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jueves, 14 de marzo de 2019

Libro segundo

LIBRO SEGUNDO DE LA HISTORIA DEL REY DON IAYME DE ARAGÓN, PRIMERO DE ESTE NOMBRE, LLAMADO EL CONQUISTADOR 

Capítulo I. Que muerto el Rey, los de su ejército determinaron alzar por Rey a su hijo el Infante don Iayme, y lo que hicieron por sacarle de manos del Conde Monfort.

Muerto el Rey los principales de su ejército, vueltos al Real, entregaron su cuerpo a los caballeros de sant Iuan del Hospital, a cuya orden había hecho muchas mercedes, y dado villas y castillos, para que con toda pompa y ceremonias reales le sepultasen, como lo hicieron, llevándole sobre sus hombros al monasterio de Xixena, a donde su madre la Reyna doña Sancha, después de haber hecho profesión de religiosa, poco antes había muerto. Y en fin le sepultaron en un magnífico y bien labrado sepulcro, haciéndole sus obsequias reales, y acostumbrada novena, con grande suntuosidad y llantos. Pues como por haber muerto el Rey sin hacer testamento, quedasen las cosas de los Reynos confusas, y muy turbadas, a causa de no haber sucesor nombrado, don Nuño Sánchez primo hermano del Rey, e hijo del Conde don Sancho, y don Guillen de Moncada, y don Guillen de Cardona (a los cuales no quiso aguardar el Rey, y llegaron ya muerto él al ejército) con otros principales de los dos reynos, se juntaron, y determinaron, que por los movimientos que por faltar el Rey se podían seguir en los pueblos, y por evitar bandos y divisiones entre los Reynos, se diese con toda presteza la sucesión, y declarase Rey el Infante don Iayme, hijo único del muerto, antes que saliesen de través otros que le pusiesen en cuentos el reyno, con el obstáculo de la legitimidad.
Pues aunque la separación, o divorcio, que el Rey había hecho con la Reina su mujer madre de Don Jaime: con la sentencia del Pontífice había sido dado por mal hecho, y declarado por legítimo el matrimonio entre los dos: pero todavía, como el Rey no había obedecido la sentencia, quedaban muchos dudosos, y aun fáciles para creer lo contrario. Demás de esto les movió para hacer esta diligencia, ver que no habiendo el Rey nombrado sucesor, don Sancho padre de don Nuño y hermano menor del Rey don Alonso padre de don Pedro, intitulándose Conde de Rosellón, pretendía la sucesión de los reynos, por haber sido llamado a ella en el testamento del Príncipe don Ramón su padre, faltando don Alonso su hermano, y también don Fernando hermano de don Pedro, el cual con la esperanza de reinar estaba determinado de renunciar el hábito de monje que había tomado. Y con esto cada uno por si comenzaban a maquinar (machinar) secretamente, y llevar adelante su intento. Para esto tenían ya ganadas las voluntades de algunos ricos hombres de Aragón. Y por esta causa don Nuño y don Guillen con todos los demás se conformaron en lo determinado, y juntaron más compañías de soldados: pues los demás del estado de Mompeller, y del principado de Cataluña, venían en ello, para formar campo contra el Conde Monfort, que siempre estaba con su ejército entero. Lo cual hacían no tanto para vengar la muerte del Rey, cuanto por haber a su mano el Infante don Jaime, al cual el Conde, por orden del Rey y mandamiento del Pontífice, como está dicho, había tomado a su cargo para criarlo. Fue cosa memorable la que hizo don Nuño, que siendo hijo del Conde don Sancho, a quien, si saliera con el Reyno, había de suceder, no quiso seguir la parcialidad de su padre, sino guardar toda fidelidad al verdadero sucesor Don Jaime. Pues como el Conde Monfort sintió todo esto, con el orgullo de la victoria pasada, juntó mayor ejército, a fin de defenderse del real, y alzarse con don Jaime, para con la persona de él sacar muy buenos partidos de los reynos.


Capítulo II. Que por sacar a don Jaime de las manos del Conde, se hizo embajada al Pontífice, y de su respuesta.

Como los del campo real vieron que el Conde se ponía de veras en defensa, acrecentando su ejército cada día, no quisieron poner en ejecución lo que habían determinado contra él, sino entretenerle hasta ver, si enviando embajadores a Roma al Pontífice, alcanzarían con su favor que el Conde les entregase al Príncipe don Jaime, y así concordaron en hacer embajada, la cual emprendieron don Guillen Cervera, y don Pedro Ahones, capitanes valerosos, juntamente con don Guillen Monredon vicario del maestre del Temple en los dos reynos de Aragón y Cataluña, con poderes bastantísimos y particular orden, para que si el Conde rehusase de entregar al Infante, mandándoselo el Pontífice, le denunciasen de nuevo la guerra a fuego y sangre, en nombre de los dos reynos: y que don Pedro Ahones uno de los embajadores, le enviase a desafiar de persona a persona, retándole de traidor y fementido, por no restituir a don Jaime a los suyos. Los que más procuraron y solicitaron esta embajada (según dice la historia) fueron don Español Obispo de Albarracín (Aluarrazin), y don Pedro Azagra señor de la misma ciudad, para que juntamente, con dar calor a la restitución del Príncipe don Iayme, fuesen a la mano a don Sancho y don Fernando, por las diligencias que cada uno de ellos hacía por si. Y aun escriben algunos, que el mismo Obispo fue en persona por este negocio a Roma. Puestos en Camino los embajadores, al cabo (acabo) de muchos días llegaron a Roma con grande acompañamiento de gente y criados, y muy cubiertos de luto hicieron su entrada: donde como se acostumbra con los embajadores fueron con grande honra recibidos del pueblo Romano, que se acordaba muy bien de la liberalidad que con él hizo el Rey muerto, el día de su coronación. Lo primero que los embajadores hicieron, fue ir a besar las manos a su señora y Reyna doña María, con la reverencia y acatamiento que como súbditos y vasallos debían. Y declarando la causa de su embajada, contáronle del Rey su marido cosas de grande lástima: y del Príncipe su hijo de mucha prosperidad, pues quedaba vivo y sano: en lo demás, las grandes diferencias y distensiones en que los reynos andaban, divididos en parcialidades, y para perderse del todo, si el Conde Monfort no les restituía al Príncipe su Señor para alzarle por Rey. Oído esto por la Reyna que tan hecha estaba a oír, y ver trabajos y calamidades de los suyos, dio gracias a nuestro Señor por todo, dejándolo a su divina disposición y voluntad: y suplicó al Pontífice mandase luego dar audiencia a los embajadores. Los cuales muy cubiertos de luto, y con semblante triste y lloroso llegaron a besar al pie a su Santidad y dada facultad para declarar su embajada, el vicario del temple Monredon que era hombre elocuente, y ya de antes conocido del Pontífice, dijo de esta manera. Beatísimo Padre, contar agora muy en particular a vuestra Santidad la triste y lamentable muerte del valerosísimo e invictísimo Rey nuestro, y crueldad con él usada, ni lo sufre nuestros sollozos y lágrimas: ni es bien, a quien tiene ya entendida y muy de veras sentida tan miserable muerte, renovar su dolor con repetirla. Basta que brevemente se entienda, como aquel Conde Simón Monfort, a quien vuestra Santidad, por intercesión y ruegos del mismo Rey hizo tantas mercedes, como todos sabemos, y fue tan amado suyo, que le encomendó su único hijo nuestro Príncipe don Jaime: el mismo convertido de muy amigo y privado en enemigo cruelísimo, salió al campo con ejército formado, y no solo osó acometer al ejército real, pero con desenfrenado furor mató al mismo Rey nuestro, de quien poco antes Vuestra Santidad, había coronado de corona Real, y con esas sacrosantas manos consagrado por Rey. Por cuya muerte súbita, y de otros principales señores que con él murieron, quedan las cosas de la corona de Aragón tan confusas, y tan
divisos entre si los reynos, que si con brevedad no se atajan tantos inconvenientes, sin duda vendrán (vernan) a total perdición y ruina. Ansí por la gran parcialidad que por si hacen don Sancho tío del Rey, y don Fernando el hermano, que pretenden la sucesión: como por los principales capitanes de los reynos, que con el poder del ejército real, y con la mayor parte de los pueblos, les contradicen. Los cuales para más quietud de todos, piden al Príncipe don Jaime por Rey, porque lo tienen por legítimo Señor y verdadero sucesor ab intestato. Pues la separación y divorcio que el Rey hizo con la Reyna nuestra señora, que la otra parcialidad alega para anular el matrimonio, y legítima sucesión del Príncipe, ya por sentencia dada por vuestra Santidad fue condenada, y dado el matrimonio y sucesión por buenos. Y así la suma de nuestra embajada es, suplicar a vuestra Santidad mande al Conde Monfort restituya luego al Príncipe don Jaime a los generales del ejército real, para jurarle por Rey, antes que el mismo Conde, temiéndose que los nuestros le han de perseguir, más por vengar la muerte del Rey, que por cobrar al Príncipe, se junte con don Sancho, y don Fernando, para arruinar al dicho Príncipe: pues sabemos está el Conde tan obligado a esta Santa Sede Apostólica que no dudamos hará luego lo que por vuestra Santidad le fuere mandado: donde no, la resolución de los del ejército es, no solo hacerle cruel guerra en todos sus estados, pero tenemos expresa comisión, para que capitán don Pedro Ahones nuestro colega, que aquí está presente, le desafíe, y repte de rebelde y fementido. Mas porque consideramos, que llegar a estos términos rigurosos, sería dar en mayores inconvenientes, para total perdición de los reynos, y mayor daño de nuestro Príncipe, suplicamos a vuestra Santidad por la obligación en que Iesu Christo le ha puesto en su lugar para mantener en todo amor y concordia su pueblo Christiano, mande se nos restituya en paz el Príncipe: para que por tan gran beneficio y merced, los reynos y todos quedemos obligados no solo a rogar a nuestro Señor por la vida y continua felicidad de vuestra Santidad, pero aun para mejor conservarnos en la firme y perpetua obediencia que a esta santa Sede debemos.
Acabada de explicar con lágrimas la embajada, el sumo Pontífice consoló benignamente a los embajadores, encareciendo, lo mucho que había sentido la primera nueva que tuvo de la muerte del Rey, Príncipe tan valeroso y esforzado, pues hallándose tan perseguido de sus enemigos, y no siendo socorrido de los suyos en la batalla, quiso más hacer rostro, y morir, que con mengua de su honra volver las espaldas, puesto que no dejara de atribuirle alguna culpa: y dar por causa de sus infortunios y males, el haberse apartado y hecho divorcio con la Reyna doña María: y no menos por no haber obedecido su sentencia. Mas que no por eso dejaría de hacer toda honra al muerto, a quien si fuera viudo, por ventura no la hiciera. Y que tendría muy especial cuidado en hacer restituir al ejército y Reynos a don Iayme su Príncipe para jurarle por Rey. Demás desto alabó mucho a los grandes y capitanes del ejército Real, por la fiel obediencia y afición con que pedían a su Príncipe. Y para esto les mandaba reuniesen buen ánimo, y perseverasen en su fidelidad, porque no dejaría de darles todo favor y ayuda con gente y dineros hasta que le pusiesen en posesión de todos los reynos y señoríos de su padre. Finalmente, después de haber tenido en mucho la obediencia dada por los reynos a la sede Apostólica, y alabado a los embajadores por el trabajo y paciencia de tan largo y fatigoso camino, mandoles se detuviesen algún tiempo en Roma, hasta que les diese su bendición, y respuesta.

Capítulo III. Que por el Concilio provincial que tuvo el legado en Mompeller, fue investido el Condado de Tolosa al Conde Monfort, y entregó al Príncipe don Iayme al Legado.

En este medio que fue la rota y muerte del Rey, Bernardo Cardenal Benaventano, era venido legado de la sede Apostólica a la provincia de Guiayna, por remediar tantos movimientos y aparatos de armas que en ella se hacían, para total destrucción de la provincia: los cuales nacían de la guerra que poco antes había hecho el Conde Monfort, general del ejército de la iglesia, contra los herejes y
fautores de la herejía que se levantó en la ciudad de Albi de la misma provincia, según que en el precedente libro se ha dicho. Para esto convocó el Legado concilio provincial en la ciudad de Mompeller, en el cual se congregaron los Arzobispos de Narbona, Aux, Arles, Ebrun, y de Acs, con xxviij. Obispos, y otros muchos Abades, y Priores de toda la provincia. Por los cuales fue condenada la herejía de Albi, y determinado que la ciudad de Tolosa fuese adjudicada a la iglesia con todo el condado, por haber sido la condenación hecha contra el Conde en este concilio poco después confirmada por el concilio Lateranense. Y así, por la buena diligencia que el Conde Monfort había usado en proseguir la guerra contra los de Albi, el concilio provincial le concedía la conquista y aprehensión de Tolosa, la cual con el condado prometían darle en perpetuo feudo, haciendo decreto sobre ello, con tal que la santa sede Apostólica, y sumo Pontífice lo aprobasen, y confirmasen. Por lo cual partió luego para Roma el Arzobispo de Ebrun, enviado por el legado y concilio: y como llegó allá, y entendió el Papa lo que contenía el decreto, luego lo aprobó y confirmó, con tal pacto y condición que el concilio mandase al Conde, ante toda cosa, que pusiese en libertad al Príncipe don Iayme hijo del Rey don Pedro a quien tenía en su poder, y lo entregase a los generales del ejército real de Aragón y Cataluña, para que le alzasen por Rey. Como esto lo prometiese cumplir, y diese por hecho el Arzobispo, el Pontífice mandó llamar a los embajadores del ejército, y certificándoles como el Conde Monfort restituiría al Príncipe, les dio su bendición y mandó se volviesen con el Arzobispo. El cual llegado a Mompeller, como propusiese ante el concilio la confirmación del decreto, con la condición impuesta (apuesta) por el Pontífice, el Conde la aceptó. Luego el Cardenal Legado, concluido el concilio, se partió con el Conde para la ciudad de Carcassona, donde hacía (había) ya dos años que tenía muy bien guardado, en compañía de muy buenos ayos y maestros al Príncipe don Iayme: al cual holgó en extremo ver el Legado, por lo que el niño, con muy evidentes muestras y señales de valor, descubría lo que había de ser. Y luego acompañado de la gente de guarda del Conde se pasaron a la ciudad de Narbona, a donde ya eran llegados muchos señores principales de Cataluña con los síndicos de las ciudades y villas Reales, quien el Legado después de haberles tomado juramento de homenaje y fidelidad por el Príncipe, que tenía poco más de seis años, se les entregó. Estaba entonces en compañía del Príncipe su primo hermano don Ramón Berenguer, hijo y heredero universal del Conde don Alonso de la Provenza, y de aquella mujer de Marsella con quien se casó por amores, según en el precedente libro está dicho, y muerto el Conde y la madre, como don Ramón quedase pubillo, los gobernadores del condado le enviaron a Carcassona donde estaba el Príncipe don Iayme su primo, para que se criase con él, y le trajesen (truxesen) a Cataluña, por lo mucho que los dos, siendo casi de un mismo tiempo y edad, y criados juntos, entre si se amaban. De manera que habiendo entrado el Príncipe con el Legado en Cataluña, y andado por las villas y ciudades con mucha alegría y aplauso de todos: despachando de paso, con la autoridad y consejo del mesmo Legado muchos negocios que tenían necesidad de asiento, llegaron a Barcelona, ciudad grande y antigua, cabeza del Principado de Cataluña, tierra
bien abastecida de todas cosas, y con los cumplimientos que adelante se contarán de ella: en la cual fue recibido con muy grande magnificencia de los ciudadanos. Y porque luego acudieron muchos negocios de todo el Principado, señaladamente de algunos pueblos de la montaña que se habían alzado con algunas libertades contra la corona Real, fue necesario parar allí un poco tiempo, y con el consejo del Legado volver muchas cosas a su lugar y asiento.

Capítulo IIII (IV). De las Cortes que se comenzaron en Lérida, donde fue el Príncipe jurado por Rey, y por su tierna edad encomendado al Comendador Monredon en la fortaleza de Monzón.

Pareció al Legado y grandes de los Reynos que por haber venido y venir de cada día, de las últimas partes de Aragón muchas gentes con deseo de ver al Príncipe, que por mayor comodidad de los dos reynos, se convocasen cortes generales en Lérida, por ser ciudad de las más antiguas y principales de Cataluña puesta en los confines de Aragón a la ribera del río Segre, y muy abastada de todas cosas, señaladamente de pan, por estar junto al campo de Urgel que es de los fertilísimos del mundo. Llega después el plazo de las cortes, el Príncipe con el Legado entraron en Lérida; donde fueron del pueblo principalmente recibidos. Lo primero que por orden de las corres se hizo fue deshacer los Sellos del predecesor (como lo acostumbran los que comienzan a reynar) y usar de los que ya a la entrada de Cataluña de nuevo se hicieron. Comenzaron a tenerse las cortes con la asistencia del Legado, y de don Aspargo Arzobispo de Tarragona, cercano (
propinquo) pariente del Príncipe, y del antiquísimo linaje de la Barcha, con los demás Prelados y grandes de los dos reynos por su orden, y con los síndicos de las ciudades y villas reales, cuyos poderes bastantísimos se leyeron.
Solo faltaron don Sancho, y don Fernando, porque toda su esperanza de poder reynar ponían en las distensiones y discordias que ellos habían sembrado, pensando nacerían de las cortes ocasiones para más engrandecer su parcialidad. Pero el señor del mundo que lo rige todo, proveyó en que no hubiese cortes que con más unión y conformidad se celebraren que aquellas, para todo beneficio del Príncipe. Y así acabo el Legado con todos, que sin dificultad jurasen al Príncipe por Rey, y que la obediencia y juramento de homenaje se diese en voz alta, alzando muchas veces las manos diestras, mientras el juramento se leyese, como lo hicieron: teniendo todo aquel tiempo el Arzobispo don Aspargo al Príncipe en sus brazos para que lo viesen todos: y se hizo ley que el juramento de homenaje de allí adelante se prestase a los Reyes, con aquellos usos y ceremonias, siempre que tomasen la posesión de sus reynos.
De ay, considerando la tierna edad del Rey, ser inhábil para regir, determinose con la buena industria del Legado, que para mayor guarda y seguridad de la persona y vida del Rey, fuese encomendado a algún hombre grave y de confianza, que le tuviese en guarda por algún tiempo, y le criase e instituyese con la disciplina y buena educación a tan alto Príncipe se requería, en tanto que las cosas del reyno se asentaban para lo cual no se halló otra persona más conveniente, que don Guillen Monredon caballero Catalán natural de Osona, y vicario del gran Maestre del Hospital en los reynos de la corona de Aragón. El cual poco antes (como está dicho) había hecho con los demás la embajada al sumo Pontífice, y era persona de muy gran valor y confianza, de mucha experiencia y destreza en armas. Demás de ser hombre de letras, para que mejor pudiese instruir al Rey en cosas de paz y guerra, con las demás reales virtudes, sobre todo para encaminarlo en los ejercicios de la milicia, por estar en aquellos tiempos todo el ser y fuerza de los Reyes puestos en la tutela y amparo de las armas, de las cuales el Rey tanto se valió. Fueron los que más pretendieron este cargo, don Sancho y don Fernando, como más propinquos parientes del Rey, y con grande instancia procuraron haberlo para si, pero no se les concedió, por la contradicción que el Legado y principales de los Reynos les hicieron. Por esta causa se confirmaron en la elección hecha de la persona de Monredon (Monredó), a quien el Legado encargó mucho guardase sobre todo la persona del Rey de las acechanzas (asechanças) de don Sancho, y don Fernando: porque de verse excluidos de su pretensión armaban, contra la persona Real muy a la descubierta. Y así hecho el juramento por Monredon, le fue luego entregado el Rey para tenerlo en la fortaleza y castillo de Monzón (Monçó) que era muy fuerte y capaz, con buena guarnición de gente de guarda. Encerrose juntamente con él su primo don Ramón que era de edad de nueve años, entrando el Rey entonces en los ocho. Con todo esto se determinó, que durante el tiempo que el Rey estuviese en guarda, por su poca edad, el Conde don Sancho por su autoridad y años, fuese gobernador general de los dos reinos.


Capítulo V. Que la reina doña María murió en Roma, y del testamento que hizo, y cuan encomendado dejó al Príncipe su hijo al Pontífice, el cual le tomó debajo su amparo.


Por este tiempo la Reyna doña María que dejamos en Roma, cansada de tantos trabajos, que padeció con las persecuciones del Rey su marido y de sus hermanos, aunque con su buena justicia y razón (como está dicho) al fin triunfó de todos, adoleció de una muy grave dolencia, de que murió: acabando sus días santísimamente, en tiempo de Honorio III Pontífice, al cual encomendó mucho a su hijo el Príncipe don Iayme, rogándole lo recibiese debajo su protección, y de la santa sede Apostólica: por cuyo consejo hizo testamento, y dejó al Príncipe su hijo heredero universal, con la señoría de Mompeller y su estado. Con tal que si moría fin hacer testamento, sustituya con iguales partes a Matilda y a Petronia hijas suyas, y del Conde de Comenge, sin hacer mención alguna de los hermanos bastardos. Lo cual, así como por su gran bondad y santidad de vida, fue siempre por los Pontífices muy estimada en vida y tratada como Reyna, así también después de muerta, se le hicieron las exequias y honras reales con aquella suntuosidad que a Reyna y madre de tan principal Rey se debían. Fue su cuerpo sepultado en el Vaticano, en la iglesia de sant Pedro, al lado del Sepulcro de santa Petronila, como la historia del Rey lo afirma. Hecho esto, el sumo Pontífice por cumplir la voluntad de la Reyna, tomó debajo su protección y de la sede Apostólica, al Príncipe don Iayme y a sus Reynos de Aragón y Cataluña, con el Principado de Mompeller, y los demás reynos y señoríos que en lo porvenir se recreciesen a la corona de Aragón, Sobre ello escribió al mismo Bernardo Cardenal Legado, de quien hemos hablado, mandando que a don Iayme, a quien por ruegos de la Reyna su madre había tomado debajo su protección, y de la sede Apostólica, y a todos sus reynos y señoríos, le defendiese y favoreciese en toda ocasión. Y así el legado nombró por principales consejeros del Rey niño, y como tutores, para siempre, que saliese de la fortaleza de Monzón, a don Aspargo Arzobispo, a don Ximeno Cornel, a don Guillen Cervera, y a don Pedro Ahones, hombres principales los dos reynos, y de gran gobierno. Con esto el Legado, dejando por acá muy gran fama de sabio y prudentísimo, se volvió a Roma.

Capítulo VI. Como andaban los reinos en perdición por el mal gobierno, y que se otorgó el tributo del bouage, y trató de sacar al Rey del castillo, de donde se salió antes el Conde don Ramón.


Como el Rey estuviese en poder de Monredó en la fortaleza de Monzón, se seguían cada día grandes novedades y divisiones en los dos reynos, por la inquietud de don Sancho, y don Fernando, que nunca perdían sus intentos de reinar, y por su respecto todo era parcialidades, y bandos entre la gente vulgar, la cual con esta ocasión vivía muy disoluta. Demás que las
alcaualas y rentas reales habían venido tan al bajo, y era tan poco el tesoro del Rey, que apenas había para mantener su persona y guarda. Causábanle esto don Sancho y don Fernando, que el uno como gobernador, y el otro como tan propinquo del Rey, se aprovechaban de las rentas reales, sin haber quien les fuese a la mano. También tuvo principio este daño de los desmadrados (demasrados) y excesivos gastos que el Rey don Pedro hizo con sus jornadas y empresas hasta empeñar el patrimonio Real: en tanto que por la mayor parte las rentas reales estaban consignadas a los Iudios y mercaderes, cuyos logros las consumían. Por manera que aun no había para pagar los estipendios y salarios a los oficiales reales, ni a los gobernadores y ministros de la justicia: y por esto defraudados de sus salarios, tomaban dádivas y presentes, y comenzaban a hacerse cohechos, poniendo en venta la justicia y judicaturas. Lo cual considerado por los prelados, y principales hombres de Cataluña, junto con los grandes escándalos y rebeliones que de esto se podían seguir, determinaron de advertir de ello a los pueblos, y que no había otro remedio para tantos males, sino conceder al Rey el tributo del Bouage, que (como está dicho) era un tanto que se pagaba por cada junta de Bueyes, y cada cabeza de ganado mayor y menor, y por los bienes muebles cierta suma, la cual se fue variando conforme a los tiempos. Este tributo había sido tres veces concedido al Rey don Pedro. La primera para los gastos de la guerra que hizo en compañía del Rey de Castilla contra los moros del reyno de Toledo, cuando se cobró Cuenca; la segunda cuando se ganó la batalla de Vbeda contra doscientos mil moros; la tercera para ayuda del dote de tres hermanas que el Rey casó. Mas viose manifiestamente que todas aquellas necesidades pasadas no igualaban con la presente; que se había de emplear en sacar de extrema necesidad la persona del Rey, por cuyo encerramiento padecía el Reyno todo mal gobierno. Entendido esto por los pueblos de Cataluña, no contradijeron a la demanda, sino que con grande diligencia reunieron (colligieron) el tributo y lo pagaron: así por sacar al Rey de necesidad, como por atajar la rebelión y tiranía que ya se entreoía. Porque el mismo don Sancho, cuyo ánimo siempre fue de acumular gran thesoro para sacar al niño Rey de la vida; tomaba por principal medio de su designo, traer al reyno a toda necesidad y estrechura de dinero. Pues con el largo encerramiento del Rey, y la mucha autoridad y crédito que con el cargo de gobernador había ganado: además de las mercedes que a unos y a otros había hecho por granjear a muchos: también porque don Fernando tiraba a lo mismo: llegó el negocio a tanto, que la mayor parte de los principales del Reyno de Aragón ya eran casi de un acuerdo con ellos. Aunque con todo eso no saltaron otras personas principales del mismo reyno, temerosas de Dios, y de muy gran valor y estado, que tomaron por propria la querella del Rey, y se pusieron a defender su persona y derechos. Porque confiados del buen socorro de dinero que al Rey se había hecho con el servicio del Bouage para su mantenimiento y refuerzo de guardia, se pusieron en armas, con público apellido de servir al Rey. Señaladamente don Pedro Cornel, y don Valles Antillon Aragoneses, mozos de grande valor y prendas, por ser en linaje y armas muy ennoblecidos. A los cuales como don Ximen Cornel pariente de ellos, hombre anciano y muy aventajado en consejo y estado, viese también intencionados y determinados al servicio del Rey, de nuevo los exhortó y confirmó en su buen propósito, para que animosamente saliesen a la defensa del Rey y Reyno, contra la soberbia y tiranía que ya se les entraba por casa. Porque de los efectos, y modos de gobernar de don Sancho, y del trato de don Fernando, fácilmente se podía conjeturar, como por cualquier de ellos que llegase a reinar, le había de seguir una intolerable y cruel tiranía para todos: que por eso convenía mucho que el Rey saliese de su fortaleza, antes que alguna de las parcialidades se adelantase a sacarle de allí, para privarle del reyno, y de la vida, lo cual ya secretamente maquinaba la de don Sancho. Y que sin duda, salido el Rey afuera a vista de los pueblos, y teniendo a ellos dos a su lado, las parcialidades se desharían y desaparecerían, como suele deshacerse la niebla con la presencia del Sol. Y sería de esta salida lo mismo que poco antes había sido del Conde don Ramón, el cual saliéndose de la misma fortaleza para ir a la Provenza, que toda estaba en armas, y medio rebelada contra él, luego que entró en ella, y le vieron los suyos, se apaciguó toda, y cesó el motín. Mas porque sin quebrar el hilo de la historia, digamos lo que cerca de esto pasó. Fue así, que por ese tiempo estando alterada la Provenza, un principal caballero de ella escribió al Conde don Ramón, cómo las cosas de su condado andaban tan revueltas y alborotadas, que si no se daba prisa a venir a remediarlas con su presencia, llegarían a total ruina. Por tanto le encargaba que en recibiendo sus cartas se saliese de la fortaleza, y siguiendo al mensajero, se fuese derecho para Tarragona, donde hallaría ya en el puerto de Salou un bajel (vaxel) bien armado, que le pondría (pornia) muy en breve en Marsella. Con esta nueva se alegró mucho el Conde, porque le sabía mal tan larga clausura, y mostró las cartas al Rey, pidiéndole parecer y consejo sobre su ida. El Rey que no tenía menos deseo que él de salirse, comenzole mucho a animar y a consejar que tentase la salida, pues por el beneficio y reparo de su estado y república, tenía obligación de aventurar su persona y vida. Y aunque sentía mucho quedar sin su compañía, lo tomaría en paciencia, porque asegurase sus cosas. De manera que siguiendo el parecer del Rey, don Ramón, mudado de hábito, dos meses antes que el Rey se saliese de la fortaleza, de noche, sin ser visto de las guardas, y puestos él y Pedro Auger su maestro en sendos caballos, se fueron guiados por el Provenzal que trajo (truxo) las cartas, y sabía muy bien los pasos de la tierra . Caminando pues toda la noche, al alba, pasaron por Lérida, y de ahí la noche siguiente llegaron al puerto de Tarragona, donde hallaron la galera que les aguardaba. Embarcados en ella con próspero viento, a remo y a vela, por horas llegaron al puerto de Marsella: y con la nueva que luego se divulgó de su llegada, la tierra se quietó, y quedó don Ramón pacífico posesor de todo el Condado.
Capítulo VII. Como los de la parte del Rey le sacaron de la fortaleza, y a pesar de la gente de don
Sancho, pasó a Huesca, y de allí a Zaragoza, y se apoderó del Reyno.

Fue grande la alteración que el Conde don Sancho recibió cuando supo de la salida del Conde don Ramón, porque entendió que el Rey haría luego lo mismo, y así a mucha prisa hizo un buen escuadrón de gente de a caballo, y lo puso casi a la vista de Monzón. En este medio don Ximen Cornel, con los dichos don Pedro, y Valles Antillon, que fueron los que más se señalaban contra
don Sancho por parte del Rey, ayudados por la mayor parte de los que seguían el bando de don Fernando, que enfadados de la soberbia de los que seguían a don Sancho, poco a poco se iban allegando a la parte del Rey: todos juntos con el Arzobispo de Tarragona, y don Guillen Obispo de Tarazona, don Pedro Azagra señor de Albarracín, y don Guillé de Mócada, prometieron amparar
al Rey, y fueron de propósito a hablar a Monredon a Monzón: al cual significaron los grandes daños y trabajos que de cada día padecían los reynos por el mal gobierno que tenían, a causa que el Conde don Sancho se lo usurpaba todo, y no atendía fino a engrandecerse y formar ejército, a efecto de matar al Rey y alzarse con todo. Y como este mal no se podía atajar por otro mejor medio, que con manifestar la persona del Rey a los pueblos, convenía en todo caso sacarle de la fortaleza: pues tenía a punto muy gran golpe de gente de a caballo con sus personas, que bastaban no solo para muy bien defenderle, mas aun para pasarle por medio de sus enemigos, hasta ponerle
en salvo en Huesca y Zaragoza: a donde los pueblos cansados del yugo y mal gobierno de don Sancho, viendo al Rey, fácilmente convertirían a su devoción y obediencia. Oído esto por Monredon, y referido al Rey, respondió con grande ánimo, que estaba muy aparejado para seguir todo aquello que por los principales de su bando le sería ordenado. Con esto fue luego sacado de la fortaleza, donde había estado encerrado treinta meses continuos, con haber pasado toda su niñez sin ningún regalo, antes con trabajos y paciencia. Como entendió el Conde don Sancho que con el favor de algunos principales de los dos reynos, y del bando de don Fernando, que por hacerle tiro, se había juntado con ellos, habían sacado al Rey de la fortaleza y le defendían, se determinó clara y descubiertamente mostrarse enemigo formado de él y perseguirlo. Y así movido de cólera, en presencia de los que con él se hallaban, dijo del Rey, y de los que le seguían con palabras orgullosas y de mucha confianza. Entiendo que el Rey se ha salido de la fortaleza a mi despecho, y con el favor de los de su bando, quiere pasar a Cinca, y entrar en Aragón: doy mi palabra, de cubrir de escarlata toda la tierra que él y los que con él vinieren hollaran de acá de Cinca. Señalando la gran carnicería y derramamiento de sangre que había de hacer de todos. No faltó quien estas palabras relató ante el Rey y los suyos, al tiempo que salía de Monzón, y quería pasar la puente: y más, que el Conde le aguardaba con gente y mano armada en Selga pueblo junto a Monzón. De esto tomó el Rey tanta cólera, no siendo de diez años cumplidos, aunque harto mayor de cuerpo de lo que la edad requería, que en la hora saltó del caballo, y tomó de un caballero una cota de malla ligera, y con tanta presteza y ánimo se preparó para la pelea, que a todos puso espanto: y sin más consulta, mandó pasasen adelante, y él subido en su caballo se puso de los primeros, para encontrar con los enemigos. Mas el Conde, o movido de Dios, o refrenado por la reverencia real, súbitamente se apartó de su mal propósito, y quitó su gente del paso, dejando ir al Rey con su compañía fin ningún estorbo. De suerte que pasando el Rey por la villa de Beruegal, llegó a Huesca principal ciudad del Reyno como adelante diremos: a donde fue recibido con grandísima alegría y contento de todo el pueblo, admirados de su tan hermoso aspecto y formada proporción de cuerpo, debajo tan tierna edad. Detúvose poco allí, y porque así convenía, pasó a Zaragoza, donde le aguardaban ya de concierto los Prelados de las iglesias, y ricos hombres, con otros muchos caualleros del Reyno, y síndicos de algunas ciudades que secretamente seguían el bando del Rey: pero las más se tenían al
de don Sancho. Y como es aquella ciudad cabeza de todo el reyno, grande y llana, y bien provista (proueyda) de toda cosa por lo cual mereció el nombre de harta, además de ser muy adornada de suntuosos y bien labrados edificios entre todas las de España (como adelante diremos) mostró bien su grandeza y poder en la nueva entrada del Rey: la cual se hizo muy espléndidamente, con juegos y espectáculos conformes a la edad del Rey, para que gustase de ellos.


Capítulo VIII. Que el rey se hizo luego a los negocios del gobierno, y como repartía el tiempo y de la recompensa que se dio a don Sancho y don Fernando, y de la facultad para batir la moneda jaquesa (Iaquesa).

Andaban las cosas de Aragón por este tiempo, en lo que tocaba al gobierno muy estragadas: porque el Conde don Sancho con la autoridad del cargo, y fin de reinar, lo había todo perturbado: y ni para el provecho del Rey ni para el gobierno del reyno había cosa en su lugar. Por eso fue avisado el Rey que ante todas cosas entendiese a reformar, y restituir la autoridad y poder real en su ser antiguo, arrancando poco a poco las malas raíces que las parcialidades habían echado de rebelión y bandos por todo el Reyno. Y así con el buen consejo de los prelados y consejeros que el legado dio al Rey, se aplicaba muy de veras a los negocios del asiento y pacificación del reino. Porque con la buena institución y orden de vivir que de Monredon había tomado en el repartir del tiempo, parte en ejercicio de armas, parte en el estudio de letras, parte en informarle y saber las cosas que en sus reinos pasaba, salió hábil para toda cosa. Con esto, informado de los bandos y diferencias que entre algunos barones y caballeros del reyno había, no paró hasta que con el consejo de los Prelados los apaciguó y redujo a su devoción y obediencia. Y así de entonces comenzó a tomar a su cargo, no solo el gobierno de la Repub. Mediante buenos ministros, pero las cosas de la guerra: por entender gustaba mucho los pueblos de su gobierno, y bien reguladas intenciones. Asentadas las cosas de Aragón, determinó ir a Cataluña, y pasando por la villa de Alcañiz, llegó a Tarragona ciudad antiquísima, marítima, donde determinadas algunas diferencias, dio vuelta para Lérida, por dar salida a las pretensiones y demandas de don Sancho, y don Fernando, para lo cual había mandado convocar cortes para Aragón y Cataluña. A las cuales vinieron los dos, cada uno por si muy acompañado de los de su bando. El uno por ser confirmado en el cargo de general gobernador, durante la menor edad del Rey, y los dos por pedir recompensa del derecho que pretendían tener a los reinos. A los cuales después de oídas, y vistas sus demandas se respondió, que renunciando primeramente el Conde a la gobernación general en manos del Rey, y también cediendo libremente a todo y cualquier derecho que pretendiese tener a los reinos, en favor del mismo Rey, se le diesen y entregasen por vía de merced, y en honor, según fuero de Aragón, en el término de Zaragoza y Huesca, el Castillo y villas de Alfamét, Almodeuar, Almuniét, Pertusa, Lagunarrota. Que todo el provecho de ellas apenas llegaría a 800.ducados de renta
cada un año. Mas le asignaron quinientos ducados perpetuos sobre las rentas reales de Barcelona, y Villafranca, que todo no llegaba a 1500. ducados de renta, y no replicó más sobre ello. Porque se entienda la rica pobreza de aquellos tiempos: pues bastó esta recompensa, para hacer que don Sancho cediese todos sus derechos y acciones que tenía a los reinos de la corona de Aragón: siendo así que muriendo el Rey sin hijos, lo heredaba todo. También don Fernando por su hábito Eclesiástico fue nombrado Abad del monasterio de Montearagón, en el territorio de Huesca: y para que se tratase más decentemente, como quien era, se aplicaron muchos lugares comarcanos quedando hecho collegio de Canónigos, reglares de la orden de S. Agustín, de los más principales y bien dotados de Aragón. Con esto acabó en ellos su demanda, y a actió a los Reynos de Aragón y Cataluña, aunque su apetito de reinar, como adelante veremos, fue siempre creciendo. Finalmente se concluyó en estas cortes, se batiese moneda de nuevo, y que la moneda jaquesa que había primero batido el Rey don Pedro, la confirmase el Rey, y diese por buena: y que se obligase a hacerla siempre valer debajo de una ley y peso. 

Montearagón
Castillo de Montearagón



Capítulo VIIII (IX). De la Religión y orden de nuestra Señora de la Merced para la redención de cautiuos Christianos.

Concluidas las cortes, el Rey volvió a Barcelona, adonde entendió en fundar e instituir la religión y orden de nuestra Señora de la Merced, cuyo apellido tiene hoy en día, y su regla es debajo la de S.
Augustin, con cargo y obligación de rescatar cautivos Cristianos de manos y poder de los infieles moros: no solo aquellos que por la mar fuesen cautivados por los corsarios, pero también los que por tierra eran salteados y presos por los moros del reyno de Valencia, con las ordinarias entradas y cabalgadas que hacían en los reinos de Aragón y Cataluña sus vecinos. Y esto, porque los cristianos presos atemorizados con los tormentos y miserable servidumbre que padecían, no renegasen la fé cristiana. El primer convento y casa de esta religión fue fundada en la ciudad de Barcelona, donde quiso estuviese la cabeza y asiento de la religión por ser marítima y puesta a la lengua del agua, para más presto saber de los que eran cautivos, y aparejar el rescate de ellos. De allí se extendió luego por los dos Reinos, y mandó el rey edificar muchos conventos y casas, y dotarlas de posesiones y rentas, con que las casas y religiosos se sustentasen suficientemente, y de lo que sobrase, con lo que se recogiese de limosnas (que se cogerían muchas) se hiciese la redención. Y más que de los mismos religiosos cada año se eligiesen algunos que llamasen Redentores, con fin que habido salvoconducto de los moros, pasasen a Berbería en la África, donde los más pobres y necesitados cautivos fuesen primero redimidos. Y porque más pía y cristianamente mirasen por ellos: además de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, que votan como las otras religiones, a esta se le añadió el cuarto de seguridad o fianza, es a saber, que si andando redimiendo, faltase el dinero para algún cautivo muy necesitado, de quien se podía creer, que no saliendo luego, renegaría la fé, este fuese el primero que se redimiese, y se pusiese en salvo: y si para este faltase el dinero, quedase el frayle redentor en rehenes por él hasta que por los de la religión fuese proueydo del dinero. Dióseles a estos religiosos el hábito con el escudo de las divisas reales, que fueron las armas antiguas de los Condes de Barcelona, una Cruz de plata en campo roxo, que también es la insignia que trae la iglesia catedral de Barcelona. El hábito fue conforme a las otras órdenes, de Cogulla por saco de penitencia, vestiduras blancas, así para hacer limpia y cándida vida, como para que en lo que tocase al trato de la redención usasen de puridad, y llevasen su conciencia limpia de toda ambición y avaricia. Fue esta religión intitulada de la Merced (la cual voz en lengua Española no significa, como en la Latina, premio o precio, o paga de jornal, sino lo mismo que especial don, o gracia) porque así como el extremo de las miserias es la cautividad y servidumbre, señaladamente la que se pasa enatahona y con hierros: así a este tal como esclavo aherrojado, y privado de la libertad de cuerpo y espíritu, por estar entre infieles, no se le puede dar mayor don y merced que redimir su persona, y restituirle su libertad de espíritu, que es como salvar cuerpo y alma todo junto. De esta libertad careció en alguna manera el Rey en su tierna edad, estando como preso, por más de cuarenta meses, no sin muy evidente peligro de su vida, así en Carcassona en poder del Conde Monfort, del cual se podía creer, que pensaría no pocas veces en matarlo, porque salido de su poder, no procurase de vengar la muerte del Rey su padre con perseguir al matador: como también en la fortaleza de Monzón en poder de Móredon, cercado de la mala voluntad y ánimo de don Sancho, y don Fernando, sus tíos, que por reinar ellos le maquinaron muchas veces la muerte. Y por librarse de tantos peligros se había encomendado a la gloriosísima madre de Dios, y realmente votado siempre que fuese restituyendo en su libertad, fundaría esta orden para redimir cautivos, no menos necesitaría en la yglesia de Dios, que la contemplación, como de la acción que en esta vida son necesarios. Tiene fé por cierto que un insigne varón natural de Francia llamado Pedro Nolasco, muy conocido del Rey cuando niño, le indujo a fundar esta religión, y dio la traza para ello, y fue el primero que tomó el hábito de ella por manos de Fray Raymundo Peñafort de la orden de Predicadores: porque también esta orden, con la de los menores, pocos años antes fueron instituidas. Mas por haber sido las dos tan favorecidas del Rey hablaremos de ellas en el capítulo siguiente.

Capítulo X. Que por el mismo tiempo se fundaron las religiones de Sant Francisco y Sant Domingo, en Italia, y como el Rey las introdujo en sus reinos y les edificó conventos.

Algunos años antes que se instituyese la orden de la Merced, por gracia de nuestro señor, se instituyeron y fundaron otras dos compañías y órdenes de religiosos, llamadas la una de frayles Menores, la otra de Predicadores, con el apellido de sus patriarcas y fundadores, Domingo de España, y Francisco de Italia, ambos varones santísimos, y grandes imitadores de los sagrados Apóstoles y discípulos de Cristo nuestro señor. Fueron las dos órdenes con sus reglas, por los sumos Pontífices no solo aprobadas y confirmadas, pero aun canonizados por santos los autores y fundadores de ellas. Estas se instituyeron en tiempo que el pueblo Cristiano, ya que no era perseguido de tan crueles y con condenadas herejías, como por nuestros pecados lo está en estos tiempos, se hallaba tan cubierto, y rodeado de tantas y tan malas yerbas de superstición, avaricia, soberbia, y disolución de vida, que parecía andaba la verdadera religión cristiana tan deslustrada, y el vivir de la gente tan suelto, que causaba muy grande lástima y escándalo a los buenos. Por esta causa la bondad y providencia divina, que siempre acude a las mayores necesidades, y como sumo médico sana las dolencias más incurables de su pueblo Cristiano, envió por celestial don al mundo, dos santos varones, como dos esclarecidas lumbreras, para que con su resplandor no solo alumbrasen al pueblo ciego, pero aun con su divino calor consumiesen sus pestilenciales humores de avaricia y soberbia, y de ignorancia y glotonería: porque de esto anduvieron por entonces las almas muy enfermas e inficionadas. Y así los dos movidos por el espíritu santo, repartieron entre si el reparo del mundo de esta manera. Que el excelente y modesto doctor sant Domingo, tomó a su cargo sanar con la medicina de su regla y orden, la ignorancia y glotonería: la primera, que es madre de todos los errores, con el estudio y continua lección (licion) y predicación del santo Evangelio: la segunda, que siempre mueve la carne contra el espíritu, con la perpetua abstinencia, e instituto de no comer carne. Por otra parte S. Francisco se aplicó todo a la cura de las dos obras no menos pestilenciales dolencias soberbia y avaricia. A la primera, porque no habiendo cosa más odiosa a Dios, ni contra quien con más furia parece que desenvaina la espada de furia (fuyra), que contra los soberbios: acudió con su ejemplo de grande humildad è inocencia de vida: la otra, que es la raíz de todos los males, sano con menospreciar por Dios, y dar de mano a todas las riquezas, y herencias del mundo. A estas dos religiones sobrevino la que el Rey fundó de nuestra señora de la Merced (como hemos dicho), para medicina y preservación de las almas, contra la más cruel y más desesperada enfermedad que haber puede en un alma Cristiana, como es renegar la fé santa de Christo en la cautividad de infieles. Por donde merece esta religión con muy justo título, y loor de este tan pío y católico Rey, ser contada entre las otras cosas por muy igual a todas, pues tiene la misma aprobación y confirmación apostólica, y con su cuarto voto remedia y socorre a lo más contrario de la salvación humana. Fue pues para el Rey muy gran triunfo que esta religión acertase a salir en un mismo tiempo, y concurrir con las dos primeras de santo Domingo, y sant Francisco: de las cuales fue tan devoto, que a sus primeros generales venidos de Italia a sus reynos, les hizo tan gran recogimiento, que luego por su mandato, no solo en las dos principales ciudades de Barcelona y Zaragoza, pero en los demás pueblos grandes de la corona de Aragón, se les edificaran conventos y casas suntuosísimas, y de ahí discurrieron por toda España, adonde han fructificado tanto para la iglesia de Dios, que por haber perseverado con la misma religión, ejemplo de vida, y católica doctrina que comenzaron, son de las muy aventajadas religiones de todas.


Capítulo XI. Que por los alborotos que se levantaron en los reynos de Sobrarbe y Ribagorza, llamó el Rey a cortes en Huesca, y pasó a ellos, y los apaciguó con su presencia.

Apenas eran pasados seis meses después de concluidas las cortes de Lérida, cuando fue luego necesario convocar otras en la ciudad de Huesca que está cercana a dos reynos antiguos de Aragón, los primeros que por los Cristianos fueron conquistados de los moros, y se llaman Sobrarbe y Ribagorça, con el val de Aspe. Los cuales como están muy conjuntos a Francia y provincia de Guiayna, metidos en lugares muy ásperos y barrancosos, así conforme a ellos se crían allí los hombres agrestes y fieros contra sus enemigos, por estar en la frontera de Franceses, y que de las diferencias que suele haber entre los Reyes, vienen también los vasallos a tenerlas entre si muy grandes. Lo que es argumento de mayor fidelidad para con sus Reyes. Fueron estos reynos poco antes de la muerte del Rey don Pedro empeñados por el mismo a don Pedro Ahones, ayo del Rey, por cierta suma de dinero que le prestó, reservándose la jurisdicción criminal hasta que de las rentas de ellos fuese pagada la deuda. Y como deseaste volver al Rey y sobre esto, a causa de las dos parcialidades del Conde don Sancho, y don Fernando, estuviesen entre si divisos y alborotados, apasionándose hasta perder la vida, por quien no conocía: tomose por el pidiente que el Rey mismo en persona fuese a apaciguarlos, pues según costumbre de apasionados, era cierto que todos juntos se habían de holgar más de ver el Reyno en poder de un tercero, que en una de las dos parcialidades. Y así partió el Rey para ellos acompañado del Obispo de Huesca, con otros principales, sin don Pedro Ahones, por no estar con él bien los pueblos: y mandó convocar los síndicos de cada villa, en un pueblo comarcano a los dos reynos. Los cuales ajuntados como vieron el rostro de su Rey, y su graciosa y apacible presencia, y más su afabilidad, se le aficionaron todos de manera que sellaron los alborotos desde aquel punto, y para lo demás, oídas sus pretensiones y agravios, con el parecer del Prelado y los de su consejo lo asentó el Rey, y allanó todos de suerte que dejó a todos muy contentos. De esta manera comenzó el Rey sabia y prudentemente a proseguir en su Reynado, tomando por fundamento la justicial, con la cual vino y pudo domar estas fieras de la montaña. Porque así como está en razón que el médico vaya a ver al enfermo para mejor sanarle: de la misma manera conviene do quiere que estuviere turbada y como enferma la Rep. vaya luego al Rey en persona a curarla, para que con su autorizada presencia, quite el odio y rencilla que por alguna falta de justicia queda entre los ciudadanos, y refrene los súbitos movimientos de sus pueblos, antes que de poco vengan a más. Porque acudir la los principios, y remediar con tiempo los malos, no es menos oficio de buen Rey, que de experto y diligente médico. Pues teniendo los Reyes cortes muy a menudo, su autoridad y majestad Real mucho más se estima y engrandece, y puede con su presencia y afabilidad de tal manera conquistar los ánimos de sus súbditos y vasallos, que llegue a gozar de la principal prerrogativa de príncipes, que es no ser menos amados que temidos.


Capítulo XII. De la primera guerra que emprendió el Rey, y fue contra don Rodrigo de Liçana, y como le tomó sus tierras, y libró a don Lope de Alberu, a quien don Rodrigo tenía preso.

Luego que el Rey acabó de concertar y asentar las diferencias que había en los dos reynos de Sobrarbe y Ribagorza ya que descendía de la montaña para Zaragoza, se le ofreció nueva ocasión, para que a los diez años de su edad comenzase a gustar los trabajos de la guerra. Y fue la primera que emprendió por su persona contra un Barón principal del reyno llamado don Rodrigo de Lizana. La ocasión de esta guerra, fue sobre una diferencia que tuvo este con otro Barón llamado don Lope de Alberu, sobre haber sido este muy ultrajado de don Rodrigo. El cual de hecho, sin llamarle a jvicio ni desafiarle como era uso y costumbre entre caballeros, fue con mano armada improvisamente sobre don Lope, y le prendió, y le puso con cadena en su fortaleza de la misma villa de Lizana, y le tomó la villa y fortaleza de Alberu, dando a saco las casas de Moros y Christianos, en muy grande desacato del Rey, y de su corte. El cual como lo entendió por la queja que sobre ello dio don Peregrin Atrosillo, que era yerno de don Lope, y don Gil Atrosillo su hermano,
mandó ayuntar consejo de los principales caballeros que le seguían, y fue común voto de todos, se hiciese rigurosa guerra contra don Rodrigo, y todo su estado, hasta que sacase de prisión a don Lope, y mandase hacerle cumplida recompensa de todos los daños a él causados. Con esta resolución mandó el Rey hacer gente, siguiendo en todo el consejo de sus fidelísimos capitanes, que le quedaron del ejército de su padre. A los cuales pareció entre otras cosas, que era necesario para tomar esta guerra de propósito enviar por un muy grande instrumento de guerra, como Trabuco, que estaba en Huesca, al cual llama el Rey en su historia Foneuol, vocablo Catalán Limosin, que quiere decir honda, o ballestera para tirar piedras muy gruesas: semejante al que antiguamente en tiempo de los Romanos, (como lo refiere Tito livio) usó el cónsul Marco Regulo en África , yendo en la guerra contra los Carthagineses donde para matar una grandísima y desemejada serpiente que estaba cerca de donde asentara su Real, la cual no solo cogía los hombres y vivos se los tragaba, pero aun con solo el huelgo, o aliento los inficionaua y se morían: usó pues de este instrumento y machina, encarándola de lejos hacia donde la fiera estaba, y más se descubría. Y fueron tantas y tan gruesas las piedras que le echaron, que la mataron y enterraron con ellas, llegando ya el Rey con su trabuco y ejército ante la villa de Alberu, la cual aunque la había dejado don Rodrigo con gente de guarnición, como se vio cercar por el Rey tan de propósito, y asentar la machina grande para batirla de hecho, sin más esperar, a tercero día se entregó al Rey, dándose a toda merced, y así fue aceptada, ni se permitió darla a saco. De donde tomadas solamente las provisiones necesarias para el campo, pasó a poner cerco sobre Lizana, hallándose con no más de 250 caballos y 700 infantes. Con estos la cercó por todas partes, por ser pueblo pequeño, puesto que muy fortalecido de muro y armas, y de gente belicosa, así de la villa como de sus aldeas, que se había recogido en ella para defenderla. Era su Alcayde y gobernador Pero Gómez mayordomo de don Rodrigo, hombre harto animoso y criado en guerra, y que la defendió cuanto algún otro pudiera. Pero andando el combate
por todas partes, mayormente por donde el trabuco disparaba, el cual (como el mismo Rey dice) de día echaba mil piedras, y de noche quinientas: al fin se hizo con un tan grande portillo en el muro, que fue luego a porfía por los soldados tentada la entrada: andando el mismo Rey armado entre ellos animando, y metiéndose en medio de los peligros, con harto mayor fervor de lo que su tierna edad requería. Y pues como acudiese tanta gente de la villa a defender el portillo y dejasen las otras partes del muro desiertas, pudieron los del Rey con menos resistencia escalar el muro: y poniéndose en delantera el capitán Pero Garcés con muchos que le siguieron, entró en la villa y con buen golpe de gente llegó a donde el capitán Gómez estaba en lo alto del muro, defendiendo valerosamente el portillo, y con un bote de lanza le derribó de lo alto, y prendió vivo. Con esto los del Rey comenzaron a apellidar Victoria Victoria, y creyendo los de dentro que la villa era entrada por los enemigos, desampararon el portillo, y entrando los nuestros fue la villa saqueada, y muertos todos los que hicieron resistencia. Mandó luego el Rey que fuesen a combatir la fortaleza, la cual muy pronto se dio, y don Lope fue librado de la prisión y cadenas, y entrando el Rey se le echó a sus pies, besándoselos por tan gran merced y socorro, y buscando a don Rodrigo no le hallaron.

Capítulo XIII. Que don Rodrigo se fue a poner en manos del Señor de Albarracín, el cual le recogió para defenderle, y que fue el Rey con el ejército sobre ellos.


Como don Rodrigo, que no estaba lejos del campo en lugar secreto, entendió que su villa con la fortaleza era tomada y saqueada; y también puesto en libertad don Lope, se le aparejaba total destrucción y pérdida de su estado, determinó ausentarse, y salvar su persona, con el favor y amparo del Señor de Albarracín, que se llamaba don Pedro Fernández de Azagra, confiando no menos de su buena fé que de la fortaleza y defensa de su inexpugnable ciudad. Era entonces don Pedro uno de los más principales y poderosos señores del Reyno, y muy valiente guerrero. Porque no muchos años antes, confiando del asiento y puesto naturalmente fuerte de su ciudad, la defendió de los dos campos formados del Rey don Pedro de Aragón, y del Rey don Alonso de Castilla, que vinieron sobre ella: por la contienda que había sobre la jurisdicción de Albarracín, pretendiéndola cada uno para si, y moviéndole sobre ello guerra los dos. Pues como no pudiesen los Reyes sojuzgar a don Pedro, hicieron concierto entre si, y decretaron, que la jurisdicción a ninguno de los dos perteneciese, ni más la prendiese sino que fuese del todo exenta. Mas como no es seguro, no allegarse a una de las dos partes quien tiene en las dos enemigos, determinó el señor de Albarracín, muerto el Rey don Pedro de Aragón, ser de la parte de don Iayme su hijo, que estaba entonces en poder del Conde Monfort, y para que la embajada que se hizo al Papa sobre la libertad * se abreviase, como tenemos arriba dicho, don Pedro y don Español obispo de Albarracín fueron los que más se señalaron en procurarla.
Por esta causa, habiendo mostrado en esto don Pedro lo mucho que se amaba al Rey, dio tanto más que decir de si a todos, maravillándose de él por haber recogido a don Rodrigo, hombre facineroso, rebelde, y tan enemigo del Rey. Bien que no falta quien excuse en esto a don Pedro con la antigua costumbre de los señores y Barones de aquel tiempo, y nuestro, en cuanto a recoger y amparar a los más incorregibles y facinerosos, solo por ser sus amigos: a los cuales no solo sustentaban y mantienen con muy grande liberalidad en sus tierras, pero contra toda razón y justicia se precian de defenderlos. Dicen acaecer esto, porque el tal amigo malhechor y facineroso, haga otro tanto por ellos, y los recoja, y en semejante ocasión y necesidad les defienda, para que con la confianza de tan mala costumbre y guarida, no solo reyne en los dos la ocasión y licencia de pecar, pero aun tengan por gran virtud el defender al pecador: siendo por divina y humana ley determinado (determininado), que ni el pecar por el amigo excusa de pecado. Sabido pues por el Rey que don Rodrigo se había recogido en Albarracín, sintió mucho que don Pedro, profesando tanto su amistad, defendiese a su enemigo contra él. Y por esto tanto mejor se determinó de ir a Albarracín contra los dos: por el buen ánimo que los suyos le daban para pasar esta guerra adelante. Puesto que como el Rey fuese de tan poca edad, andaba entre sus ayos y principales del consejo muy viva la ambición y codicia de mandar, y atraer la voluntad del Rey a sus provechos e intereses. Y aun comenzaban algunos grandes y señores de título a querérsele igualar en el mando, y tenerle en poco. Lo cual entendía el Rey muy bien, porque no faltaba quien se lo representase, y aconsejase lo mejor. Y así determinó con tan justa ocasión hacer guerra a don Pedro, para que en cabeza de este, que era de los más principales del reyno, escarmentasen los demás de su calidad y estado. Para esto mandó hacer gente en Zaragoza, Lérida, y Calatayud, y Daroca, ciudades del reyno, llevando consigo por principales consejeros y capitanes del ejército, a don Ximen Cornel, don Guillen Cervera, Pedro Cornel, Vallès Antillon, don Pedro y don Pelegrin Ahoneses hermanos, y a Guillen de Pueyo. Hizo pues alarde, o muestra de la gente que por entonces se hallaba, que fueron hasta 150 caballos y 800 infantes. Con estos determinó de ir a poner cerco sobre Albarracín, a donde habían de acudir la otra gente que mandaba hacer por las ciudades arriba dichas.


Capítulo XIIII (XIV). Como el Rey puso cerco sobre Albarracín, cuyo asiento se describe, y como fue maltratado su ejército, y alzó el cerco, y don Pedro y don Rodrigo se le humillaron y quedaron mucho en su gracia.

Con tan pequeño ejército como hemos dicho, partió el Rey de Lizana, y llevando delante las máquinas y trabucos, fue a poner cerco sobre la ciudad de Aluarrazin, en lo alto de un monte, de donde solamente se descubría una torre que hoy llama del Andador, que estaba en lo más alto de la ciudad, puesta como en atalaya, porque la población estaba tan hundida, que no había forma de poderla descubrir ni batir, y esta era la mayor fuerza y defensa (defensión) que tenía . Y así pareció que las máquinas y trabucos se armasen y encarasen contra la torre, y se tomasen: porque señoreaba de allí gran parte de la ciudad: puesto que también había en esto gran dificultad, por estar la torre muy fortalecida para semejante batería, y muy guarnecida de gente y armas. Mas porque se entienda el asiento y postura de esta ciudad, y como conforman los hechos con la fama de inexpugnable la retrataremos aquí brevemente. Es Albarracín una pequeña ciudad, puesta en los confines de la Edetania y Celtiberia, ganada de los Moros poco antes que lo fue Teruel su vecina, que no distan seis leguas la una de la otra, lo cual se averigua por un proverbio antiguo, que dice de las dos,
Tener Teruel que Albarracín es fuerte, significando que no desmayasen los de Teruel, pues tenían recurso, como en su alcázar, a la ciudad de Albarracín. La cual está fundada a la descendiente de un monte alto, en medio de la cuesta que da en un valle profundísimo, porque a los lados y por delante está cercada de altísimos montes que a peña tajada, a mañera de muro, la ciñen: tan conjuntos que solo la divide de ellos un muy estrecho y profundo valle, por el cual pasa el río Turia vulgarmente dicho por nombre morisco Guadalaviar, que significa Aguas blancas, que rodea la ciudad y la divide de los montes que la cercan, tan altos y tan conjuntos entre si, que apenas le dejan ver mas que el cielo, ni tener otra salida de la que el río hace entre ellos. De manera que ni ella puede ser vista, ni los de dentro ver otro que aquellas grandísimas peñas, tan eminentes, que como se dice, de la peña de los Centauros, parece que les viene a dar encima. Y así uno contemplando la extrañeza y terribilidad del lugar. dijo que le parecía cueva de Tigres, como lo fue cierto de más que
tygres en fuerzas y valor, pues poco antes se había defendido, y echado de su cerco, a los Leones de Castilla, y a los Sabuesos de Aragón, según poco ha dijimos. Viéndose pues don Pedro cercado del campo del Rey, determinó como quiera defenderse de él, y amparar su amigo. Para lo cual había hecho convocación y junta de amigos: y de los más escogidos de Aragón, Castilla, y Navarra, había juntado una compañía de mil y quinientos caballos ligeros, metidos ya dentro la ciudad, y alojados en la pequeña vega que estaba en lo más hondo del valle, con mucha munición de guerra y de vituallas para muchos meses. Pues como por sus espías tuviese noticia de la poca y mal compuesta gente del campo del Rey, y también supiese de la división que había entre los de su consejo, ya no pensaba en como defendería su ciudad, sino, como saldría a dar sobre las tiendas del Rey y pondría fuego a sus máquinas. Esto lo podía hacer muy a su salvo, por los muchos parientes y amigos que tenía en el campo del Rey, que secretamente le favorecían, y daban avisos, no solo de los designos del Rey, y aparato de las máquinas para combatir, pero de la hora y punto del combate: y aun a vista del mismo Rey los enemigos entraban y salían de la ciudad, sin ningún recelo, mostrando cuan poco caso hacía del ejército. Pues como el Rey, visto lo que pasaba, tuviese por sospechosos los de su consejo, y se fiase poco de ellos, fuera de don Pedro y Pelegrin Ahoneses, y don Guillen de Pueyo que siempre los halló fidelísimos a solos estos encomendó la guarda de su persona, y de las máquinas y munición del campo. Lo cual tomaron tan a mal los otros caballeros y capitanes, que comenzaron a descuidarse, y a quedarse cada uno en su cuartel. Como fuese luego avisado de esto don Pedro, salió de noche de la ciudad a la segunda guarda, con una banda de 150 caballos, y dio de improviso sobre las guardas de las máquinas, y como huyesen todos, y las desamparasen, solos don Pelegrin y don Guillen resistieron con gran esfuerzo y valor
al ímpetu de los enemigos. Mas como fuesen rodeados de tantos, y de tan pocos de los suyos defendidos, no pudiendo más, murieron como buenos y leales caballeros en la defensa de su Rey.
Y luego don Pedro, puesto fuego a las máquinas y trabucos, sin pasar más adelante, ni perder uno de los suyos, se volvió con mucho a la ciudad, quedando el campo del Rey esparcido y atemorizado, viendo que ninguno de los capitanes se movió, ni mandó tocar el arma para ponerse en defensa de la persona del Rey, salvó don Pedro Ahones, como lo dice la historia. Lo cual bien considerado por el Rey, y por el mismo Ahones su ayo, pues a los demás se les daba muy poco de verlo en trabajo, también porque el socorro de las ciudades no llegaba, no faltando algunos amigos de don Rodrigo que lo entretenían, determinó alzar el cerco y partirse de allí. Don Pedro que supo esto, pesándole mucho de lo hecho, y afrentándose de la poca fé y mengua de los allegados del Rey, o porque se temiese de su indignación para en lo venidero, deliberó de salirle al camino con don Rodrigo, acompañados de algunos de a caballo, aunque sin armas, y habida licencia llegaron al mismo Rey, al cual apeados de sus caballos fueron a besar las manos, suplicando les perdonase lo hecho, y restituyese en su gracia, porque muy de veras se le entregaban por sus verdaderos y fieles vasallos: y que para certificarse de esto, entrase y se apoderase de la ciudad y estado, que todo era suyo. Al Rey pareció también, y le fue tan acepta la humilde plática, y largo ofrecimiento de don Pedro, que le abrazó y recibió con muy real ánimo en su amor: teniéndole por esto en mucho mayor estima que antes, por haber juntamente tenido experiencia así de su valor y poder en armas, como de su liberal y generoso ánimo: y esto por lo que prudentemente pensó de poderse valer por tiempo de su amistad y fuerzas, para con ellas refrenar la insolencia de algunos grandes del reino. Finalmente por su respeto perdonó a don Rodrigo: y de los dos se valió mucho para todas sus empresas y conquistas, como adelante veremos.

Fin del libro segundo.

Leer el tercer libro

Libro duodécimo

Libro duodécimo

Capítulo primero. De la venida del Vizconde de Cardona a Valencia, y como saqueó a Villena y Saix en el Reyno de Murcia y de la muerte de don Artal de Alagón.

Tomada la ciudad de Valencia, y echado Zaen con toda la morisma de ella, acaeció que luego essotro día después de entrada, andando el Rey muy puesto en reparalla, y ensancharla, llegó ante él , don Ramon Folch Vizconde de Cardona muy a punto de guerra con cincuenta caballos ligeros de los más escogidos de toda Cataluña, a pedirle de merced (ya que no fue su ventura llegar a tiempo de poderse hallar en el cerco y presa de la ciudad) le diese licencia para pasar adelante con su gente hasta el Reyno de Murcia: donde pensaba hacer alguna buena cabalgada, por dar a conocer a los Moros, quién era el Rey de Aragón, pues apenas había conquistado a Valencia: cuando ya emplazaba guerra a los del Reyno de Murcia. Holgose infinito el Rey con su venida, y recibiole muy amigablemente, diciendo que él siempre había tenido por escusada su tardanza, porque sabía muy bien las justas causas de ella, y trabajos que con sus vasallos tenía. Pero que se maravillaba mucho, porque con tan poca gente quería emprender tan grande y dudosa hazaña. Y como le ofreciese algunas compañías de infantería que le sirviesen en la empresa, y don Ramón se excusase de aceptallas, porfiando en su demanda, permitiole (pmitiole) el Rey proseguir (pseguir) su viaje, y mandole proveer de vituallas y tiendas con lo demás necesario para el camino, de lo que en el Real quedaba. Ofreciósele por compañero en esta jornada don Artal de Alagón, hijo de don Blasco, mozo ardiente y belicoso que sabía muy bien los pasos con las entradas y salidas de aquel Reyno, por haber estado en él muchos días, cuando fue desterrado de Aragón. Aceptó su ofrecimiento el Vizconde muy de buena gana: y llevando su guía, como no entrasen en poblado, pasaron sin ningún estorbo hasta llegar a un grande valle cerca de Biar, casi a vista de Villena, el primer pueblo del Reyno de Murcia. El cual por ser muy principal, y en nuestros tiempos poblado de gente hidalga, determinaron de acometerle, a fin de saquearlo. Y así llegando a la media noche sin ser sentidos entraron de improviso en él, hallándole sin guardia con las puertas abiertas: y se dieron tal diligencia, que antes que los del pueblo se pudiesen juntar y poner en armas tenían ya saqueada la mayor parte del. Pero luego cargó tanta gente sobre ellos de las aldeas, que les tomaron las calles, y comenzaron a pelear con ellos tan bravamente, que les fue forzado, llevando delante la presa, salirse con buen orden del pueblo, y extenderse por la campaña, sin que ninguno los siguiese. Llegaron a otra villa llamada Saix, en la cual, por estar sin cerca, también entraron, y la acometieron valentísimamente, peleando los unos, y saqueando los otros. Mas como se pusiese todo el pueblo en armas, y le viniese socorro de los lugares vecinos, fueles forzado, hechos un cuerpo recogerse y mirar por si, por las muchas saetas y piedras que al pasar de cada casa les tiraban: tanto que entre otros don Artal fue herido de una pedrada en la cabeza, y derribado del caballo murió luego. Por donde fue necesario retirarse y salir de la villa a más que de paso: llevando consigo el cuerpo de don Artal con grandísima dificultad y trabajo, hasta llegar a Valencia. Sintió mucho el Rey esta muerte, con todos los de su corte, y mandó con mediana pompa depositar su cuerpo en una iglesia antigua que había en la ciudad del sancto Sepulchro: hasta que fueron trasladados sus huesos en Aragón, y puestos en la sepultura de sus antepasados. Tuvo el Rey en mucho la memorable hazaña del Vizconde, como si con ella le hubiera abierto la puerta y facilitado la entrada para el Reyno de Murcia; y así se lo agradeció mucho, y le hizo mercedes dándole joyas de grande estima al tiempo de su partida. Con esto se despidió el Vizconde del Rey, y se volvió con triunfo a Cataluña.


Capítulo II. Como la mezquita mayor de Valencia fue consagrada en iglesia, y de las diversas invocaciones que tuvo antes, hasta que fue dedicada al nombre de nuestra Señora.

Partido el Vizconde, luego el Rey trató del asiento y reparo de las cosas de la ciudad, la cual a causa del largo cerco los Moros habían dejado muy descompuesta y perdida. Cuanto a lo primero pareció ser necesario hacer el repartimiento de las casas a los soldados y de los campos y heredades a los capitanes y oficiales del ejército, y establecer leyes y fueros. Mas como primera que todas fuese la casa de Dios, luego el otro día que el Rey entró en la ciudad con la asistencia de los Prelados de Aragón y Cataluña, y el de Narbona, que siguieron esta empresa, se fue derecho a la Mezquita mayor, donde los Moros solían celebrar las mayores fiestas y ceremonias de su secta. Allí el arzobispo de Tarragona revestido de pontifical, después de haber purificado el lugar con saumerios de incienso (encienso), y rociado con agua bendita, y palabras sagradas con la señal de la cruz, hizo levantar un altar, en el cual fue celebrada misa solemne por el que estaba ya electo primer Obispo de Valencia, que después fue por el sumo Pontífice confirmado, llamado Ferrario de santo Marrino, Preposito que antes era de la iglesia de Tarragona. El cual fue varón muy escogido de grande santidad de vida, y doctrina. Hechas allí por el Rey y la Reyna, y por los demás infinitas gracias a nuestro señor Iesu Christo y a su sacratísima madre, por haber llegado a echar de la ciudad la secta Mahometica, para introducir la religión Cristiana, fue consagrada la misma Mezquita en Templo, a honor y nombre de nuestra señora santa María: después de muchos títulos e invocaciones a que fue dedicada en diversos tiempos, por Gentiles, Moros, y Cristianos. De las cuales se halla haber sido la primera en tiempo de los Romanos a su diosa Diana. Después en la venida de los Godos, que recibieron la religión Cristiana se consagró al nombre del Salvador. Más adelante perdidos los Godos por la entrada de los Moros de África en España, y sojuzgada por ellos, se dedicó a Mahoma: mas ganada después Valencia de los moros, aunque para poco tiempo, por don Rodrigo de Biuar llamado el Cid Ruidiaz, caballero principal de Castilla, y de los más valientes de su tiempo, se intituló de sant Pedro. Pero como luego en muriendo el Cid cobrasen la ciudad los moros, volvió el templo a ser profanado con el mismo título de Mahoma, hasta conquistada por el Rey la ciudad, fue de nuevo purificado, como está dicho, y perpetuamente dedicado a la invocación y santísimo nombre de María. Porque era tanta la devoción y religión con que este Rey veneraba y nuestra señora, que todos sus votos hacía a ella, y todos los Templos grandes y pequeños que en cualquier tierra mandaba edificar, a sola ella con su hijo benditísimo los dedicaba, y así se tiene por cierto que el grande afecto y devoción que hoy los desta ciudad y Reyno tienen al santísimo nombre de proceden del ejemplo de este buen Rey, y que esta fue obra de Dios y suya.


Capítulo III. Como se derribó la mezquita mayor, y edificó nuevo Templo sobre ella, y fue hecha iglesia catedral, y de la fiesta ordinaria que se hace de ello en la ciudad.

Andando el Rey con los Prelados muy puesto en esta consagración de la mezquita, y considerando que en las paredes y relieves de ella quedaban algunas moldaduras y figuras que siempre renovarían la memoria de las cosas de Mahoma, para tropiezo de los que nuevamente se convertirían a la fé de Cristo nuestro señor: determinó poco después, con el parecer de los Prelados, y de su consejo, volver a la mezquita en procesión con todo el pueblo que le seguía, y como llegó a ella tomó un martillo de plata, y en comenzar a derribarla por defuera, luego los Prelados, y tras ellos los principales del ejército, con todos los soldados, y gastadores del campo hicieron lo mismo. De manera que siguiéndole todos, cada uno con su instrumento, fue muy en breve la mezquita echada por tierra, y del todo asolada. Y en ser limpiado (alimpiado) el suelo, fue dada al Rey por mano de muy expertos maestros e ingenieros una muy buena traza y modelo de templo, y pareciéndole bien comenzó a edificarse uno de los más bien trazados y suntuosos que hay en la Cristiandad, según le vemos en nuestros tiempos acabado. Pues dado que en la grandeza y labores no iguale con algunos, pero en lo particular viene a sobrepujarles, y ser raro entre todos: como es por su muy alto ancho y bien encumbrado cimborio: por su bien labrado retablo con personajes grandes de relieve de plata fina: por su anchura y melodía de Órganos: por su firme y liso suelo: con su admirable fábrica de Cabildo, y su ochavada fortísima, y muy alta torre de campanas: y en lo espiritual mucho más, porque la singular copia de reliquias sagradas que en su sacristía tiene las más raras y admirables de santas que haya otras en la Cristiandad: con los vasos de oro y plata y ornamentos riquísimos y muchos. Y demás de su copiosísimo número de sacerdotes y ministros sagrados, la suntuosísima y devotísima solemnidad de sus continuos oficios y sacrificios divinos, que no se halla en esto con quien compararla. De manera que por sus particulares, sin duda iguala con cualquier iglesia de toda España. A esta concedió el Rey sus prerrogativas y privilegios de las inmunidades que por divino y positivo derecho se deben a las iglesias: para que los caídos en qualesquier casos y crímenes, como no fuesen de los exceptados por el derecho, les valiese de Asylo y salvaguarda. También alcanzó del sumo Pontífice Gregorio IX, fuese hecha catedral, y se le restituyese su antigua diócesis y distrito: del cual, puesto que se dijo que solía ser antes de otra cabeza, y que en tiempo de Bamba Rey de los Godos fue dado e incluido en la provincia de Toledo: quiso el Rey, pues conquistó de nuevo este Reyno, que fuese de allí adelante (según lo había votado) sujeta y suffraganea a la iglesia de Tarragona. Esta restauración de iglesia, y restitución de Diocesi, con la silla Obispal, y asignación de Metropolitano, que se expidió por bulla áurea del mismo Pontífice, fue concedida a los IX del mes de Octubre el siguiente año 1239, en el día y fiesta del glorioso S. Dionis mártir, y, o por memoria de la fundación de la catedral: o de la ida del armada de Túnez (como en el precedente libro se ha dicho) se hace cada un año en este día muy solemne procesión por el Obispo, Cabildo, Dignidades y Clerecía (Clerezia), llevando el Juez (Iuez) ordinario de lo criminal la gran bandera que llaman del Ratpenat, antigua memoria y conmemoración de lo que el Rey sacó en el cerco de Valencia: siguiéndole los oficiales Reales de la ciudad con una compañía de gente de guerra, que llaman el centenar y con todo género de música. Van todos a la iglesia de sant Iorge martyr, patrón de la corona de Aragón, por memoria y acción (hazimiento) de gracias desta restitución de la Sede Obispal.


Capítulo IV. Donde se confirma, por la bulla de Gregorio IX, se erigió en cathedral la yglesia de Valencia, y se dio por sufraganea a la de Tarragona, no embargante la pretensión del Arzobispo de Toledo.

Sobre esta división, o separación de iglesias, es a saber de haber hecho la iglesia catedral de Valencia sufraganea a la metropolitana de Tarragona, se entiende por ciertas escrituras y proceso formado que se ha hallado en el Archivo (Archiuio) de la iglesia de Toledo: como en Valencia, al tiempo que el Rey entró en la ciudad, y comenzó a fundar la yglesia, hubo gran contradicción y protestas hechas por los Procuradores del Arzobispo de Toledo contra el de Tarragona, que estaba presente a la fundación, alegando por el de Toledo, como Valencia fue ya antes Obispado en tiempo de los Godos, y suffraganeo de Toledo: como se mostraba por muchos Concilios Toletanos Provinciales, en los cuales se halla la subscripción de Obispos de Valencia: y también por la división de las diócesis que hizo Bamba Rey de los Godos, por la cual incluía a Valencia en la provincia de Toledo, como está dicho: con otras muchas razones que no sufre la historia por ahora especificarlas. Pues también para confutación (cófutacion) de ellas, se alegaron por el de Tarragona otras tantas, no menos concluyentes que las primeras: para lo cual hubo nombrados jueces por entrambas partes, a efecto de declarar en la causa. Mas como no se dio sentencia definitiva sobre ella, por no haber conformidad sino discordia entre los jueces, con apelaciones puestas por entrambas partes, quedó la causa indecisa, hasta que por la bula arriba dicha de Gregorio IX, que se halla originalmente en el archivo de la iglesia mayor de Valencia, a petición del mismo Rey se erigió iglesia catedral en Valencia, y se le asignó Diócesis, y fue dada por sufraganea a la metropolitana de Tarragona. Y así con esta asignación y decreto Apostólico han continuado la una y la otra iglesia su posesión y prescripción de jurisdicción activa y pasiva, de 400 años a esta parte. Por donde pudo muy bien Valencia con la nueva erección de iglesia y Diócesis por la gracia Apostólica, ser separada de la jurisdicción y provincia de Toledo: como lo han sido en nuestros tiempos dentro de España las iglesias catedrales de Burgos, Calahorra, y Segorbe, que desde su origen y fundación fueron sufraganeas de la Metropolitana de Zaragoza, y ahora lo son cada una de diversas: no embargante, que en estas no ha habido contradicción ni protestos, como los hubo en la primera de Toledo contra Tarragona: porque son tan justificadas las razones que hacen por Tarragona, que no han lugar las de Toledo. Conforme a esta contradicción hubo otra semejante entre los mismos Metropolitanos, y por las mismas causas, sobre la elección y nominación del primer Obispo de Valencia. Porque el Obispo de Albarracín que se halló presente en el cerco y entrada la ciudad, como Procurador y agente del Arzobispo de Toledo, ejercitó algunos actos de jurisdicción y oficio de Metropolitano. Por el contrario el Arzobispo de Tarragona ejercitó otros de más clara jurisdicción: porque purificó la mezquita de Valencia, y consagró la iglesia mayor, y en ella al Obispo de Lerida, que no se nombra, y aun antes de entrar en la ciudad usó más distintamente de su jurisdicción eligiendo en Obispo de Valencia a un padre muy docto llamado fray Berengario de Castellbisbal Prior de Predicadores de Barcelona, y compañero de aquel santo Varón fray Miguel de Fabra, de quien hicimos larga mención arriba en la conquista de Mallorca. Puesto que las contradicciones del Arzobispo de Toledo fueron parte para que esta elección no tuviese efecto: y así el Berengario fue luego después electo Obispo de Girona. Con todo eso, después de muchas disputas con interponer el Papa Gregorio IX su autoridad y decreto, Valencia fue sufraganea de Tarragona, y el primer Obispo de ella fue Ferrer de S. Martín de nación Catalán, y con esto el Arzobispo de Toledo desistió por entonces de su pretensión. De mas que como a todo esto se hallase presente el Rey y fuese el negocio de tanto peso, y que ni él en su historia, ni otros escritores de aquel tiempo en las suyas, ni el mismo Arzobispo de Toledo don Rodrigo, a quien por su interés tocaba anotar este perjuicio, habiendo escrito de la misma conquista de Valencia, no haya hecho mención alguna dello, es de creer que con el decreto Apostólico cesó del todo esta querella y pretensión. Y así quedó Valencia suffraganea de Tarragona hasta que el Papa Innocencio VIII año 1482 erigió a Valencia en Metrópoli, y hoy tiene por suffraganeas las iglesias de Mallorca, Orihuela y Segorbe.
Capítulo V. Que fue la iglesia catedral dotada de diezmos, y del repartimiento de ellos, y como comenzó a edificarse el templo de sant Vicente Martyr.

Hecha y erigida la iglesia mayor en catedral, y nombrado el Prelado para el gobierno de ella y de su diócesis, luego a imitación de las otras iglesias catedrales, se fundó en ella su colegio, y Cabildo de Canónigos y Dignidades, para los más principales cargos y ejercicios de la iglesia. Mas considerando el Rey que así porque a las iglesias y Eclesiásticos les son por divino derecho concedidos los diezmos de todos los frutos de la tierra: como porque se acordaba de la promesa pública que en una congregación de Prelados, Comendadores, y otros señores y Barones, hizo en la ciudad de Lerida dos años antes que tomase la ciudad de Valencia: de que si nuestro señor le hacía gracia de poderla ganar de los moros, restituiría en ella la iglesia Catedral, y la dotaría amplísimamente, conforme a lo que por el Concilio Laterenense, cuando le concedió los diezmos de las tierras que conquistase de moros le fue encargado, quedaba muy obligado a cumplirla: hizo perpetua y libre donación al Obispo y Cabildo de la iglesia mayor, de todos los diezmos del término de la ciudad y Diócesis de Valencia, para que le dividiesen entre el Prelado, Canónigos y Dignidades: reservando para si, y sus sucesores por concesión y gracia del sumo Pontífice, el usufructo de la tercera parte de ellos. Esto por recompensa de los grandes gastos que hizo, así en conquistar el Reyno de los moros, como por los que de allí adelante se habían de hacer para conservar lo conquistado. El cual tercio diezmo, con la misma obligación, fue después repartido entre muchos señores, barones, y universidades del reyno, por servicios hechos en la defensa del, quedándole al Rey mucha parte de ellos. Y es cosa de notar ver el pío y buen ánimo que mostró para con las iglesias, con tan favorables fueros y privilegios como ordenó y dio para la conservación y cobranza de los diezmos, y censos Eclesiásticos. Asimismo visitó los lugares antiguos y sagrados de la ciudad: señaladamente las cárceles y prisiones donde padeció el gloriosísimo mártir sant Vicente de Huesca, así dentro, como fuera de la ciudad: la cual desde entonces le tomó por su divino patrón: a cuya devoción y nombre mandó el Rey edificar un templo muy suntuoso y grande con su monasterio y convento de frailes Bernardos, fuera los muros de la ciudad camino de Xatiua, al cual también concedió grandes privilegios, e inmunidades para los criminosos, que se retrajesen (retruxessen) a él, como a la iglesia mayor, y le dotó de grandes posesiones y rentas. Sin eso mandó en frente del (que solo hay la vía pública en medio) edificar un Hospital para pobres peregrinos: a la puerta y entrada del cual está retratada mejor que en otra parte alguna, la verdadera imagen y efigie del mismo Rey en la pared, y tan bien impresa, que con haber pasado cuatrocientos años que se pintó con estar sujeta al polvo y lodo de la calle, se conserva para la vista muy entera. La causa porque este Templo siendo comenzado a edificar, paró el edificio, y se mandó después en vida del mismo Rey acabar a gran prisa, se dirá adelante.


Capítulo VI. Del repartimiento que se hizo de las casas de la ciudad para los soldados, y de los linajes y familias que quedaron en ella, y del privilegio que se dio a los de Lerida.

Habiendo el Rey, como cosa más propia y necesaria, dado fin a lo que tocaba al culto divino, se aplicó todo a hacer la división y repartimiento de las casas, campos, y heredades, entre los soldados y capitanes del ejército. Fue negocio este de muy gran peso, y que dio al Rey trabajo infinito, particularmente por las muchas donaciones que hizo a diversas personas de los campos y posesiones, los días antes que la ciudad se tomase: por que fueron en más número y cantidad que se hallaron campos para repartir. Comenzó primero por la división de las casas entre la gente y soldados que habían enviado las ciudades y villas Reales de Aragón y Cataluña. Repartidas pues y derribadas las casas viejas hechas a la morisca, cada uno edificó a su gusto otras muy altas, y más bien labradas. Quedan hoy desta memoria la calle de Zaragoza en la ciudad vieja, y la calle de Barcelona en la nueva, que se extendió fuera del muro viejo, al cual encerró de si el nuevo. También para los de Teruel asignó uno de los principales portales de la ciudad, defendido de dos grandes, muy fuertes y bien labradas torres que le tienen en medio, y se llama de los Serranos de Aragón, cuya cabeza es la ciudad y Comunidad de Teruel, de las cuales y su poder, arriba en el libro tercero se ha hecho larga mención. Por lo semejante hacia el poniente la vía de castilla, para la defensa de la principal puerta que llaman de Quarte, se plantaron los fundamentos de dos torres muy eminentes, cuales vemos a los dos lados de la puerta, y que por ser tan altas y tan bien hechas, y estar en los más alto de la ciudad puestas, descubren, y son descubiertas de los caminantes de tan lejos, que alegran extrañamente la vista, y dan muy grande muestra del gran ser de la ciudad, como convenía hacerlas tales, para ganar la boca, que dicen, a los Castellanos, por ser gente valerosa, y que sabe muy bien engrandecer lo mucho, y bueno, y no perdonar a lo poco y ruyn. Asimismo de las otras ciudades de Aragón como Calatayud, Iacca, Huesca, Tarazona, Daroca, Borja, Albarracín, y Balbastro, con las principales villas de Aínsa, Monçó, Alcañiz, Caspe, Montalbán (Montaluá), Pertusa, Exea de los caualleros, Cariñena: y también de Cataluña las ciudades de Tarragona, Tortosa, Vrgel, Vich, Girona, Balaguer y Elna, con la insigne villa de Perpiñá, Villafranca, Manresa, Tárrega, y Ceruera, Agramút, Granulles, Cruilles, con otras, de las que quedaron en la ciudad muchos valerosos soldados, y capitanes del ejército, con los sobrenombres dellas. Y fueron estos por sus memorables hechos muy estimados, y perpetuaron sus linajes y familias en ella, extendiendo su nombre y fama hasta en nuestros tiempos. Puesto que para los de Lerida se otorgó particular y muy favorable privilegio, por haber sido los primeros que en las baterías aportillaron los muros de la ciudad en tres partes (como está dicho en el precedente libro) pues en cuanto a ellos, ya dieron la entrada al ejército. Por donde como si fueran los primeros que escalaron el muro, y de hecho entraran la ciudad, cumplió el Rey con ellos lo que antes, cuando mandó pregonar el asalto, había prometido a las ciudades cuyos soldados primeros que todos hubiesen escalado, y entrado la ciudad. Porque tomando por motivo que estos tales por abrir camino al ejército se habían puesto en tan evidente peligro, y encomendado su vida a la balanza de la fortuna, y por servir al Rey arriscado sus personas, apique de dejar huérfanas sus mujeres, hijas, y hermanas: concedía a su ciudad dos cosas. La primera que pudiesen dar peso y medida a Valencia. La segunda enviar trescientas doncellas, para que el Rey las dotase y casase con los principales soldados del ejército: como de hecho vinieron luego de Lerida y de todo su distrito, y fueron por el Rey dotadas, y colocadas con sus maridos. Y también el peso y medida de ella aceptados e introducidos en la ciudad y Reyno, como hoy en día se usa dellos. Asimismo muchas otras familias y linajes poblaron la ciudad, no solo de Aragón y Cataluña, pero de la Guiayna, y otras partes de Francia que vinieron con el Arzobispo de Narbona: Como fueron los Narbones, los Carcassonas y Tolosas. Ni es de creer que a este buen Arzobispo, que tan principalmente ayudó al Rey en esta conquista dejase de agradecérselo, aventajándole con alguna más principal Prelacia, o en otra manera. Entre todos estos no faltó una nobilísima familia y linaje de Romanos (como dice la historia) que vinieron a servir al Rey en la conquista, y se quedaron a poblar la ciudad, llamados Romaníns, con el acento agudo en la última sílaba, que así los nombraban los de Guiayna y Cataluña. Los cuales no solo fueron proveydos de casas, campos y posesiones, pero tan estimados por sus esclarecidos hechos, y nación, que aunque mezclados con otras familias y parentescos, el sobre nombre de Romaní nunca le han perdido, antes otros linajes con este sobrenombre se han mucho ilustrado. Sobre todos fueron los antiquísimos y principalísimos linajes de Cataluña descendientes de los condes Berengueres, de los Moncadas y Cardonas, con los cuales quedó muy ilustrada esta ciudad y Reyno: en el cual señaladamente los Moncadas y Cardonas, quedaron muy aventajadamente heredados de tierras y vasallos.


Capítulo VII. De la traza que se dio para ensanchar la ciudad, y de las doce puertas y cinco puentes de ella, con el discurso de los primeros pobladores, y de los edificios que en ella se hicieron.

Por este tan célebre acrecentamiento de linajes y familias, para más ennoblecer la ciudad, mandó el Rey ensancharla mucho más de lo que antes era, y que se extendiese fuera del muro viejo. Y así se puso luego todo en orden, por el grande aparejo y comodidad que la ciudad tiene para edificar, dentro de si por la copia del agua de los pozos, y cabe si por la diversidad de mineros de piedra durísima y fortísima: también por la abundancia de cal, arena, y yeso, y mucho más por la continua obra que siempre anda de tierra cocida de ladrillos, con los cuales se hizo toda la muralla argamasada muy ancha, alta, y fortísima. Demás que para los pertrechos y enmaderamiento de las casas también alcanza toda la comodidad necesaria: así por los grandes bosques de pinos altísimos que nacen a jornada y media de ella en el Marquesado de Moya, de donde se provee de ordinario cada año: como por el gran compendio y facilidad que tiene para atraerlos por su río Guadalaviar, que pasa junto a los bosques, y recogida la madera, la trae río abajo hasta dejarla a las mismas puertas de la ciudad. De manera que a semejanza de los Romanos antiguos, cuando fundaban sus colonias, se señaló esta con un sulco llevando alrededor el arado: por el cual hizo levantar los nuevos muros, y quiso que la ciudad tuviese doce puertas: quizá por tener siempre su ánimo y pensamiento puestos en las cosas divinas: y por imitar aquella santa ciudad que vio y retrató el profeta Ezechiel, que se abría por doce puertas. Porque a su semejanza tiene la ciudad de Valencia otras tantas: tres que miran al Oriente, tres al mediodía, tres a poniente, y tres a septentrión: con cinco puentes grandes hacia el septentrión y al oriente sobre el mismo Río, y da cada una de ellas en un Arrabal, y en dos caminos reales. A fin que para todas las naciones y gentes del mundo se les abriese la puerta, y por falta de puentes no impidiese el río la entrada a los extraños. Pues realmente ningún natural quedó en ella (como está dicho) sino que fue toda poblada de extranjeros. De aquí parece que le es natural el acogerlos mejor que ninguna otra ciudad, para ser común patria para todos. De donde viene que muchos vulgarmente la llaman madre de extranjeros, y madrastra de los naturales, y no muy fuera de razón: porque estos descuidados de su estado, por el abundancia y regalo en que nacen y se crían, no estiman el bien que tienen, y fácilmente le pierden. Mas los extranjeros, como vienen de la necesidad a la abundancia y regalo, lo tienen en mucho: y por no perderle viven con recato, y con curiosidad le conservan: como se halla de muchos extranjeros, que entraron niños y desnudos en ella, y por su buen ingenio y diligencia, junto con la continencia, y sobriedad, acumularon en setenta años muy grande copia de hacienda: cuyos hijos que nacieron de madres Valencianas, y se criaron con el regalo de ellas, a los sesenta meses después de heredada la consumieron toda: por no haber cuando los padres de heredar a sus hijos de discreción como de hacienda. Pues levantado ya el nuevo muro, y fortificada y crecida la ciudad, luego comenzaron a derribar la vieja, por estar edificada a la morisca, y a labrarla muy suntuosamente, abriendo las calles, y descubriendo patios, los cuales muy en breve fueron llenos de casas, templos, monasterios, Hospitales, lonjas, y otros edificios públicos, sin dejar en toda ella lugar ocioso, ni impertinente. Señaladamente en la grande área y plaza del mercado, donde es incomparable el infinito concurso que de gente, de vituallas, y de todo género de provisiones de ordinario hay en él cada día. Mas por que se entienda la religión y fervor de devoción con que comenzó esta ciudad, y ha continuado su edificio en lo espiritual: vemos que allende de las trece iglesias parroquiales que después acá se han edificado y dotado de tan copiosa y venerable clerecía, se hallan edificados en nuestros tiempos, a gloria de Dios, treinta monasterios de todas las religiones, dentro, y alrededor de la ciudad, no muy dotados de rentas, pero mantenidos de la continua limosna de los vecinos de ella. De manera que ha llegado a ser la ciudad casi tres veces más de lo que era en tiempo de Moros: y por todas partes tan igualmente poblada, que no hay hijada, que dice, sino que toda es en todo ciudad Realísima.


Capítulo VIII. Como el Rey hizo los fueros del Reyno en lengua Lemosina, y se quejaron los Aragoneses porque no se escribieron en la suya.
Dado ya orden por el Rey en lo material de la ciudad, como en en los edificios y casas para habitar en ella, comenzó luego a darle la forma y espíritu, con las nuevas leyes y fueros necesarios para ser bien regida, y el Reyno con ella. Y por ser el Rey, no solo fundador de la ciudad, pero de sus leyes y fueros, quiso que se escribiesen en su propia lengua materna, que fue la Limosina, como se hablaba en Cataluña. La cual tuvo su origen en la ciudad de Limoges en Francia, y era común para toda la Guiayna: pareciéndole que por ser lenguaje llano lo entendería mejor el vulgo, y se libraría de tan diversas y confusas interpretaciones del derecho que suelen nacer de la variedad y extrañeza de las otras lenguas de España, porque de andar mezcladas unas con otras, eran fáciles y ocasionadas para dar muchos sentidos sobre cada cosa. Como entendieron esto los Aragoneses, que con ejército formado le seguían, y se habían hallado en la conquista del Reyno, y entrada de la ciudad, se tuvieron por muy agraviados, de que los fueros y leyes de Valencia se escribiesen en lengua Catalana, o Limosina, tan obscura y grosera: y que fuera harto mejor en la Latina, o alomenos Aragonesa. Mayormente porque los fueros, como leyes provinciales, están de si tan apegados, y toman tanta fuerza del derecho común y leyes de los Romanos, que para más clara interpretación dellos, era necesario escribirlos en la misma lengua que fueron escritas las leyes, como la Romana, o alomenos la Aragonesa: por ser esta no solo común a las demás de España: pero entre todas las de Europa (como se probará) más conjuncta, más hermana, y casi la mesma, con la Romana. También era del mismo parecer, y conformaban en la pretensión por su propia lengua los Castellanos, y los demás mercaderes Españoles, que allí se hallaban, que hablaban casi en la misma lengua que los Aragoneses: aborreciendo en grande manera la Catalana, o Lemosina, porque no se podían hacer a ella, ni hablarla, más que la Caldea.


Capítulo IX. Del origen de la lengua Española, que fue de la Romana, la cual se enseñó en Huesca de Aragón por los Romanos, y la aprendieron mejor que otros los Aragoneses.

Antes que por el Rey se satisfaga a la queja y agravios propuestos por los Aragoneses en el precedente capítulo, para mejor responder a todo, será bien mostrar lo que de su vulgar lengua Aragonesa se siente, y descubrir algunos buenos secretos del origen y principio de la universal lengua Española, que llaman Romance, que se nos ofrecen de presente: valiéndonos de esta digresión para mayor ornamento de la historia. Es a saber, como esta lengua fue totalmente derivada de la Romana Latina por haber sido por los Romanos introducida y enseñada por toda España, y puestas escuelas en las principales ciudades y lugares de ella: y como para los Aragoneses, que son la mayor parte de los Celtíberos, se pusieron en la ciudad de Huesca, donde no sola la aprendieron con mucha curiosidad, pero hasta en nuestros tiempos la han retenido, y conservado más pura, e incorrupta que en las demás partes de España. Pues cuanto a lo primero que la lengua Aragonesa, con la que llaman Castellana, hayan sido nacidas de la Romana Latina, y que esta fuese por los Romanos enseñada en España, claramente se colige del tiempo de Quinto Sertorio Senador y gran capitán Romano, el cual por haber seguido la parcialidad de Mario, persiguiéndole por ello L. Silla, fue desterrado de Roma, y se vino a España: donde descubriendo el generoso y natural valor de los Españoles, y su ardor y fuerzas para la guerra, aunque en lo demás los halló bárbaros y rudos (rudes): con su arte y maña los instituyó, y amaestró de manera, que no solo en armas, y en el ejercicio y uso de pelear, los igualó con los Romanos: pero aun halló modos, como en lo demás, hacerlos idóneos y suficientes para toda cosa de gobierno. Y así para que mejor conociesen el bien que les hacía, y le tuviesen todo amor y respeto, mandó poner escuelas en Huesca, con muy buenos maestros Romanos, para que les enseñasen las lenguas Latina y Griega, a fin de que con esta mañosa obra de enseñarles, realmente tuviese como en rehenes los hijos de los más principales señores de la Provincia: y para que con la instrucción en las lenguas, y erudición Romana, se habilitasen, y pudiesen ser acogidos a los cargos y preeminentes oficios de la guerra, según que Plutarco historiador grave más largo lo escribe en la vida del mismo Sertorio. Mas aunque a la verdad, Huesca de la cual habló Plutarcho, es diversa de la Huesca de Aragón, porque la otra está en la Andalucía al extremo de los Tudetanos, donde Sertorio hizo sus guerras, y hoy se llama Huéscar, y la de Aragón está fundada a las faldas de los Pyrineos hacia el Septentrión: pero de su antigüedad (antiguidad), y gran tiempo que duran sus escuelas, con otros vestigios e indicios que de los Romanos se hallan en ella, claramente se ve que fue también en esta Huesca fundada Academia de lenguas, y con la continua lección perpetuada. Porque es más que verosímil, que otros capitanes Romanos antes y después de Sertorio, como los dos Scipiones y Pompeo (Pópeo), principalmente el Emperador Augusto César (Caesar), hicieron escuelas en España, y mucho más en la citerior donde están los Aragoneses, y donde más ellos se detuvieron. Y así se muestra que en ninguna parte mejor que en Huesca las instituyeron, por no hallar otro lugar más apto para el propósito de los Romanos: por ser esta ciudad de asiento alegre y bien fortalecida, de muy fértil campaña, y de toda cosa provista (proueyda), ser muy mediterránea, para más seguramente retener como en rehenes los estudiantes nobles, y más por estar separada del comercio y comunicación de diversidad de gentes, para no ser distraídos de sus estudios y ejercicios de lenguas: a efecto que después de haber bien aprendido la Latina, no solo se valiesen los Romanos dellos como de farautes y espías para descubrir los ánimos y designios de los Españoles, tan amigos de libertad, pero también para que fuesen admitidos así al gobierno y cargos de la República como en los oficios de la guerra.


Capítulo X. De la afición con que los Españoles aprendían la lengua Latina, y como en todas las villas y ciudades de España había públicas escuelas para enseñarla, y que en los Aragoneses quedó más apurada.

Para confirmación de lo dicho en el precedente capítulo, se halla que cebados los Españoles de los premios que los Romanos daban, y honras que hacían a los más hábiles en la lengua Latina, se dieron con tanta afición y estudio a ella, que hasta los padres, hermanos, y hermanas, cogían cada día de los niños cuando volvían de las escuelas, las lecciones (liciones) que habían oído aquel día, y con esto hacían la lengua Latina familiar y doméstica. Y en fin aquellos nombres y vocablos que los Romanos ponían a las cosas se recibían y han quedado para siempre en España. Llegó este ejercicio a tanto, que hay quien escribe, que no había otros juegos para los niños, ni se permitían otras contiendas para tirar a la joya, sino por mejor hablar en Latín, declamando por las plazas y cantones para más ejercitarse en el uso de la lengua. De manera que no solo en las dos Huescas, pero en las más ciudades y villas de España, se ha de creer, había instituidas escuelas y puestos maestros para que juntamente con las lenguas enseñasen todas las artes liberales, para más atraer a los auditores a entender los misterios y admirables secretos dellas. Señaladamente en la ciudad de Sagunto junto a Valencia, que hoy se llama Murviedro, donde (como adelante mostraremos) fue tanta la devoción que para su mal, tuvo al senado y pueblo Romano, que no solo tomaron sus leyes y costumbres para regir su República, pero también aprendieron la lengua Latina para entenderlas. Pues para manifiesto argumento de que la entendieron y hablaron familiarmente, está aun en pie el gran teatro que edificaron en la misma ciudad para representar al pueblo las comedias Latinas que les enviaban de Roma: y es muy cierto que tan gran concurso de pueblo, no era para solo ver, sin que entendiesen la lengua en que ellas se representaban. Porque de otra manera, como es posible que todos los Españoles chicos y grandes hombres y mujeres aprendiesen la lengua Latina, ni que la convirtiesen en tan cotidiano y familiar uso de hablar, y en el tanto se fundasen, que por él, sin más dejasen el antiguo y materno suyo propio. Demás de eso, que tuviesen el Latín Romano con tantas raíces (razizes) aprendido, que ni por la nueva lengua de los Godos, ni por la bárbara Arábiga de los Moros, que después entraron en España, jamás se haya perdido, ni vuelto a la antigua? Salvo que con el tiempo, como los Romanos se apartaron de España, y los vocablos iban faltando, los Andaluces entre otros, ayudándose de los nombres Arábigos de Granada su vecina, los mezclaron con la Latina. Mas no fue así de los Aragoneses, los cuales con la misma tenacidad y porfía que acostumbran emprender otras cosas, han conservado hasta hoy aquella misma lengua Latina que se aprendió en las escuelas de Huesca: Porque no hablan vulgarmente otros vocablos que, o, Latinos, o derivados de ellos: y también muchos Griegos, si se atiende a la etimología (Etymologia) dellos. Pues entre otras hemos leído algunas Epístolas compuestas de unos mismos vocablos y una misma significación y congruencia (congruydad) en las dos lenguas Aragonesa y Latina: y también con curiosidad, hemos hallado (sin las que han introducido los Médicos) ochenta dictiones Griegas y Aragonesas de una misma terminación, significación y sentido. Para que se vea cuanta ha sido la firmeza y constancia de los Aragoneses, pues por la vecindad y contratación de los otros Reynos propincos, de lengua más inculta, no se les ha apegado nada en su cotidiano uso de hablar: mayormente estando rodeados a la parte de mediodía de los Moros de Valencia que hablan en Arábigo (Arauigo), por la de oriente de los Catalanes, con su lengua Lemosina: a la de Septentrión de los Cántabros, que incluyen Vizcaínos y Navarros: de cuya lengua como reliquias de la antigua Española (lo que piensan muchos) ni en un solo vocablo se han aprovechado: sino que con la conversación de los Castellanos, que retienen la lengua Romana, se han conservado, sin que en el valerse de vocablos ajenos les hayan imitado (imtado). Ni se admite por verdadero lo que algunos pretenden (pretiendé) que los Aragoneses hablan Castellano grosero y bastardo, y que tienen los mismos vocablos que en Castilla, sino que no los componen en buen estilo: porque como está dicho ambas a dos lenguas tienen una origen y principio de la Latina, y así no puede ser una dependiente de la otra: sino que como dice el proverbio. Todos de un vientre y no de un tempre. Porque a la verdad los Castellanos tienen los conceptos de las cosas más claros, y así los explican con vocablos más propios y bien acomodados demás que por ser de si elocuentes en el decir, tienen más graciosa pronunciación que los Aragoneses, los cuales pronuncian con los dientes y labios, y los Castellanos algún tanto con el paladar, que les ha quedado del pronunciar de los Moros que forman las palabras con la garganta y es cosa de gusto, oír a un moro hablar Castellano, ver cuan limpia y graciosamente lo pronuncia, que casi no le toca con los labios. Puesto que por el mismo caso los Aragoneses pronuncian mejor la Latina que los Castellanos, porque profieren con los labios y dientes que son los principales instrumentos de la pronunciación Romana: cuya fuerza ha podido tanto, que habiendo quedado en Aragón muchos pueblos de Moros, que llaman Tagarinos, entre los Cristianos, los Aragoneses no solo no han usurpado algún vocablo Arauigo dellos, pero les han forzado a dejar su propia lengua por la Aragonesa: la cual se ve que hoy hablan todos. Para que por ningún tiempo pueda llamarse bárbara la lengua Aragonesa, así por ser más conjunta que todas a la Latina: como por haberse conservado por tantos siglos entre tantas bárbaras sana, e incorrupta. Ha sido necesario traer todo esto de la origen y observación desta lengua, a propósito que la pretensión de los Aragoneses cerca los fueros de Valencia, como está dicho, no pareciese impertinente: ni ellos indignos de que el Rey en esto les complaciese: pues la conquista del Reyno de Valencia por la antigua división entre el Rey de Castilla, y el de Aragón, tocaba a los Aragoneses, los cuales no habían faltado con su ejército, empleando vidas y haciendas en conquistarlo: por lo cual merecían que en nombre suyo, y de su Reyno se escribiesen los fueros de Valencia en su lengua, y aunque se redujesen a los fueros de Aragón todos.


Capítulo XI. De las justas causas que el Rey dio para escribir los fueros en lengua Lemosina, y de la excelencia dellos, y grandeza de la ciudad.

Perseverando el Rey en su determinación, no embargante la queja de los Aragoneses, mandó escribir y publicar los fueros y leyes del Reyno en su propia lengua Lemosina, por las justas y legítimas causas que su Real consejo para ello dio. Primeramente porque estaba en absoluta libertad del conquistador dar leyes nuevas a los pueblos por él conquistados, escritas en la lengua que quisiese, solo que estuviesen fáciles y claras de entender, sin curar de más elegancia, ni arreos de palabras porque había de ser llano y manifiesto al pueblo lo que para su amonestación, o castigo se le daba por ley. Y así tomada la ciudad y echados por una parte todos los Moros de ella, y por otra acogidos los Cristianos de diversas tierras para poblarla, era necesario que el conquistador introdujese (introduziesse) su propia lengua: a fin que no solo quedase en ella su gloriosa memoria, pero que con esto satisficiese (satisfiziesse) y cumpliese con la voluntad y honra de la mayor parte del ejército y gente que le ayudaron en la conquista. Pues se hallaba haber sido doblada la gente y ejército de los Catalanes con los de Guiayna que siguieron al Rey en la conquista y población de Valencia, que la de Aragoneses, y de otras partes. Demás que no era cosa conveniente que los Valencianos que tan conjuntos (coniunctos) estaban en el trato de mar y tierra con los Catalanes y de la Guiayna, usasen de otra lengua que de la que era familiar y propia a los unos y a los otros, y por eso mucho menos necesario, ser regidos y juzgados por leyes y fueros escritos en extrañas lenguas. Ni era buena consecuencia, que por tomar los fueros su fuerza e insistir en el derecho común, por el cual se han de declarar para bien juzgar con ellos, se hayan de escribir en lengua Latina, o en la más conjuncta a ella: por que no había cosa más ajena de la intención del Rey, que revolver sus fueros claros con leyes oscuras. Pues no por otra causa quiso que sus fueros se escribiesen en lengua tan vulgar y llana, que por desterrar desta Repub. tantas, y tan varias y dudosas interpretaciones del derecho: mandando con expreso fuero, que en caso que se ofreciesen dudas sobre la inteligencia del fuero (que suelen estas hacer siempre tardos, e irresolutos a los Dotores en el determinarse) no se recorriese a ellos, sino a solo juicio de buenos hombres: y que estos no atendiesen sino a la pura verdad del hecho, y conforme a ella juzgasen. También por dar con esto alguna satisfacción al pueblo malicioso, para el cual no hay cosa más grata, que ser juzgado de jueces sacados de medio del, como de compañeros, que a estos vemos que cree más, porque a los Doctores tiene los por sospechosos, y cavilosos. Con estas razones y causas que el consejo dio de parte del Rey a los Aragoneses, desistieron de su demanda, y se conformaron en todo con la voluntad del Rey. Mas porque continuemos nuestro propósito, fundó el Rey con tan principales y bien advertidos fueros su Repub. Valenciana, a juicio de todos los que con curiosidad han reconocido y visto otras Repúblicas por el mundo, que ninguna los tiene más claros, más santos, ni mejores. Según que la misma ciudad lo testifica con su buen gobierno y augmento, como fruto que nace de ellos. Pues llega a ser tan poblada, tan rica y abastada, y de aquel tiempo acá tres veces mayor de lo que era. En tanto, que con haber muchas Valencias en la Europa, los Franceses la han llamado siempre la mayor diciendo en su lenguaje (Valance le gran) porque a la verdad sus casas llegan a número de diez mil, y vecinos son veinte mil, sin sus arrabales, y caserías de la huerta, que llaman Alquerías que son otra tanta ciudad.


Capítulo XII. De la elección que el Rey hizo de Fieles para repartir los campos y heredades, y como murmurasen de ella, la hizo de otros, y en fin volvió a los primeros.

Hechos los fueros y leyes para el gobierno de la ciudad y Reyno, fue el Rey muy solicitado por los oficiales del ejército hiciese la repartición y distribución de los campos y heredades de la huerta y dehesas, contenidas en el distrito de la ciudad, como cosa debida, y que por recompensa del saco de ella, que les había quitado de las manos, andaban todos muy intentos en la demanda: mayormente los que antes de tomada la ciudad habían alcanzado del Rey donaciones de tantas jugadas de campos. Por esta causa eran intolerables las importunaciones de los pretensores. Por donde hecha ya la división de casas por los fieles que para ello se deputaron, de nuevo eligieron dos otros fieles, o repartidores para la división de los campos. Para lo cual fueron nombrados por el Rey, don Assalid Gudal letrado y del consejo Real, y don Ximen Pérez Tarazona Vicecanceller del Reyno de Aragón, dos nobles Aragoneses, y muy diestros en las cosas del gobierno, y que no solo eran señalados por la mucha plática y experiencia de negocios, pero en la sciencia legal excedían a todos los de la Corte, y valer en las dos cosas era tenido a los nobles y generosos por muy honroso. De suerte que se les dio cargo para que reconocidos los campos, según el espacio y medida dellos, se asignase a cada uno lo que conforme a las donaciones hechas por el Rey les pertenecería. Sobre este nombramiento de los fieles para la división, hubo grande murmuración entre los señores y capitanes del ejército, y con esto mucha queja del Rey: pareciéndoles no ser cosa decente para negocio tan principal, nombrar tales fieles, por muy honrados y letrados que fuesen: que fuera harto más acertado nombrar otros de los mayores Prelados Eclesiásticos, y más grandes señores de su Corte. Lo cual aunque desagrado mucho al Rey, pero considerando que los mismos grandes que pedían el cargo, hallándose inhábiles para regirlo, luego mudarían de parecer, sin dar más parte dello a Gudal, ni a Tarazona, respondió que nombrasen los que quisiesen, que los aprobaría, y daría el cargo. En la hora fue dada al Rey la nómina de los que podían ser nombrados, que fueron de los Prelados, Berenguer Palaçuelos, y Vidal Canellan, Obispos de Huesca y Barcelona, y de los grandes, don Pedro Fernández de Azagra señor de Albarracín, y don Ximen Vrrea General de la caballería, ambos nobilísimos señores, y muy esclarecidos en la guerra, y así el Rey les confirmó luego en el cargo. Quejáronse mucho al Rey los primeros nombrados, por haberlos así súbitamente privado del cargo sin oírlos, y con gran mengua suya admitido a otros. Respondioles el Rey, que no se les diese nada por ello, porque tenía por muy cierto que los nombrados, viéndose embarazados por su inhabilidad, y dificultades del cargo, no solo le renunciarían, pero que con muy grande honra volvería a ellos: cuanto más dijo el Rey, que sé yo algún secreto, que cuando torne a vosotros el cargo siguiendo mi parecer, desharéis todas las dificultades y estorbos que se os puede ofrecer. De manera que los cuatro fieles comenzaron a poner mano en la división, y como luego se les ofreciesen grandes enredos, y ni supiesen, ni pudiesen deslindarlos, y con esto fuesen de día en día difiriendo la división, y creciese mayor murmuración contra ellos, que contra los primeros, luego de si mismos se inhibieron del cargo, y le renunciaron del todo.


Capítulo XIII. Como el Rey gustó mucho de los que dejaron el cargo del repartimiento, y que se restituyó a los primeros, y de la industria que dio en la repartición para que fuesen muchos heredados.

Gustó mucho el Rey de los Prelados y Grandes, que habiendo con alguna ambición procurado para si el cargo de la repartición con gran aplauso del ejército, sucedió que por las causas dichas, no solo le dejaron, pero pidieron volviese a los primero nombrados Gudal y Tarazona: a los cuales llamó el Rey, y en presencia de todos les confirmó el cargo: y para que mejor, y con más honra saliesen con la empresa, les descubrió su pecho, dándoles el modo y traza que habían de tener para quitar de raíz todas las dificultades, y embargos del repartimiento: porque se descubrían tan grandes, que casi imposibilitaban la repartición: las cuales mostró el mismo Rey se quitaría, haciendo dos casos con su autoridad y decreto. La una que así como en Mallorca en semejante división se había usado, las jugadas de los campos, que antes eran cada una de tantos celemines de simentera, de allí adelante se redujesen a la mitad, y sobre esto se estableciese ley perpetua: pues con buen título y razón podían los conquistadores hacer y dar (como está dicho) nuevas leyes a los conquistados, mayormente no quedando ninguno de ellos en la ciudad, y viniendo bien en esta ley los que de nuevo la poblaban. La otra era, que se examinasen muy bien las mercedes y donaciones hechas por el Rey antes de tomar la ciudad, y que reconocidos los servicios y gastos hechos por cada uno de estos tales, y limitados según el tiempo que siguieron la guerra, y ejercitaron las armas, así fuese la justa recompensa dellos: porque desta manera sobraría para todos. Siguiendo pues los fieles la forma y advertimiento del Rey, no solo igualaron los campos con las donaciones, pero aun sobraron tierras: y con esto fueron heredados en la huerta y campaña de la ciudad, CCCLXXX hombres principales del ejército de los dos Reynos, los que por su valor y mano se ennoblecieron en esta conquista. Esto fuera de los grandes, y principales del consejo real, porque a estos el Rey les repartió, y dio en feudo villas y castillos por todo el Reyno, con la obligación de seguir al Rey en tiempo de guerra, o en otra manera, de mayor o menor cargo: según la merced hecha a cada uno dellos. Cuyas familias y linajes desde la conquista acá, han florecido y perseverado con mucha alabanza, y quedan en sus estados con la gloriosa memoria de sus antepasados.


Capítulo XIV. De donde les viene a los Valencianos ser valientes en el acometer, y por qué causas el Rey les permitió los desafíos, y como fue Valencia Roma primero llamada.

Con el buen repartimiento de campos y heredades que los fieles con el consejo del Rey hicieron, quedaron colocados en esta ciudad tan gran número de gente escogida, como arriba dijimos. Los cuales con el buen sustento, y continua guerra que siempre tuvieron en defender la ciudad, y conquistar el Reyno de los Moros, la ennoblecieron con su linaje y familia en tanta manera: que no sin muy justa causa entre todas las ciudades de España la llamaron Valencia la noble como planta frutificante, y descendiente de aquellas primeras familias de Aragoneses y Catalanes, que por haber seguido a este Rey en tantas guerras quedaron por sus propias manos ennoblecidas. Lo cual se arguye de la misma nobleza y fortaleza que hoy queda y permanece en sus descendientes. Pues realmente de la gente Española, ni para acometer, ni para menos tener cualquier peligro en las empresas, jamás fueron los Valencianos de los postreros. Porque a estos la saturnina melancolía de los Catalanes sus progenitores, mezclada con lo dulce de la tierra a que son muy dados, se les ha convertido en pronta y Marcial cólera. Y tanto más porque Marte es señor, y está en la casa del signo Escorpión, al cual, por observación de Astrólogos, está sujeta Valencia. Y así la concurrencia de los dos planetas (según lo afirma Cipriano Leouicio) hace los hombres generosos, fuertes, animosos, airados, ardientes, prontos, liberales, arrojados a todo peligro, buenos para gobierno, vanagloriosos, amigos de venganza, y que no sufren injurias como estos. De aquí fue que para moderar esta su natural y pronta cólera, porque movida se les pasase presto, y con darle un desvío pronto, no se reconociese en venganza, a fin que luego en pasar la guerra se siguiese la paz: les permitió el Rey los desafíos de uno a uno, o de tantos a tantos. Así porque aflojando la cólera con la presencia e igualdad del trance y armas, diese lugar a la concordia: como porque por la codicia de ganar honra y victoria en el combate, se aumentase el ánimo, y mantuviesen las fuerzas para emplearlas contra los enemigos de la Repub. De donde ha venido que, o por el natural hervor de la sangre, o por el apetito de gloria, no hay gente como ella, que menos rehuse este género de combate, ni a que más se haya siempre dado. Por esta misma causa, y ser los Valencianos tan propincos a los Saguntinos (como adelante mostraremos) es posible que antiguamente se hubiesen igualado en fuerzas y valor con ellos. Ni se da por fabuloso (dando la antigüedad por autor) lo que vulgarmente se refiere, que Valencia fue primero llamada Roma, por haber sido nombre impuesto por Griegos corsarios, que navegaron por estas partes, e hicieron sus entradas y correrías por las tierras y lugares marítimos, y que de haber hallado en Valencia más resistencia, y gente más guerrera que en las otras tierras, la llamasen Pxuñ
que quiere decir valentia: y que por esta causa los Romanos reduciéndola a colonia, la llamasen Valécia, porque no encontrase con el nombre de Roma: mudando la voz, y quedando la significación, según que en nuestros Comentarios de Sale, lib. 2 más largamente se declara.


Capítulo XV. Que los Aragoneses que vivían en Valencia podían ser juzgados según los fueros de Aragón, y aunque se les negó, fueron parte para que los de Valencia fuesen más benignos, y del abuso dellos.

Volviendo a las leyes y fueros que el Rey estatuyo para la ciudad y Reyno, con asistencia de hombres muy letrados y expertos, y que habían considerado las leyes y gobierno de otras Repub. principalmente teniendo atención a los vicios e insolencias en que la mocedad Valenciana incitada por el gran regalo y abundancia de la tierra podía caer: determinó por estas causas fuesen los fueros de Valencia algo más ásperos que los de Aragón, los cuales de muy benignos, entre otras cosas, eximen a los delincuentes de venir a cuestión de tormento: y así quedaban los de Valencia en el inquirir, castigar y punir muy severos y rigurosos. Lo cual visto por los Aragoneses que estaban heredados y vivían en Valencia, acordándose de las libertades, y benignidad de fueros de Aragón, tentaron de contrastar sobre esto, siquiera por eximirse de ellos: pretendiendo que puesto que vivía en Valencia, habían de ser juzgados ellos y sus haciendas conforme a los fueros de Aragón. Pero fue por demás su demanda, porque se les respondió, sería cosa semejante a monstruo de dos cabezas, ser la ciudad y Reyno juzgado con leyes y fueros entre si contrarios y diferentes. Con todo eso fue tanta la porfía de ellos, alegando las libertades y benignidad de los fueros de Aragón que fueron parte para que se moderasen y diesen a Valencia fueros más benignos de lo que estaba ordenado, y de lo que agora (según la viveza de los ingenios y libertad de la gente) se les hubiera concedido. Puesto que a la verdad los mismos serían, agora como entonces, también suficientes para desterrar los vicios y males de la tierra, si se diese lugar a la ejecución dellos, y en los crímenes se ejecutase luego su rigor, y en los pleitos y cosas de hacienda, no se ampliase tanto su benignidad y favor, como adelante lo notaremos.


Capítulo XVI. De la razón por que se describen las excelencias de la ciudad y Reyno tan copiosamente, y de las justas causas que los conquistadores tuvieron para dejar sus propias tierras por poblar a Valencia.

No hay porque maravillarse, ni tener a demasiada afición, el tanto detenernos en la descripción de las excelencias de esta ciudad, que parece no queremos dejar cosa por decir de ella: porque en esto cumplimos con el oficio de fiel historiador, cual a este Rey se debe. Pues si de alabar el mundo con las grandes maravillas que en él hay, resulta tanto mayor obligación para haber de alabar al sumo artífice y criador del y dellas, como de obra y hazaña por sus manos hecha: a imitación y sombra de esto, habiendo sido el Rey el primer conquistador de esta ciudad, y echado a todos los infieles de ella, y de nuevo plantado la fé y religión Cristiana, regándola con la viva agua de doctrina divina, la cual mandó luego introducir en ella: y que por haberse con sus tan excelentes fueros y leyes perpetuando el buen gobierno y conservación de ella, ha llegado a ser y prosperar mucho más de lo que aquí la podemos alabar y con nuestro ínfimo estilo engrandecer: Porque todo esto no resultará en mayor loor y gloria del mismo conquistador? Como siendo esta una de las más bien acabadas hazañas por sus Reales manos, no será aquí muy copiosamente descrita y amplificada? Para que continuando lo dicho, con lo que por decir queda de ella, pasemos adelante, y mostremos, como a causa de haberse salido todos los moros de la ciudad, y quedar del todo desierta de gente, se siguió, que el ejército, no solo de los Aragoneses y Catalanes, pero de Franceses y Romanos (como arriba dijimos) se quedasen a poblarla, y por ella olvidasen sus propias tierras, por las sobradas causas y razones que para ello tuvieron. Porque si los hados (como el vulgo dice) les hubieran ofrecido felicísimo asiento y morada en esta ciudad, así fue igual la importunidad de todo el ejército, por ser acogidos en el repartimiento de las casas, y de los campos y heredades, para quedarse a vivir con ella. De manera que tan presto como la ciudad fue despoblada de los moros, fue poblada y dos tanto aumentada por los cristianos: pues con la religión y fueros tan santos para su temporal y espiritual gobierno, juntamente se introdujo (introduzio) la política (policía), y delicado modo de vivir en ella. Mas porque declaremos en particular algunas de sus principales excelencias, por las cuales es tan conocida y nombrada en todas partes: vamos por cabos declarando lo más principal de ella, y por lo que llega a ser muy singular entre todas las de la Europa. Como es por la comodidad de su asiento, por la gran templanza y suavidad de aire: por su rica y varia fertilidad de campaña: por su grandeza y concurrencia de gente: por su trato e infinidad de mercadurías, con las propias y muchedumbre abundancias del Reyno: que todo será para más descubrir el lustre y gran ser de ella. Volviendo pues a su asiento y fundación, lo que se entiende es, que según su natural sitio y aparejo para ser muy poblada, su fundación fue muy antigua entre todas las ciudades de España (según que otros escritores lo han significado) pero su aumento comenzó de aquel tiempo que la gran ciudad de Sagunto su vecina a XII mil pasos de ella (donde agora está Murviedro) fue destruida por Annibal y ejército de los Cartagineses, como adelante diremos. Porque se cree, que después de esta destrucción, que por no haberle acudido con el socorro el pueblo Romano padeció Sagunto: proveyó el Senado viniese Gne. Scipion procónsul a España, para ver si podría reparar las ruinas y pérdida de ella: pero como la halló tan despoblada y yerma, así por la gran falta de aguas, que por los conductos ya rotos solían traer a su río y vega: como porque Valencia, y otros pueblos vecinos a Sagunto, se las habían usurpado, y dividido entre si su territorio y campaña, pasó a Valencia, donde vista la gran fertilidad de la tierra, con la abundancia de aguas que para ser bien cultivada tenía, dejó a Sagunto, y en su lugar hizo a Valencia colonia Romana, y la sustituyó en toda la señoría y mando que Sagunto en su territorio poseía: ennobleciéndola con nuevos edificios, y otras comodidades públicas (como luego mostraremos) a causa de ver su felice asiento, y constelación (costellacion) próspera debajo del signo de Escorpión, con la compañía de Venus y Marte: los cuales (según la opinión de Astrólogos) causan admirables efectos, como en el capítulo XII, poco antes se han copiosamente declarado: y que bastan los efectos para creerlo. Lo mismo se halla en lo que toca a la pureza y sanidad de aire, y hermosura de tierra. Porque está situada en el mejor, y más templado suelo de la Europa: por estar hacia la marina, abierta al oriente: para que antes que los vapores crasos y húmedos que de la noche quedan puedan dañar por la mañana a los ciudadanos, los haya el sol ya levantado y disipado. Está hacia el Septentrión a tres leguas rodeada de un perpetuo monte, que desde el cabo donde está el devoto monasterio de frailes menores, que llaman Val de Iesus, corre hacia poniente y mediodía en forma de semicírculo, que comprende toda su vega y huerta. Por el cual monte pasan de invierno, y se refrenan los rigurosos vientos de la Tramontana, que revueltos con la fragancia de tan buenas yerbas y flores, purgan los malos vapores, y desecan las humedades de ella. A los cuales suceden de verano los vientos que los Griegos llaman Etesias, que son el Boreas templado: y muy saludables, porque suelen estos templar el excesivo calor de los caniculares. También por el poniente se vale de los lluviosos vientos de Castilla: para que con el más cómodo regadío del cielo, maduren los frutos de su vega, y los del monte crezcan. Puesto que su mayor abundancia de aguas le acude por el Levante: del cual también se vale para hacerse venir las naves cargadas de pan de Sicilia hasta su Grao y marina. Finalmente por la parte de mediodía, por donde había de ser más infestada, también templan su calor los suavísimos vientos Australes, que rociados del mar, por donde pasan, refrescan la tierra, y cuando el sol es más ardiente más los mueve, y son los que llaman embates. De donde es que con haber en ella concurso de todas las gentes y naciones del Orbe, a dicho de todos, ningún otro aire como el de esta ciudad se halla más común y saludable para todos: y tanto más porque si acaece a los extranjeros adolescer en ella, no hay otra en la Europa más pueda de remedios que ella para cobrar la salud: así por el grandísimo ejercicio de la medicina platica y especulativa que en si tiene: como por la mucha abundancia y excelencia de adrogas, de yerbas, y mucho más de regalos que en ella hay para los dolientes: y que se puede muy bien decir, como suelen, que valen más los regalos de Valencia que las medicinas de otra parte. Pues si consideramos las aguas en ninguna parte se hallan más saludables que en ella. Porque su río Guadalaviar, que viene de hacia el septentrión fresco, y desde su nacimiento muy quebrado y ligero por entre peñas, llega tan apurado, que según opinión de Médicos, y se prueba por experiencia, ningún río hay de agua más sana y delgada, que la suya. Mayormente después que la ciudad goza del ordinario y abundoso acarreo de la nieve, cuyo efecto es comunicar toda su frialdad al agua puesta en vasos (no mezclada con ella, que no es sano) sino con circular movimiento meneados, y refregados con en ella: porque de esta manera, restituyendo al agua su propia calidad primera que es de frigidísima, viene a ser muy grato, y para la concoction, y digestión, muy apto y sano el beber con ella. Porque demás del suavísimo regalo que se alcanza con el beber frío en tierra de si caliente, y más siendo el tiempo ardiente: aun es mayor la salud que se le sigue de esto, por la templanza y freno que el frío pone al excesivo calor interior de los cuerpos, cual del calor de hígado se padece en ella: como en nuestros Comentarios de Sale lo tenemos más largamente probado. Puesto que no por eso deja de ser buena el agua de los pozos, sino es para quien no la tiene vezada, de la cual abunda en tanta manera la ciudad, que con los de los arrabales se hallan treinta mil pozos en ella. Los cuales ayudan mucho a la firmeza y sanidad de la tierra, defendiéndola así de terremotos y otras aberturas, como de pestilentes vapores, para que salga no con ímpetu, debajo de la tierra sino poco a poco, y como rociados y templados por los mismos pozos.


Capítulo XVII. De la rara y artificiosa obra de los albañares de la ciudad, y de la gran limpieza y sanidad que tiene por ellos.

Se junta con los demás provechos que los pozos hacen a la ciudad, para ser una de las más limpias y sanas del mundo, lo que ayudan ellos para conservar y mantener aquella tan singular y rara obra de los albañares públicos, que en latín llaman cloacas, con los particulares de cada casa, hechos los unos y los otros con tanto artificio, y comodidad para la limpieza de la tierra: que realmente cuando no los había debía ser esta ciudad muy intolerable y enferma, por ser húmeda y caliente, donde más fácilmente se corrompen las cosas, que si fuese fría y seca. Como lo vemos de muchas otras, que por falta de esta policía, no solo se valen de corrales llenos de suciedades, pero las calles quedan inficionadas de mil inmundicias con intolerable hedor por las mañanas. Y así se halla que excede en esto a las cloacas y policía de Roma, y las demás ciudades de la Europa. Puesto que es fama fue por los Romanos hecha esta obra en Valencia, siendo Gne. Scipion procónsul y Presidente de España, y que por orden suyo se edificaron estos albañares, por sacar las suciedades no solo de cada casa, pero todas juntas sin ningún mal olor, fuera de la ciudad: lo cual es argumento que sin ellos no se podía vivir en ella. Esta obra subterránea dellos con tanto artificio, y suntuosidad hecha, que no fue menos que edificar media ciudad el acabarla, por tantos arcos, puentes, y bóvedas que en lo profundo hay, y tan fuertes, que aun causa mayor admiración, que de mil y setecientos años acá que se edificaron, han siempre permanecido y permanecen en su rigor y entereza de obra. La cual está acabada desta manera, que por la parte de entre septentrión y poniente, donde tiene un poco de pendiente la ciudad, le entra una grande acequia de agua, sacada del mismo río: la cual después de haber aprovechado para adobar paños y tinturas, se divide en tres otras acequias, que llevadas debajo tierra por sus albañares, no solo reciben las aguas de las lluvias que se recogen de las calles por los albellones, o caños, pero aun recogen las inmundicias o heces de todas las casas para echarlas fuera de la ciudad. Y con esto vienen a ser muy grandes por esta vía, que tiene cada casa por si pozo y cocina, de los cuales todas las aguas que echan caen en aquella canal, en la cual entran las inmundicias de la casa, las cuales ayudadas con el agua, por sus alcaduzes da en las madres o canales que artificiosamente hechas va por medio y debajo de las calles, hasta que da en los tres grandes albañares. De esta manera las suciedades de cada casa por si, y de todas juntas, van por fuera de la ciudad, hinchiendo los fosos y barbacanas entorno de ella, hasta que toman la vía de la mar, y fertilizan muy mucho los campos que de paso riegan. Pasa más adelante la policía, que si acaece en casa, o por las calles, ataparse los albañares, esto se conoce luego en el estancarse la corriente de ellos: y en abrir la madre, o canal en aquella parte se purga en la hora, sacando la suciedad. La cual no es intolerable de hedor, como suele en otras partes, ni infecta (inficiona) el aire, por cuanto no está de mucho tiempo represada. Para que así como en un cuerpo humano nace la dolencia de la dificultad que hay para expeler (expellir) sus excrementos, y como por el contrario sana con la fácil evacuación dellos: por lo semejante se prueba, que la principal salud de esta ciudad consiste en la limpieza y continua evacuación de las inmundicias de ella.


Capítulo XVIII. Del estanque llamado Albufera que no es malsano, antes causa muy gran provecho y recreación a los de la ciudad.

Mucho menos hay que oponer por contraria a la salud de la ciudad la vecindad del estanque, que llaman Albufera en arábigo, y significa mar pequeño. La cual está a una legua de la ciudad, y tiene tres de largo: por pretender algunos que por estar al mediodía, y retenidas en él las aguas, fácilmente se corrompen con el grande calor de la tierra, e infectan la ciudad. Lo que en ninguna manera se sigue, ni puede corromperse, a causa de ser tan grande y espacioso, y entrar en él algunas continuas acequias de agua, de la cual, y de la del cielo viene a crecer tanto, que lo abren de cuando en cuando por la parte donde está estancado y más propinquo al mar, y por allí se vacía y purga toda su hez y corrupción. De donde se sigue que entrando aquella agua en la mar al gusto de su dulzura suben infinitos peces pequeños por la corriente arriba, y se meten por el estanque adelante, los cuales creciendo, y no permitiéndoseles volver al mar, es increíble la ganancia que dan a los pescadores, y provisión a la ciudad, por ser tanta la abundancia de pesca que en él se queda. Demás de la infinita diversidad de aves acuáticas (aquatiles) que de invierno vienen de otros estanques a este, tanto que lo cubren, y están tan asidas a él, que no hay levantarlas de una parte del estanque, que no se asienten luego sobre la otra. Por donde causan tan grande recreación y regocijo a los que navegan pescando y cazando por él, que viene a ser este uno de los más regocijados recreos y deleites de cuantos hay en la Europa: así por la seguridad de la navegación, por no haber en él tormenta, como porque a causa del poco hondo, que apenas llega a un estado de hombre, no puede haber naufragio que no sea más ridículo que peligroso. Y también por la variedad y singularidad de caza y pesca juntas, de que en él se goza. Pues se ve entre los que andan con sus barquillos navegando, los unos atender a pescar: los otros a levantar las aves espesas como nubes a volar sobre ellos, y cada uno con su arco a derribarlas a bodocazos, los otros a seguir los jabalíes que a veces se ven pasar a nado, y travesar el estanque de una dessa en otra. De manera que todos juntos, y cada uno por si, gozan de las tres cosas a la par alegrísimamente, y más que por remate de la fiesta, se juntan todos en medio del estanque, aprestada la flota de cuarenta, o cincuenta barcos, y con la buena mochila que cada uno trae, hacen sus comidas tan espléndidas (esplandidas), y con su música y danzas tan regocijadas, como se harían en medio de la ciudad, según que se refiere en nuestros Comentarios de Sale, donde se hace más cumplida descripción de este estanque.


Capítulo XIX. De la gran fertilidad de su vega y de la diversidad de mieses, árboles y frutas, con la artificiosa compostura de sus huertas.

Pues habemos discurrido sobre la buena sanidad y temperamento que en el sitio, cielo, aire, y aguas, de esta ciudad hallaron los conquistadores tan cómodo para si, mostremos como mucho más por la grande fertilidad y abundancia de su campaña y vega, se determinaron a vivir en ella. Porque la hallaron tan varia y copiosa de frutos, que pudieron muy bien compararla con la tierra de Egipto. Pues a esta, como por tener el cielo siempre sereno, y el suelo fértil y hecho a producir todo género de frutos, en salir el río Nilo de madre con su limoso riego la hace abundar de toda variedad de mieses: así en esta ciudad y vega cuyo cielo casi de ordinario es sereno, no solo los comunes frutos de otras tierras, pero seiscientas maneras dellos suele producir de suyo con la buena obra de Turia su río fecundísimo. El cual no con excesiva creciente, ni con ordinario salir de madre, como el Nilo, sino con la medida y artificiosa derivación de sus aguas por acequias, que riegan los campos, y los alegran y fertilizan no hay semilla, y ni injerto, ni frutal en el mundo, que plantado y cultivado en el campo de Valencia, no tome y fructifique cumplidamente. Demás que puede tanto la industria y trabajo del labrador en bien cultivarle, que nunca lo deja estar ocioso, ni carecer de fruto: pues se halla que un mismo campo produce tres o cuatro mieses en un año. Qué diremos de su admirable cultura en injertos de árboles? Qué de su lunar observación y orden en el plantarlos? Dónde se vio de un mismo tronco salir cuatro diferentes especies de un género de fruto? Qué se dirá de la infinidad de viñas, cuyo licor en abundancia llega hasta dentro en las Indias? Pues si admirable es la variedad de sus árboles, si la fruta de ellos, rara y suavísima: también es la vista y composición de sus huertas, y el artificioso concierto de ellas incomparable: por la increíble copia que en ella hay de arrayanes, jazmines, naranjos, limones, y cidras de infinitas maneras con que los sentidos del olfato y vista tanto se apacientan y el gusto despierta.


Capítulo XX. Del asiento y descripción del Reyno, y de su grande fertilidad, y como se divide en tres regiones, y de las Prelacias y ditados que en él se contienen.

Hemos (auemos) ya dicho de la ciudad, y su campaña, queda lo que se ofrece declarar del Reyno, así de su asiento y postura, como de su gran fertilidad y cumplimientos de toda cosa. Del cual hallamos que está como en figura cuadrangular, extendido sobre la ribera del mar mediterráneo Baleárico, hacia el Oriente y mediodía, y que siguiendo la costa del mar, por el cual está el Reyno atajado, su longitud es sesenta leguas, y su latitud desigual cuando mucho es XVI leguas, y cuando menos ix. Tiene su elevación de polo en treinta y ocho grados, y según afirman los Astrólogos está sujeto al signo de Escorpión con los de Venus y Marte: como poco antes en la descripción de la ciudad se ha notado. Los Reynos que lo encierran, y cercan de mar a mar, son el de Murcia por la parte de mediodía, el de Castilla, por el poniente, el de Aragón por Septentrión, y el de Cataluña, que cierra el otro cabo del mar, entre septentrión y Oriente. Es todo él hacia lo mediterráneo muy lleno de montes, y sus llanuras son hacia la marina, que como medias lunas se extienden espaciosamente, y las llaman planas. A estas cercan los montes, cuyos cabos entre plana y plana van a dar a la mar, y se riegan por sus ríos y fuentes que pasan por medio de ellas: como es la plana de Burriana, que hoy llaman de Castellón, por ser esta la mayor y más principal villa de ella, que la riega el río Mijares: a la plana de Murviedro el río Palancia: la de Valencia el río Guadalaviar: la de Alzira el río Chucar: la de Gandía y Oliva sus propios ríos: la de Denia y Xabea sus fuentes y añoríos: y lo mismo lo de Villajoyosa y Alicante. Finalmente la de Elche y sus circunvecinas, y entre todas la de Orihuela que riega el río Segura: demás de la mediterránea y fertilísima huerta de Xatiua con sus dos ríos, y algunos otros grandes valles que van a dar en el mar como la de Bayrén (Bayré) que es de Gandía (Gádia), y la de Valdina y otras: de las cuales adelante hablaremos. Sin estas hay otra mayor que llaman de Quart, que confina con la vega de la ciudad, la cual si se regase (que bien podría) sería para mayor abundancia de pan y ceuadas que todas las otras juntas: las cuales por ser marítimas y de regadío, son de las más fértiles y frutíferas del mundo. Porque su fertilidad no solo consiste en la abundancia, pero en la mucha variedad y diversidad de frutos, y sobre todo en la excelencia de cada uno de ellos. Fuera de estas llanuras marítimas, todo lo demás del Reyno son montes y valles en muchas partes ásperos y fragosos, pero tan llenos de grandes y pequeñas fuentes, que por ellas son los valles muy fértiles y abundosos de todo género de mieses y frutales, aunque no tanto como lo marítimo, por no gozar, así bien del aire y comercio de la mar, como del suelo tan húmedo. Con todo eso son los montes muy fértiles para panes y pastos de ganados, junto con la templanza del invierno, pues por esto, y nunca faltar el pasto, son la estremadura de Aragón para ganados. De donde viene a ser este el más habitado y poblado reyno de España, pues vemos en él fundadas cinco ciudades, y sesenta villas, y al pie de mil lugares, y que contiene dentro de si un Arzobispado, de Valencia y dos Obispados, Segorbe y Orihuela, con la mitad del de Tortosa: con catorce ditados y estados de señores, que son tres Ducados, Segorbe, Gandía y Villahermosa: cinco Condados, Cocentayna, Oliua, Almenara, Albayda, y Elda: cinco Marquesados, Denia, Elge, Lombay, Guadalest, y Nauarres: y un Vizcondado, Chelua, todos ricamente dotados. Demás de las dos supremas dignidades de Almirante de Aragón y de Maestre de Montesa con sus encomiendas, y en fin se hallan en él hasta ochenta mil casas de Cristianos viejos, y veinte y dos mil de Moriscos: estos por la mayor parte están esparcidos por los montes y valles del Reyno, a causa de que al tiempo de la conquista como fuesen echados de las ciudades y villas muchos de ellos se fueron a habitar por los montes ásperos, y valles solitarios, y doquiera que hallaban fuentes, o ríos allí hacían sus chozas y asiento: y los señores en cuyo término, o territorio paraban, ayudándoles a poblar y hacer casas, se los avasallaban, y así quedaron muchos valles y hoyas, que dicen, pobladas de ellos por todo el Reyno. Los cuales dándose a la agricultura, carbonería, y esparto, con otras granjerías del monte, llegaron a proveer la ciudad, como hoy en día, de muchas cosas, y a enriquecer sus señores. Porque de viles y miserables que son trabajan, y no comen, ni visten, por vender y hacer dinero. Puesto que los que quedaron en las llanuras, con las granjerías más ricas del azúcar y otras cosas, pasan la vida con más policía que los montañeses. Está pues el Reyno dividido en tres regiones (como brevemente ya antes se ha señalado) la primera que toma desde la raya de Cataluña hasta el río Mijares, que dijeron de los Ilergaones, y la habitan los Morellanos, y los que llaman del maestrado de Montesa, es tierra por la mayor parte montañosa y áspera, pero muy abundante de seda, de aceite, y de mucho y muy excelente vino, de pan no tanto, pero con los buenos pastos para ganados, y el lanificio, con la oportunidad del mar y pescados, tienen los moradores buen pasamiento en ella. La segunda región que toma desde el río Mijares hasta el río Xucar, es la Edetania marítima, y contiene en si las planas de Castellón, de Murviedro, y de la ciudad, hasta la plana de Sueca (çueca) y Cullera, con todo lo que hacia Aragón y Castilla comprende el Ducado y ciudad de Segorbe con su Obispado, con las villas de Xerica y Chelua, que todo es parte de la Edetania. La cual es tierra fértil, y aunque fragosa, pero con la oportunidad de los ríos y regadío, son los valles de ella muy fructíferos, y de los bien cultivados del Reyno: y que en todo género de mieses tienen su medianía. La tercera región que es la Contestania se extiende desde Xucar hasta Biar y Orihuela, frontera del Reyno de Murcia, contiene en si las tres ciudades, Xatiua cabeza desta región, Alicante, y Orihuela, con muchas villas grandes, y muy poblados lugares, los cuales pasada Xatiua, todos son montañas, tan abundantes de mucho y muy buen trigo, vino, aceite, sedas, ganados mayores y menores, de lanas y obra de peraylia, y de la yerba sosa borda, o barilla tan necesaria para hacer el vidro, y hay campos de ella: que en fin se tiene por la más rica y provechosa partida del Reyno.


Capítulo XXI. De los grandes provechos y comodidades que la ciudad y Reyno tienen por la vecindad del mar, y de lo que se opone a esto y se responde.

Por la gran distancia y longitud que el Reyno tiene desde la raya de Cataluña hasta la del Reyno de Murcia siguiendo la costa del mar se ve que mucha más vecindad tiene con la mar que con cualquier de los otros cuatro Reynos que le cercan por tierra, y que así por esto, como por ser mayores las ocasiones y provechos que de aquí se ofrecen al Reyno, se enriquece más por la mar, que por el comercio de la tierra. Y no solo por la riquísima ganancia de la pesca, pues demás de serle continua, y que arma sus almadrabas para pescar los atunes y otros pescados de paso: y también se vale mucho del ganancioso uso de la navegación, mediante el cual, las provisiones y mercadurías de otras partes le entran con gran abundancia, y las del Reyno se sacan con mucha ganancia. Puesto que contra esto oponen algunos, que le vale poco el mar a la ciudad, pues no solo carece de puerto, pero tiene (como en el precedente libro dijimos) la más peligrosa playa del mundo: y porque no goza como otras ciudades, que están a la lengua del agua, de la continua vista y alegre contemplación del mar, del cual está media legua apartada, y así se privan los ciudadanos del regocijo y contentamiento que da el ver aportar naves y galeras, y desembarcar nuevas gentes, y mercadurías de todas partes, y del continuo refresco y viento de mar, con otros muchos provechos y comodidades que trae el vivir junto a él. Mas todo esto, a la verdad bien mirado, no es de tanta consideración: que por eso pierdan su lustre y valor las ciudades mediterráneas, y que no valgan otras, ni sean tenidas por marítimas las que ven y descubren el mar, aunque de lejos, sino las que se dejan lavar y combatir de sus olas: siendo así que la distancia con retención de la vista del mar, sucede en mayor reposo y tranquilidad y aun utilidad de las tales ciudades. Porque si bien lo consideramos, que provecho ni utilidad se saca del continuo mirar el mar, y contemplar el inquieto movimiento de sus inconstantes olas, que jamás están quedas, sino que, conforme a su movimiento, o hacen vacilar los ojos, y al ánimo que los sigue, o no dejan considerar con atención las cosas: antes parece que embotan el ingenio, y que los hombres de tanto mirarlas dan en tontos: por lo que vemos que ningún género de gentes son de menos discurso, ni más rudos que los pescadores, que nunca parten los ojos del agua. Por esta y otras razones, el gran historiador T. Livio, describiendo el asiento de la ciudad de Roma, pone por muy grande utilidad la distancia que de ella a la mar hay de doce millas: y ni porque su puerto de Ostia es pequeño, y no frecuentado de grandes naves, ni porque su playa Romana sea muy peligrosa de navegar, disminuye en nada las alabanzas de Roma. Porque no hay duda, sino que la ciudad marítima que carece de puerto, está menos sujeta a la repentina venida de armadas de enemigos. Por donde como no es notable falta de la ciudad carecer de puerto, así es mucho más útil que en el Reyno haya pocos puertos, y aquellos bien fortificados, pues para lo que toca a la guardia de los corsarios Moros de África, que solían muy de ordinario robar toda la costa del con sus repentinos asaltos, y gente infinita que cautivaban, se ha hallado en nuestros tiempos, por la felice memoria de Carlos V Emperador y gran Rey de España, y con la industria de Don Bernardino de Cardenes Duque de Maqueda Visorey que entonces era de Valencia, el más sano remedio que hallarse podía: como si de nuevo cercaran toda la costa de muy alto y fortísimo muro. Esto se hizo levantando por todas las sesenta leguas que hay de un cabo de la costa al otro, hasta veinte y cinco torres muy altas y bien fortificadas, comprendidas las que ya los pueblos grandes marítimos tenían hechas, las cuales a dos leguas de distancia se van de una en otra descubriendo, con dos hombres de guarda y uno de a caballo que están en cada una dellas: para que cada prima noche con fuegos se hagan del un cabo al otro señales de paz, o de enemigos que andan por la mar, señalando el número de los bajeles, o fustas descubiertas, para que en espacio de un hora quede avisada toda la costa, y estén los lugares marítimos y las compañías de caballos ligeros que hay de guarda en orden, así acaece que en ver los corsarios que son descubiertos, o se van, o si se echan en tierra, luego saltan las guardas de caballo a dar aviso a los pueblos, los cuales salen y cogen los moros con la presa hecha. Este remedio ha succedido tan prósperamente, que de muchas personas que solían los corsarios cautivar cada año, y con el rescate dellos destruir el Reyno, pasan diez años que apenas pueden hacer un asalto sin gran riesgo suyo: porque mayor alarma no se les puede dar, que descubrir los de las torres. Finalmente tiene el reyno repartidas por territorios y pueblos sus particulares abundancias, y fertilidades de frutos, con los cuales no solo sustenta a si, y a la ciudad, y Reynos comarcanos: pero aun a los de allende el mar provee. Pues hallamos en el mismo Reyno tierras que abundan de panes, y pastos para ganados: otras de vinos y algarrobas, otras de aceite y miel: otras de azúcar y arroz: otras de cabrío, carbón, y leña: de esparto las más: de seda, y su gran trato todas sin sacar ninguna.


Capítulo XXII. De la objeción (
obiection) y nota que algunos ponen al Reyno por la falta de pan y carnes, a lo cual se responde y satisface.

Queda satisfacer a los que a boca llena burlan de quien alaba este reyno por abundoso en todas cosas, padeciendo tan grande falta de pan y carnes, que sea necesario en cada un año hacer provisión de ello, y traerle de reynos extraños: mostrando que ni para si, ni para la ciudad tiene de estas dos tan importantes vituallas, lo que ha menester para su mantenimiento. Pero yerran no poco los que livianamente juzgan de las cosas, sin mejor considerarlas: siendo así que está en mano del Reyno mostrar como puede abundar de todo, si bien, lo que hace por su parte, se escuchare. Porque entre otras cosas, si la mucha variedad y copia de árboles como frutales y morales: si el increíble viñedo, y las mieses de azúcar y arroz, con otros delicados frutos que ocupan sus campos y heredades, se convirtiesen en sementeros de pan y pastos de ganados: si la innumerable gente que por el Reyno hay, señaladamente en la ciudad, que le sobra para poblar tres otras como ella, fuese menos: si tantos extranjeros como a ella vienen con su grande trato no la encareciesen: no hay duda, sino que los atroxes y carnecerias de ella abundarían todo el año de su propio pan y carnes para los naturales. Pero si fue miserable cosa ver al Rey Midas, con sobrarle mucho oro perecer de hambre (según la fábula) no sería de mayor cortedad y miseria del Reyno de Valencia (teniendo en esto de do valerse) ocuparlo con sola la crianza de pan y carnes, y con esto privarle de la varia, rara, y admirable producción de tantos otros, y tan excelentes frutos? Porque dado que la falta de pan es el nudo (ñudo) que más ata y enreda la Repub. es tanta y tan solícita la diligencia, que los padres y Regidores de ella suelen poner en el proveerse del a su tiempo, y prevenir a esta necesidad: que en los mayores y más estrechos tiempos de hambre, cuando más universal ha sido por toda España, Valencia por su prevención ha tenido hartura. Demás que de sus vecinos y comarcanos Reynos de Castilla, que son abundantísimos de pan, y no pueden pasar sin valerse para muchas cosas de Valencia, es tan ordinaria y cotidiana la provisión y acarreo del, que se puede la destos comarcanos reputar por propia y doméstica mies del Reyno: y como sementera que no ha de faltar, contarla entre las harturas de Valencia. Lo mismo se puede decir de las carnes, ser tan abundante la crianza dellas en sus vecinos Reynos de Aragón y de Castilla, que por sobrarles, es necesario, siendo tan cierta la expedición y ganancia, traerlas a la carnicería de Valencia. De donde se echa de ver la sobrada razón que los conquistadores tuvieron para dejar sus propias tierras por habitar esta, y lo mucho que por sus descendientes hicieron en heredarlos en tan abastada ciudad y Reyno, donde gozasen de tan saludable aire, de tan deleitoso cielo y fértil suelo.


Capítulo XXIII. De la comparación que de Cataluña y Aragón se hace con Valencia.

Los mismos que hasta aquí daban contra la ciudad, no pudiendo en ella hacer mella, las quieren haber contra sus naturales y ciudadanos, notándolos de inútiles y livianos, por cuanto de verse que gozan de tierra tan fértil, abundante, y regalada, tienen tanta cuenta con lo presente, y en holgarse, que por eso ni les fatiga la memoria de las cosas pasadas, ni el cuidado de lo por venir les apremia, ni se aprovechan de la constancia y templanza de sus Reynos comarcanos de Aragón y Cataluña, para tener más cuenta con la honra y hacienda, que no con el buen tiempo y holganza cual los desta ciudad tienen. Y así dan mucho que maravillar de si, porque siendo estos dos Reynos tan conjuntos y circunvecinos a Valencia, son en el vivir, y en el pretender, los unos de los otros diferentísimos. A lo cual se responde, que la diferencia que entre si tienen los tres Reynos es natural e innata a cada uno de ellos, o por alguna influencia y constelación del cielo, o por el asiento y propio agro de la tierra, o que por la competencia y guerras que antiguamente hubo entre ellos, se diferenciaron en el modo de vivir y costumbres. Y así parece que la diferencia de entre ellos nació de los tres tiempos, pasado, presente y por venir. Pues se ve que los del Reyno de Aragón, porque siempre se glorian de los hechos de sus antepasados, y a respecto de ellos desprecian los presentes, ni tienen tanto cuidado de lo por venir, sino que con gran constancia y valor defienden sus fueros y antiguas leyes, como testigos de su antiguo valor y libertades: es de ellos el tiempo pasado. A los Catalanes, o por la esterilidad de la tierra que en muchas partes es mal cultivada y delgada, o porque naturalmente son hechos a la templanza y provecho, y de lo por venir tan solícitos que apenas gozan de lo presente: les cupo el tiempo venidero. Mas los Valencianos, a quien por la fertilidad y abundancia de la tierra, les es casi presente toda cosa, y que más cuenta hacen de su propia virtud y hazañas, que de las de sus antepasados: ni tampoco temen les ha de faltar la gracia de Dios en lo por venir, y por eso gozan de lo presente, es este su propio tiempo. De donde les viene muchas veces el ser largos y también pródigos. Como se ve, que para los pobres de Cristo, y para el mantenimiento de su religión y religiosos, mayormente para la amplificación de sus Templos y culto divino, son manifiestamente liberales. Porque lo dan de buena gana y se alegran del bien que hacen. De aquí viene que los mismos tres Reynos, en la misma forma que los tres tiempos, también se reparten entre si los tres bienes, de que viven, y suelen honrarse y gozar los hombres: que son el honesto, el útil, y el deleitable, pues así como por las mismas causas y razones que arriba acomodamos los tiempos a los Reynos, lo honesto recae en Aragoneses, y lo útil en Catalanes: así en los Valencianos, que saben usar de todo, cabe lo deleitable, y se compadece (como dice Salomón) junto con el buen vivir, el alegrarse.


Capítulo XXIV. De los ingenios Valencianos y como por la comparación del azogue se descubre la grande excelencia y fineza dellos.

Concluyen su porfiada querella contra los Valencianos los que en los dos precedentes capítulos vanamente dieron contra la ciudad, y arguyendo de livianos a sus ciudadanos, disparan su mal concertada machina contra los delicados y raros ingenios dellos: de los cuales, aunque confiesan que son singulares, y de muy excelente discurso, como por otra parte sean inquietos, y demasiado agudos, dicen que despuntan en variables, y que de ahí vienen a ser los sujetos inconstantes, y poco firmes en sus dichos y hechos. Lo que si cae en hombres de gobierno, les parece que puede resultar en gran daño de la Repub. siendo la fundamental virtud de ella la constancia. Declaran más su intención, para probar la poca firmeza, y menos tomo de estos ingenios, con la comparación y semejanza que de ellos hacen con el azogue, o argento vivo, que los Philosophos naturales llaman Mercurio, a causa que con su inconstancia e inquietud burla a los que le tratan, mayormente si entienden en detenerlo, o como dicen, aquedarlo. Y esto, por lo que de él juzgan los Alchimistas, que no solo es muy necesario para juntar y colligar los otros metales entre si: pero aun afirman, que de si es pura y fina plata, y que pasaría por tal, si no se huyese, o si aquedase: según que muchos dellos han trabajado infinito por aquedarlo, pero no a todos ha succedido bien su trabajo. Viniendo pues a cuadrar la comparación, parece cierto que con ella más presto se alaba por todas vías, y que por ninguna se vitupera la calidad destos ingenios. Por cuanto se muestra claramente por ella, como a manera del azogue ha de ser el buen ingenio humano, veloz, pronto, y fácil: porque con esto es más apto, y se dobla más para aprender y collegir todas las ciencias y artes, y para mejor discurrir por todas ellas. Pues así como al azogue les es propia la mudanza, e inquietud, y ni por eso pierde su propia naturaleza de plata fina: por lo semejante, como haya sido tenido siempre en menos el ingenio tardo y perezoso, que el acelerado y pronto: le tienen tal los Valencianos, que se aventaja al de todos. Porque debajo de aquella celeridad se muestra, que los tales ingenios andan, discurren, y traspasan el inmenso e infinito piélago de la raciocinació, y discurso humano: y que no hay alteza, ni profundidad, ni latitud de polo a polo, que no la penetren y transciendan. Mas aunque se así (como lo vemos) que los tales ingenios dan en precipitadas, y peligrosas deliberaciones, y que hacen varios e inconstantes sus dichos y hechos a los deliberantes: todavía, como los Alchimistas, en poco, o en mucho, han hallado el modo y arte para que no se vaya el azogue, mas que se pueda gozar por plata fina: así no ha faltado a los Valencianos su arte y manera para moderar y asentar su movilidad y demasiada agudeza de ingenios. Porque han hallado una y muchas formas y vías por do guiarlos, de manera que den en honestas, iguales, y constantes deliberaciones, a las cuales, por los medios de la buena institución, mostraremos como los ciudadanos desde su tierna edad van muy bien encaminados.


Capítulo XXV. De los medios y remedios que Valencia tiene para reducir los ingenios de sus naturales a constantes, discurriendo por todos los estados.

Ordinaria cosa es en las ciudades siempre que se ven algunos mozuelos hacer insolencias y malas crianzas, dar la culpa a sus madres, porque de haberlos criado regaladamente y no castigado quedaron tales. Pero no hay porque en todo condenarlas, si consideramos cuan mezclado anda con lo irracional el amor natural de las madres para con sus hijos: y aun mucho más las excusaremos, si mostraremos como en la crianza dellos, aunque son ellas las que ministran, el sobrestante de esta obra y la que en ella manda, es naturaleza: por lo que para su intención y fin cumple, que este humano y corporal edificio se levante muy firme y recio, y como los cimientos no suelen ser labrados, ni pulidos, sino de piedra dura, y de argamasa fuerte: así a las madres se les permite en la crianza de sus hijuelos tiernos, ser muy piadosas con ellos, y hacerles grandes regalos, antes que rigurosamente castigarlos, ni darles golpes. Pues demás que por entonces el niño tierno, no es capaz de disciplina, ni se acuerda, que por que lloró le dieron: también dándoles, se espantan, y se perturba en alguna manera lo que naturaleza obra en los tales, que solo está intenta en adormecerlos, y proveerles de regalados alimentos, y en hacer buenas paredes de carne, y firmes cimientos de huesos, a fin de que por la ternura del edificio, no entre en él mazo, ni escoplo de disciplina, antes de los cinco años: sino que suave y rudamente pase adelante, solo que crezca y embarnezca el sujeto, para que el alma su moradora, pueda labrarle con las disciplinas a su modo, y con más seguridad pulirle dentro y defuera. De donde se ve en Valencia, que los ingenios que con la buena leche y regalos crecen, vienen comúnmente a ser más delicados y sutiles, y con esto tanto más vivos y dóciles para ser instruidos en todo género de artes y disciplinas, y mucho más en la Cristiana: porque esta con la leche comienzan a percibirla. Con este primer fundamento de crianza, los unos se dan a las siete artes liberales, los otros a las siete mil mecánicas, y como para estas tenga la ciudad tantos y tan excelentes maestros, y delicados oficiales, que las enseñan, y aprovechan a cada uno en su arte: por esta vía se halla que los ingenios destos, que por ventura no hallándose con alguna arte, de vivos se perdieran, se sosieguen y perseveren en lo bueno. Lo mismo se procura y provee, aunque por más excelentes medios, para los que siguen las liberales, pues para todo género de ciencias, tiene la ciudad dentro de si fundada una de las más insignes y famosas Universidades de España, la cual como en lenguas, y las demás artes (fuera de Cánones y leyes) iguala con todas, así en la sana exposición de la santa escriptura no debe nada a las demás: ayudándose de la frecuencia y concurso de diversos Collegios, y conventos de todas órdenes y religiones, que con igual lección y doctrina sólida magnifican la facultad Theologica. Los cuales con su predicación, y ejemplar vida, a gloria de Dios fructifican y cultivan estos liberales ingenios de los ciudadanos de manera, que vienen a asentarse y apoyarse en lo bueno, y de volátiles como el azogue, con tan buenos medios y remedios paran en constantes como plata fina. Señaladamente los ciudadanos del regimiento a quien toca el gobierno de la República: cuyos ingenios cultivados con la buena institución, y mediano ejercicio de letras, junto con el buen ejemplo de sus padres conscriptos que la rigieron, vienen a ser muy asentados, y a ponerse con debido celo y deseo de acertar en el regimiento de ella. Los cuales no porque no hayan visto, ni tratado en otras Repub. se han de tener por faltos de experiencia: pues solo el haber nacido y vivido en esta ciudad, y haber leído los estatutos y ordinaciones de ella, junto con tener ojo a los ejemplares pasados cerca de su gobierno, les basta para quedar muy curtidos y experimentados en toda cosa de su oficio público. Demás que no han de ser tenidos por varios, y mudables de ingenios, por ser así, que muchas veces son varios y mudables en los pareceres, y recios en el contradecirse unos a otros: que lo permite esto el Ángel bueno de la Repub. para que más se avive el buen zelo de cada uno en mayor beneficio de ella: asin que como en el parto del hijo suelen preceder mayores dolores: así de mayores oposiciones y contradicciones nazcan más perfectas de liberaciones y decretos. Pues ni esto les viene por falta de celo, ni por ser rústicos y pertinaces, sino por ser de blandos y bien acomodados ingenios, para variar a la postre, si menester fuere, y como sabios mudar de parecer, siempre de bueno en mejor. Porque tales ingenios, aunque fáciles y agudos, como sean blandos y suaves, son más aptos para el buen gobierno, que no los tardos y tercos, que de muy casados con su parecer vienen a concebir y parir efectos monstruosos. Y así se ve, que el gobierno de esta ciudad es de los más admirables y bien trazados del mundo. Pues ni podría ser en ella el vivir tan suave, ni el pasamiento tan alegre y de contento, sino se gozase de toda la abundancia que humanamente se desea: la cual totalmente nace, y es manifiesto fruto del buen gobierno y administración de ella. Todo lo cual se debe a este buen Rey que dio el principio y medios para que en esta ciudad siempre fuese bien gobernada. Como aquel que participando de la constancia Aragonesa, y de la templanza Catalana, se perfeccionó con la afabilidad y liberalidad Valenciana, y alcanzó título y renombre de constantísimo, prudentísimo, y liberalísimo.

Fin del libro duodécimo.