañas y sangrientas jornadas del mundo: porque de la mañana hasta mediodía se peleó y fue toda en pérdida de los Cristianos: de medio día abajo todo fue escaramuzar y cobrar la victoria de los Moros. Finalmente con la buena cena y aderezo de alcatifas y colchones que los nuestros hallaron en las tiendas, se rehicieron, y reposaron muy bien aquella noche ellos y sus caballos, y entre tanto se dio cargo a cierta gente de a caballo y de a pie hiciesen por el campo la reseña, para que reconociesen los que faltaban y trajesen a las tiendas todos los heridos, para ser curados.


Capítulo IX. Como el Obispo de Barcelona y don Alemany reprendieron al Rey por su codicia de llegar a la ciudad, y como sintió mucho la muerte del Vizconde y otros, y se recogió a la tienda del capitán Thermes.

Llegada la mañana, o que el Rey estuviese estuviese ignorante del suceso del Vizconde, o que lo disimulase por no entristecer a los suyos, porfió mucho con los capitanes marchasen contra la ciudad, que fue su primer intento, por las mismas razones de que la hallaría falta de gente, y aunque el Rey de la Isla revolviese sobre ellos, serían parte hallándose todo el campo junto, para resistirle. Por esta causa creen algunos escritores que el Rey no ignoraba la pérdida del Vizconde, sino que la prisa tanta que se daba por cerrar con la ciudad era porque antes que los enemigos se gloriasen de tales muertes y victoria, las tuviese ya vengadas. Lo que no podía ser, por haberse ya retirado los Moros con su Rey dentro de la ciudad y estar muy fortificada. Pues como a toda furia se encaminase el Rey contra la ciudad, se le puso (
púsosele) delante don Ramón Alemany, Barón de Cataluña: el cual de muy valeroso y celoso de la salud y honra del Rey, se atrevió a detenerle, y reprenderle muy libremente, tratándole como hombre que sabía muy poco de guerra, pues no se detenía en el lugar a donde había vencido a sus enemigos, hasta saber la pérdida de los suyos para rehacerse y fortificarse, antes de ir a acometerlos de nuevo. Mas como ni por las palabras y resistencia de Alemany el Rey se detuviese, saliole al encuentro el Obispo de Barcelona, y le riño duramente. Porque habiendo perdido la flor de su ejército, y estando en doblado peligro que antes, quería imprudentemente pasar adelante para perderse a si y al ejército. Significándole muy a la clara como los Moros habían roto (rompido) los primeros escuadrones, y pasado a cuchillo al Vizconde, y a don Ramón con todos los suyos. Como el Rey oyó esto hizo muy gran sentimiento de ello, y se paró hasta acabar de entender bien la pérdida y lamentables muertes de sus tan queridos amigos; y como en este medio acabase de llegar toda la gente con la compañía de guarda, se volvió con todos a Portopi, cerca de donde poco antes había echado los Moros. De allí le mostraron el lugar donde había sido la batalla y pérdida del Vizconde, y como por haber estado dividido el ejército de los Cristianos, y haber cargado todo el de los Moros contra el Vizconde, sin ser socorrido, quiso de valeroso morir allí con todos los suyos, antes que volver un paso atrás. Oyendo esto, se enterneció tanto el Rey, que fue necesario divertirlo con las vista de la ciudad del cabo de Portopi, de donde se parecía muy patente y distinta. Cuya vista le fue muy apacible, y ansí mandó asentar cerca de aquel puesto el Real y tiendas para todo el ejército, sobre una llanura muy amena: adonde estuvieron los Aragoneses y Catalanes (como el Rey dice) con mayor concordia y hermandad que nunca. Pero el Rey padecía gran sentimiento, y mayor tristeza de la que mostraba en público, por no desanimar los soldados. Antes bien fingiendo alguna alegría y esperanza de buenos sucesos, mandó dar muy bien de cenar a todo el ejército, y que reposasen del trabajo pasado: y puesta la gente en centinela, se recogió en la tienda de don Oliver de Thermes para descansar, y aliviar algo de su trabajo pasado: adonde con cenar muy poco, pasó con menos sueño toda la noche. Como fue de día se levantó, y fue al mismo cabo de Portopi a mirar la ciudad muy de propósito: la cual le pareció muy hermosa y de mejor asiento de cuantas había visto. De allí volviendo a la misma tienda halló que don Oliverio le esperaba con una muy espléndida, y bien aparejada comida: para la cual valió de tan buena falta la hambre y trabajo de los días pasados, que así por estar ella tan bien aparejada a la Francesa, como por el asiento y tan buena vista del lugar do se comía, confesó el Rey que en toda su vida había tenido comida de más gusto y solaz que aquella. De donde avino que luego después se edificó en el mismo puesto una casería, o villa, que dicen en Mallorca, muy suntuosa, a la cual según dice la historia, mandó llamar el Rey la villa de la buena comida.

Capítulo X. Como el Rey fue a ver los cuerpos del Vizconde y los demás, y del gran llanto que movieron los criados del, y del suntuoso enterramiento que el Rey y todo el campo les hizo.

Como fue ya noche, llevando el Rey consigo a don Nuño, y a los demás principales del ejército, se fue a la tienda donde estaban recogidos los cuerpos del Vizconde, y don Ramón, con otros ocho de su linaje, y entrados en ella hallaron muchas hachas encendidas con los sacerdotes revestidos que rezaban Psalmos entorno de los cuerpos: los cuales estaban cubiertos con paños de brocado. Y como en llegando el Rey los descubriesen, y se viese que de tan mal parados estaban desfigurados, y que apenas se conocían, se levantó tan gran llanto y alaridos en la tienda por los parientes y criados de los muertos, que fue forzado al Rey, y a todos, salirse della. Porque
además (de mas) que se lamentaban de su desventura, y como quedaban huérfanos, miserables y desamparados, mezclaban con las lágrimas algunas palabras, con que trataban al Rey de cruel, y otras cosas. De manera que tuvo necesidad de tomarlos a parte, y consolarlos, diciendo, que él era el desgraciado, y huérfano, y más malparado que todos, por haber perdido los más fieles y más valerosos capitanes y amigos de todo el ejército, en el mayor trance y necesidad de su empresa, que otros tales no le quedaban: que conocía serles muy obligado en muerte y en vida: y que por la misma razón no podía dejar de tener mucha cuenta y memoria de los parientes y criados de los muertos, y de emplear en los vivos lo que se debía a ellos. Como oyeron esto los deudos y criados, todos se aplacaron y consolaron mucho con los buenos ofrecimientos del Rey, y prometieron de no faltarle, hasta perder las vidas, como los suyos en su servicio. El día siguiente pareció a todos sepultar los muertos, que ya estaban embalsamados. Y pues el Real estaba ya asentado, y repartido por sus calles y plazas, llevarlos por todo él con la pompa y cerimonia real que se podía. Mas porque no fuesen vistos de la ciudad, por cuanto la distancia (según el Rey dice) no era mucha, pusieron por aquel enderecho y ladera. muchas telas y alhombras de las que tomaron en el real de los Moros poco antes, porque no pudiesen entender ni discernir de la ciudad lo que se hacía en el real de los Cristianos. Y así congregados por su orden, fueron a sacar los cuerpos de la tienda para llevarlos con grande pompa y lamentable música a la tienda que estaba hecha a modo de capilla, para depositarlos en ella. Precediendo sus banderas y estandartes arrastrando por el suelo. Iba la Cruz luego con harto número de Sacerdotes reuestidos, y el Obispo de Barcelona haciendo su oficio Pontifical: seguían luego los cuerpos cerrados en sus ataúdes con sus armas e insignias por encima, llevados a hombros de criados y oficiales ancianos de los muertos. Tras ellos iba el Rey muy enlutado, con los grandes y los demás caballeros Barones y capitanes, sin quedar soldado que no siguiese. Finalmente seguían toda la familia enlutada de xerga como luto real, hasta que llegaron a la capilla que dijimos (deximos), donde hechos los sacrificios y ceremonia debida, fueron depositados los cuerpos en lugar muy conveniente, hasta que fueron trasladados a Cataluña en sus principales pueblos, donde para si, y a los suyos tenían dedicadas sepulturas.

Capítulo XI. Como mandó el Rey levantar el campo y marchar para la ciudad, y de paso hizo alto en la Real, y de la indignación del Rey por la gran crueldad que usaban los de la ciudad contra los cautivos Cristianos.

Acabado el enterramiento y obsequias, se entendió en abreviar la conquista, que ya se reducía toda contra la ciudad, por los pocos presidios y fortalezas que al Rey de Mallorca le quedaban en toda la Isla, pues casi ninguna estaba por él. Demás que por haber experimentado las fuerzas y gran arte de pelear de los Christianos, y que a una que les ganaba, perdía diez escaramuzas, no determinaba de verse más en campaña con ellos. Y así se encerró con todo su ejército en la ciudad, confiando en la fortaleza, y gran bastimento y munición della, junto con la mucha gente de pelea que tenía dentro muy determinada para defenderse, por tener por muy cierta la venida y socorro del Rey de Túnez, que les fue muy prometida, mas nunca llegada. Entendido esto por el Rey mandó alzar el campo de Portopí, y marchar para la ciudad: tomando la vía a la mano siniestra para unas caserías a media legua de la ciudad, donde no mucho después de conquistada la Isla, don Nuño edificó un
sumptuosisimo monesterio y convento de frayles Bernardos llamado la Real, como adelante diremos. Allí hizo alto el campo, por ser lugar muy alegre y bien provisto (proueydo) de aguas en lo llano, no lejos de un monte de donde nacía un (nascia vn) grande arroyo que pasaba por medio del campo y daba en la ciudad. Detúvose allí el Rey algunos días, a efecto de considerar y preparar lo necesario para cercar la ciudad: la cual por estar tan propincua, el maestre de campo, con los de la artillería y máquinas iban y venían a ver los alojamientos, y asiento que el campo habría de tener en el cerco a reconocer la muralla, y lugares más flacos de ella, para acometer y encarar los asaltos: lo que no podían hacer tan secretamente que no tuviesen descubiertos, y con una banda de jinetes que súbitamente salía de la ciudad los echaban de su entorno. Demás que para espantar a los nuestros y que viesen las crueldades que los de dentro hacían contra los Christianos (como lo cuenta Montaner) a vista de ella hicieron uno de los más bárbaros y horrendos usos de matarlos, que jamás se viesen el mundo. Porque en las máquinas que como hondas de ballesteras armaban dentro, para tirar grandes piedras contra nuestro campo, ponían los cautivos Christianos, que a Retabohihe su Rey parecía: a los cuales vivos y atados como balas de artillería, los asentaban en ellas de donde furiosamente arrojados, caían hacia donde el maestre de campo y los demás iban rondando la tierra. Los cuales recogieron aunque hechos pedazos, y los llevaron al Real, a que los viesen todos. Fue esta crueldad tan abominada y maldecida por todos y mucho más por el Rey, cuando se los pusieron delante, que juró por su corona Real, no pararía noche y día, ni alzaría el cerco de la ciudad, hasta que tomase al cruel Retabohihe por la barba, y por tan tiránica y horrible inhumanidad le hiciese todo ultraje y vituperio como a cruel y bárbaro infiel. Fue tanto el terror que los cautivos Christianos que estaban en la ciudad recibieron de esta crueldad hecha por Retabohihe contra ellos, que de pensar cada uno había de pasar otro tanto por si, se concertaron, y por lo más secreto que pudieron se salieron de la ciudad, y se vinieron al campo del Rey, donde fueron recogidos y dieron muchos avisos de la flaqueza de Retabohihe, y de la ciudad.

Capítulo XII. Del capitán Infantillo, como quitó el agua a los Cristianos, y fue sobre él don Nuño, y le venció, y cortó la cabeza, la cual se echó en la ciudad, y como los Moros de la Isla se rindieron al Rey.

A esta razón que el Rey con todo el campo se estaba en la Real, un Moro principal de la Isla, de los más ricos y valerosos de ella, llamado Infantillo, había ayuntado cierta gente de los rústicos y aldeanos de la Isla, y hecho un ejército de hasta V. mil infantes y C. caballos. Los cuales de miedo de los nuestros habían estado muchos días escondidos por las cuevas, o como allí dicen, garrigas, que están en unos montes muy altos a vista de la ciudad, y campo de los Christianos. De manera que se congregaron media legua más arriba de la Real, donde nace una fuente cuya agua pasaba por medio del ejército, a fin de tener sus inteligencias con los de la ciudad para cuando saliesen a escaramuzar, dar ellos de través contra los Christianos. Acaeció pues que Infantillo por hacer tiro, y quitar el agua al
exercito, mandó cerrar el ojo a la fuente, y la que no pudo estacar, echóla por otra canal: de suerte que quitó del todo el agua al ejército. De lo cual admirados los del campo, y turbados por tan súbita sequedad de tan grande arroyo, sospechando la causa, porque en lo alto, a la parte donde nacía la fuente se descubría gente nueva, mandó el Rey a don Nuño se pusiese en orden con gente, para ir a descubrir este daño, y remediarlo. Partió luego el día siguiente don Nuño antes de amanecer, por no ser descubierto con CCC. de a caballo, y subió por la canal arriba hasta llegar donde estaba Infantillo con su gente, y hallándolos muy descuidados y durmiendo sin tener puesta centinela: de improviso dio sobre ellos, de manera que mató quinientos, y los demás huyeron. Pero tomó preso al capitán Infantillo, al cual por estar herido de muerte, y que no podía llegar vivo ante el Rey, le mandó cortar la cabeza y llevarla consigo, dando a saco las cabañuelas de los Moros, que no fue de poco provecho para los soldados. Mandó luego abrir el ojo de la fuente, y restituir toda el agua a su canal y corriente antigua. Maravillosa hazaña, dentro de un día vencer y saquear el Real de los enemigos, restituir el agua a su ejército, volver sin ninguna pérdida de los suyos, y traer en triunfo la cabeza del general contrario a su campo. Quedó el Rey contentísimo de tan pronta y gloriosa victoria, y alabó muy mucho la valor y diligencia de don Nuño, por haber llegado tan presto el agua de la fuente, como la nueva de la victoria, de lo cual se holgó extrañamente todo el campo. Como se descubrió la cabeza de Infantillo, mandó luego el Rey por pagar a los de la ciudad con la misma moneda, que de presto fuese antes del día gente y artilleros a armar un trabuco junto a la ciudad, en el cual fuese puesto, no el cuerpo vivo, sino la cabeza muerta de Infantillo, envuelta en muchos paños, porque no se hiciese pedazos del golpe, y se desfigurase. Armada la máquina, se asestó hacia la plaza mayor de la ciudad. Pues como los de dentro sintiesen desparar trabuco, y volviendo los ojos por aquella parte, viese venir por el aire un tan grande bulto, acudieron al lugar donde cayó, y desenvueltos los paños, como vieron ser cabeza de hombre cortada, no faltó quien la conoció muy bien, y afirmó ser del capitán Infantillo, en quien tenían puesta mucha parte de su esperanza de remedio. Espantados de tan portentoso tiro, hicieron gran llanto sobre ella, y luego comenzaron a desconfiar de su reparo y defensa. Como entendieron esto los Moros de toda la Isla, cuyo último refugio era Infantillo, y que tampoco llegaba el socorro de Túnez, viendo a su Rey encerrado, y de cada hora con menos fuerzas, tuvieron su acuerdo, y parecioles que debía darse a partido al Rey Christiano, antes de ser la ciudad tomada, por fuerza, porque después a ninguno serían acogidos, y el ejército se desmandaría en dar a saco toda la Isla. Y así enviaron sus embajadores al Rey diciendo, que estaban prestos y aparejados para entregarse a su Real fé y merced, confiando los recibiría con benignidad y misericordia. Porque podían jurar que ellos nunca consintieron, ni vinieron bien con la voluntad de Retabohihe su Rey: ni consentido que
ningunos de los suyos tomasen armas contra los Christianos: antes habían
recebido en sus villas, y Aldeas por huéspedes y amigos a todos los proveedores del campo, proveyéndolos con toda liberalidad y amor de vituallas y lo demás para el ejército. Esto lo decían los de la Isla con mucha verdad, porque estaban mal con Retabohihe por sus tiranías y excesivos tributos, que les imponía, y
había entre ellos un hombre principal y muy rico llamado Benahabed, el cual desde el punto que el Rey y ejército desembarcaron en la Isla, abrió sus graneros y
troxes, y libremente permitió a los
proveedores tomasen cuanto menester fuese para el campo. Lo que cierto ayudó mucho al Rey para sustentar la guerra. Pues como los otros ricos hombres siguiesen el parecer y ejemplo de este, todas las otras villas y lugares de la Isla dentro de quince días se entregaron al Rey. El cual los recibió muy bien, prometiéndoles todo buen tratamiento. De manera que no faltando ya ninguno por rendirse, quedó el Rey absoluto señor de toda la Isla, excepto la ciudad: a donde como se entendió lo que pasaba, fueron doblados los llantos y comenzaron a tenerse por del todo perdidos.


Capítulo XIII. De los gobernadores que el Rey puso en la Isla, y se hace nueva descripción de los pueblos y fertilidad de ella.

Venida ya toda la Isla, fuera la ciudad, a manos y poder del Rey, entendió en poner dos presidentes o gobernadores en ella, a don Berenguer Durfort caballero muy noble de Barcelona, y a don Iayme Sancho de Mompeller criado suyo
antigo, a los cuales repartió el regimiento: y quiso que el uno tratase las cosas de justicia, el otro en proveer y bastecer el campo de vituallas, para que con más libertad pudiese el ejército atender al cerco de la ciudad. Tomó a su cargo don Iayme la provisión del campo, como aquel que en cuantas guerras tuvo el Rey le había servido del mismo oficio. Y aunque era innumerable el ejército, a causa de la mucha gente que de cada día pasaba de los reinos a la Isla, a la fama desta guerra: con todo eso pudo bastantemente cumplir con su cargo, por hallar la Isla tan fértil y proveída de todo lo necesario para el sustento de la vida humana. Y pues hemos dicho más arriba de su asiento y postura, digamos de su varia y abundosa fertilidad. Porque no hay otra en todo el mar meditarraneo, que en tan poco espacio de tierra sea más poblada, no teniendo de diámetro más de cien mil pasos, y de circuytu CCCCLXXX mil. Y que demás de las tres ciudades, con muchas villas y castillos, muchos puertos, calas, y desembarcaderos que mantiene, es muy abundosa de todo género de mieses, y más de sal, azeyte, vino, queso, ganado mayor y menor, y toda suerte de bolateria, de cysnes, y otras aves aquatiles, sin la infinidad de conejos que en la Isleta vecina tiene: y así no solo se sobra de todo lo dicho, para si, pero aun provee dello a las tierras ultra marinas. Pues según dice Plinio, los vinos Baleares fueron muy excelentes y loados por los Romanos. De aceite y queso hay tanto, que se hace muy grande mercaduría dello por los otros reynos: de puercos mansos es tanta la abundancia, que salados y con sus menudos trasportados, sobran en otras partes. No hay porqué dejar de sacar a la luz, su odorífera y suavísima flor de los arrayanes que los produce la Isla de si mesma por los bosques y riscos en mucha copia: cuyo liquor que de su flor se destila es más suave y odorífero que el mesmo incienso (enciéso) Sabeo. A cuya causa, y por su particular influencia celeste de la Isla, como adelante diremos, quisieron los antiguos dedicarla a Venus, como otra segunda Chypre. Finalmente se halla que por entonces estaba poblada de XV villas grandes con muchas otras aldeas y lugares, sin las tres ciudades, Mallorca, Ponça, y Pollença, (esta se halla agora muy deshecha) que fueron colonias de Romanos, y retienen sus nombres antiguos. Todos los demás pueblos tienen nombres bárbaros, impuestos, o por los moros, o por los corsarios: excepto los que de la conquista acá han impuesto los Cristianos, y tienen nombres de santos. Acabada pues la conquista de la Isla, vengamos a contar la presa de la ciudad en el siguiente libro, a donde se dirá algo de los ingenios y costumbres antiguos y modernos de los Mallorquines, cosas bien dignas de notar.

Fin del libro sexto.